El feudalismo no fue abolido por el capitalismo ni por una supuesta revolución burguesa. La circulación de rumores o noticias falsas de que cuadrillas de bandoleros, deambulando por los caminos de la campiña francesa, se disponían a robar las cosechas y a despojar de sus enseres a los aldeanos provocó, durante los diez últimos días de julio de 1789, siete oleadas independientes de pánico entre las masas campesinas. Primero se armaron defensivamente y luego, al no comparecer el enemigo imaginario, descargaron su furia contra los representantes del rey y contra los símbolos de los derechos feudales, incendiando castillos, abadías y archivos de la propiedad.

En un clima de esperanza colectiva, en un momento de razón y de diálogo entre el Estado y la sociedad civil para la refundación pacífica de la monarquía, y para una reforma fiscal favorable a los pequeños propietarios del campo, se levantaron de improviso las masas campesinas y actuaron al modo salvaje de las “jacqueries” medievales.

A estas oleadas de ciega destrucción colectiva de los símbolos feudales responden, en el acto, los más ricos y poderosos señores del reino con su renuncia al feudalismo. Este profundo misterio no inquietó demasiado a los historiadores de la Revolución Francesa del siglo XIX y la primera mitad del XX. Describieron los hechos sin explicarlos.

Los acontecimientos colectivos del pasado han sido explicados como actos heroicos impulsados por sentimientos individuales o por ideas generales (historia política), como cristalizaciones culminantes de series cuantitativas de pequeños hechos significantes (historia económica y social) o como desarrollos del espíritu objetivado de los pueblos o de los intereses materiales de las clases sociales (historia dialéctica). Ninguno de estos métodos de investigación histórica podía dar cuenta cabal de ese extraño fenómeno, producido en los primeros momentos de la Revolución Francesa, en el que unas masas campesinas dominadas por el pánico vuelven las armas preparadas para un enemigo imaginario contra su enemigo ancestral.

Como sucede tantas veces en la investigación científica, una azarosa mezcla de intuición, erudición y sólido trabajo dio la clave que desveló el misterio. En un pequeño libro, casi marginal en la obra de uno de los más grandes historiadores marxistas de la Revolución Francesa, Georges Lefebvre descubre la causa profunda de los acontecimientos del “gran miedo” en la propia mentalidad colectiva de las masas campesinas actuantes.

Este libro, publicado en 1932 bajo el título de “El gran miedo de 1789”, se ha convertido en un clásico que ningún historiador ha intentado siquiera refutar, a pesar de que la originalidad de su método de investigación tardó bastante tiempo en ser percibida, salvo por su colega en la Universidad de Estrasburgo, el famoso medievalista Marc Bloch. La crítica especializada lo consideró un buen trabajo que se limitaba a extender a toda Francia la cartografía y la cronología sistemática del miedo campesino, durante los últimos días de julio de 1789, que treinta años antes había diseñado para la región del Delfinado el historiador Pierre Conard.

Pero la simple extensión de la cartografía revelaba ya, prescindiendo de la originalidad del método, una evidente originalidad en las conclusiones, que el propio autor ni siquiera percibió por ser incompatible con la tesis marxista de su obra general.

Como puede verse en el mapa del gran miedo y en el mapa del tiempo de circulación de las noticias desde París a las provincias, los siete epicentros de irradiación original del pánico, independientes entre sí, no pudieron estar provocados o influidos por agentes o rumores procedentes de París. Cuando la noticia de la toma de la Bastilla llega a los límites fronterizos de Francia, las corrientes de pánico campesino están prácticamente acabadas. Con estas evidencias quedaban descartadas todas las versiones que se fabricaron en Versalles y que reprodujeron los historiadores posteriores.

George Lefebvre no sacó de su obra la conclusión que se imponía y que hoy corroboran los trabajos posteriores de otros historiadores. La cartografía del “gran miedo”, por sí sola, pulveriza la interpretación marxista del propio Lefebvre de que el modo de producción feudal fue abolido por el modo de producción capitalista mediante un acto revolucionario de la burguesía aliada con el proletariado de París, apoyado por las rebeliones campesinas.

En primer lugar, estas rebeliones de las masas campesinas fueron totalmente autónomas respeto a París. En segundo lugar, llegada la noticia del salvajismo campesino a Versalles, los diputados del tercer estado sin excepción pidieron la inmediata represión del movimiento campesino por atentar al sacrosanto derecho de propiedad. Y en tercer lugar, fue la facción liberal de la gran nobleza quien secretamente preparó en el “Club Bretón” la renuncia a sus derechos feudales, con la que sorprendió luego al tercer estado en la famosa noche de la Asamblea del 4 de agosto.

El original trabajo de Lefebvre destruía también, con su cartografía, las versiones liberales de que la violencia armada de los campesinos fue un complot aristocrático para obligar al rey a restaurar con el ejército el orden tradicional, como asimismo la versión contrarrevolucionaria de que esas masas habían sido manipuladas por los agentes del duque de Orleans, con la intención de que el rey se apoyase en él para apaciguar las revueltas y controlar el movimiento revolucionario de París.

Pero Lefebvre, para resolver el misterio que envolvió a los historiadores anteriores, tuvo que enfrentarse con otro misterio que surgió de su propia investigación. Explicar cómo una reacción defensiva de los campesinos contra un enemigo imaginario pudo transformarse en una acción ofensiva contra su antagonista tradicional. Para resolver este segundo misterio Lefebvre recurrió con éxito a la sociología y a la psicología de las masas, articulando lo psicológico y lo sociológico en una originalísima historia social de la creencia, sin tener que acudir a la patología mental de la alucinación colectiva.

En la sociología de los fenómenos colectivos extraños a la lógica, que esboza Durkheim en sus obras sobre el suicidio y las formas elementales de la vida religiosa, encuentra Lefebvre la fundamentación teórica para construir una tipología de “masas revolucionarias” basada en el estudio histórico de las mentalidades prelógicas y colectivas, como estaba haciendo por aquella época Lucien Lefebvre en su biografía de Lutero.

Los historiadores estudian las condiciones económicas, describen los acontecimientos, y contabilizan los resultados. Pero Lefebvre advierte que entre estas causas y estos efectos “se intercala la constitución de la mentalidad colectiva: es ella quien establece el verdadero lazo causal, y se puede decir que sólo ella permite comprender el efecto, porque éste puede parecer a veces desproporcionado en relación a la causa, tal como la define frecuentemente el historiador. La historia social no puede limitarse a describir los aspectos externos de las clases antagonistas, es necesario que alcance el contenido mental de cada una de ellas, y así puede contribuir a explicar la historia política, y muy particularmente la acción de las concentraciones de masas revolucionarias”.

Este método es aplicado por Lefebvre en un brevísimo artículo, en el que de paso demuestra los errores conceptuales de Gustave Le Bon sobre la psicología de las masas, para explicar varios acontecimientos revolucionarios. Una aglomeración de pacíficos parisinos, que se pasean al sol en los alrededores del Palais Royal el domingo 12 de julio, cambia de repente su estado de espíritu al recibir la noticia de la destitución de Necker, transformándose bruscamente de aglomeración en masa revolucionaria.

Una manifestación de mujeres, que protestan contra la escasez de pan el 5 de octubre, se transforma bruscamente en columna revolucionaria que marcha contra Versalles. El domingo 26 de julio los campesinos de Igé que se encontraban naturalmente reunidos a la salida de la iglesia, se convierten en “atropamiento” asustado al recibir el rumor de la llegada de los bandidos. Superado el terror se transforma en una organización defensiva. No encontrando al enemigo imaginario, la multitud organizada para fines racionales de defensa sufre una brusca mutación en masa revolucionaria que ataca a su antagonista real.

El despertar súbito de la conciencia de grupo, provocado por un estímulo violento, da bruscamente al agregado de individuos un carácter nuevo que Lefebvre llamó “estado de masa”. Es sorprendente la extraordinaria similitud de estas mutaciones humanas con los fenómenos biológicos explicados por René Thom en su teoría matemática de catástrofes. Un agregado de pacíficas langostas, llegado al punto de saturación de olor de sus feromonas, a causa de la superpoblación, cambia bruscamente su estado habitual y levanta el vuelo devastador en estado de plaga.

Un éxito de Lefebvre, en su modo de acercarse al conocimiento de las causas de los movimientos revolucionarios a través del “estado o mentalidad de masa”, alentó a sus numerosos discípulos anglosajones ajenos a la ideología marxista a perseverar en este método, hoy en día denominado “historia de las mentalidades”.

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