noviembre 2007


En todos los procesos de creación de una obra, sea ésta artística, científica o cultural, se cometen errores. La propia dinámica del proceso los descubre y la intuición del impulso creador, los enmienda. A las gentes vulgares les humilla reconocer que se han equivocado. Los gobernantes jamás confesarán sus errores de gobierno. Los ignorantes, tampoco. La unión de ambas categorías produce el fenómeno de la infalibilidad del imbécil.

La creación de un Diario digital, basado en la identidad de la verdad politica con la libertad colectiva, es una obra cultural extremadamente compleja, porque debe encontrar la síntesis de lo revolucionario y lo tradicional. Creí que lo tradicional podría incorporarse al formato, y que lo revolucionario estaría en el contenido. ¡Qué error de concepción! ¡Como si la forma y la materia pudieran juntarse sin inherirse! Este grave error
ha causado la mediocre calidad de las colaboraciones, pese a estar escritas con claridad y pensadas desde la original perspectiva de la libertad politica.

Entristecido por la falta de comprensión a lo que estoy pidiendo, caí de repente en la cuenta de que la única responsable de la falta de excelencia en los diaristas, era mi mediocre idea sobre el diseño y las secciones fijas de la primera página. Primero tuve la estúpida ocurrencia de suprimir los títulos de las secciones para ganar espacio, dada la imposibilidad de recibir textos muy breves. Pero no era el Diario quien debía de adaptarse a los escritores, sino éstos a él.

Recordando la mayor calidad de rigor y de expresión de algunos comentarios a las reflexiones de la Teoría de la República Constitucional, comparados con los textos enviados al Diario, comprendí enseguida cual había sido mi error. Frente a conceptos nuevos y difíciles, se producían comentarios excelentes. Frente a la nada, a solas con la imaginación crítica, nacían productos algo originales, pero mediocres. Y ahí pude ver cual era la solución al error cometido en el formato del Diario.

Lo ilustraré con el ejemplo de la palabra crónica, como título de una sección fija. Tenía razón nuestro amigo D’Anton cuando decía que no sabíamos escribir crónicas políticas. Jaime demostró que sabía hacerlas. Pero al dar coherencia a distintas noticias sin aparente relación, la crónica convierte en sistema a todo mero régimen de poder (dictaduras, oligarquía de partidos estatales). La crónica es, por su género literario, eminentemente conservadora. En España, las crónicas de la actualidad política son todas monárquicas, aunque algunos cronistas sean republicanos. Nuestro Diario no puede practicar los géneros de periodismo de los últimos 70 años.

Tuve vergüenza de haber pedido a los escritores repúblicos lo que no me podían dar, sin tener un lema que orientara sus pensamientos hacia una crítica profunda de la obscura situación actual, contrastándola con la brillante solución de los problemas estrictamente políticos que ofrece la verdad = libertad. Ese lema no podía salir de la conservadora idea periodística de la crónica. Lo comprendí al leer las injustas criticas de un comentarista, que nos acusaba de querer retirar del Gobierno al PSOE para poner al PP, como si fuéramos sucursal de la COPE o de El Mundo.

Por esas razones y otras, que no tengo tiempo de explicar, he concebido el que espero sea el diseño definitivo de la portada. Haré todo lo que sea posible, pues no depende mí, sino de David López, para publicar mañana por la tarde el Diseño 000; con editorial, otro titulo para la columna destinada a la actualidad, que yo mismo escribiré para que sirva de pauta, y el texto de Oscar con la primera fotografía ad hoc.

Para no cometer nuevos errores, la página 2, que se está diseñando, se anunciara en el faldón de la portada, con el título de “Panóptica del Régimen”; y la página 3, con el título de “Criterio Político”, se concibe bajo este prisma para distinguirnos de todas las secciones de Opinión de los periódicos. Pues el criterio, al tener que fundamentar las meras opiniones, las convierte en otra categoría periodística. Los repúblicos no tendrán opiniones, sino criterios.

Como es natural, mientras los diseños de las páginas 2 y 3 no estén definitivamente aprobados, he ordenado retirar de la portada las conexiones a los artículos ya publicados.

Todavía necesitaremos varios números de ensayo hasta que el diseño responda al contenido y la finalidad editorial. Hasta hoy he trabajo solo para poder presentar un esquema gráfico sobre el que discutir colectivamente para mejorarlo. Si no lo hubiera hecho de este modo, todavía estaríamos hablando en el vacío. Sé lo que busco, pero carezco de los conocimientos técnicos mínimos, que el arte gráfico requiere, para encontrarlo.

De ahí la temeraria novedad de que haya lanzado a la publicidad algo que normalmente debe quedar secreto hasta su definición última. Una temeridad que escandaliza a todo experto profesional del periodismo, como si estuviera cometiendo un acto de profanación de los misterios de la creación mediática. La competencia para fundar un nuevo medio no es diferente de la exigida para cualquier otra empresa editorial. No hay razones objetivas, salvo las de mercado, para mantener en secreto el proceso de su creación.

En mi caso, la necesidad de ser ayudado en público ha obtenido el concurso de la virtud colectiva que se desarrolla ante lo necesario. Las críticas de carácter estético, tienen fundamentos objetivos. Por eso he comprendido en el acto las que deben ser obedecidas. No tienen, en cambio, justificación funcional las sugerencias que he recibido para aproximar nuestro diseño al que parece gustar a los usuarios habituales de Internet. Pues nuestra finalidad no es adaptarnos a los gustos imperantes en la cantidad, sino difundir los adecuados a la calidad.

Es irrenunciable mi propósito de que el Diario se parezca más a la prensa tradicional que a la digital. Y que nuestros lectores, pudiendo imprimir en un solo folio la portada, puedan leer su contenido sin necesitad de buscar continuaciones en otras páginas. La ausencia de publicidad nos permite disponer de mayores espacios que los demás medios digitales. Si llegamos a editar un Diario de 8 páginas, como es mi propósito, equivaldría en espacios informativos y reflexivos a los medios digitales de 16.

El verdadero problema que no esperaba encontrar es la resistencia de los articulistas a respetar las instrucciones sobre la dimensión de sus textos. Aunque no tengan experiencia de escribir en periódicos, me resulta incomprensible que no entiendan la imperatividad de las directrices del editor. A partir del diseño nº 000, no leeré siquiera los textos que excedan de dos páginas del ordenador, ¡aunque fuera Nietzsche quien me los enviara!

Los de portada tendrán la dimensión que se ajuste al formato de las tres secciones, tal como hago hoy en la columna editorial. Los títulos de las columnas ya no son necesarios puesto que todos saben ya cual es el género periodístico de cada una. Y al suprimirlos ganamos hacia arriba el espacio suficiente para que la portada coincida con las medidas de la impresora.

Cada día podremos un punto rojo, naranja o verde, como si fuera un semáforo político, a los hechos más significativos de la jornada, como valoración de los mismos, según el criterio de la lealtad-verdad-libertad.

Seguiré presentando en este blog cada variación de diseño, para que de este modo no se acumulen los comentarios y sea más fácil el trabajo de seleccionar críticas y textos. Como veis, el Diseño 00 es mucho más estético y funcional que el 0. La frase “veritas sive libertas” no es necesaria. Está contenida en las iniciales del Logotipo y en el faldón que anuncia a los escritores de la Libertad. El acento rojo sobre República no solo tiene valor simbólico de la sangre derramada por ella. Es un punto estético de vitalidad, con funcion análoga, en la composición de la cabecera, a la diminuta imagen blanca que ponía el gran pintor holandés, Joaquín de Patinir, en todos sus paisajes.

A partir del siguiente nº, Oscar se hará responsable de la columna central de la portada, y Rafael Serrano de la edición de los seis escritores diarios de la Libertad. También habrá enseguida un responsable de la primera columna de la portada. Así podré concentrarme en la concepción de una nueva página para los diaristas de la lealtad, con diseño más cercano a los de Internet.

Ha llegado el momento que esperábamos. Estamos preparados para emprender la edición de un Diario Español de la República Constitucional, digno de su nombre. Hemos necesitado 18 meses para formar un equipo de escritores leales a la verdad, la libertad política, la libertad de pensamiento, la competencia profesional y la finura de espíritu. No porque diéramos por supuesta una falta de inteligencia, honestidad y cultura entre los españoles actuales. Defecto imposible de existir en una sociedad civil que ocupa una destacada posición mundial en la esfera de la economía. Pero si porque damos por comprobado, y a la vista está, que a la Monarquía de Partidos la sostiene una sociedad pública caracterizada por la mentira, la incompetencia y el cinismo. Ni una sola Institución politica o cultural es merecedora de respeto.

Hoy tengo la satisfacción de presentaros el diseño del nº 0 del Diario Español de la República Constitucional. La sencillez de su formato obedece a la propia naturaleza de una publicación diaria, que no se propone competir con los periódicos de información, ni aumentar la intoxicación ambiental producida por la avalancha de noticias y la repetición propagandista del pensamiento único.

Sin una jerarquía de valores culturales, objetivamente valiosa, los personajes y los hechos no se sitúan en el sitio que les correspondería, según el orden de méritos o de trascendencia positiva de las acciones, sino en el lugar propiciado por el oportunismo rampante del arbitrio de los poderes mediáticos y políticos. Un inteligente ministro de Franco, supremo traidor a la causa dinástica de la Monarquía, me explicaba la alta posición politica y social de los pequeños hombres de la dictadura, del mismo modo que la ubicación de las escupideras en las copas de los árboles. Sin saber que allí las había puesto una riada, nadie lo comprendería. Antes de que las mangueras de la verdad limpiaran los residuos de aquella épica de sangre y barro, otra inundación exorbitante de mentiras y corrupciones, la farsa monárquica del continuismo sin continuidad, colocó las letrinas de la urbe en los áticos del poder, la cultura y el prestigio. Las olemos cada día.

Todo diseño es un objeto de arte, en funcion de la virtud que pretenda desarrollar con su contenido. Ninguno es objetivo o neutro. Su belleza estética es funcional. Nuestro diseño no esta concebido para propiciar el atractivo de las virtudes éticas, que se presuponen en el lector de este Diario, sino la utilidad social de las virtudes dianoéticas o intelectuales. Las que no se adquieren por instinto o hábito, sino por la instrucción o la experiencia. Las virtudes que orientan o dirigen la acción politica y cultural de la verdad y la libertad. Por esa razón funcional, nuestro diseño no podía imitar, ni parecerse, al formato de ningún periódico digital.

Tanto el grafismo como la tonalidad del color evocan, en el logotipo y el diseño, sentimientos de serenidad mediterránea ante los acontecimientos que han jalonado de sufrimiento y esperanza la historia de la acción humana. El respeto a lo natural, se une en un solo cuerpo de escritura, a la crónica de la verdad, la reflexión editorial de la libertad y los escritores de la lealtad. La república de los repúblicos y la democracia politica de la modernidad germinan ya en el formato del periódico. Por eso me parece bello.

El logotipo ha sido dibujado por nuestro Miguel, siguiendo paso a paso las instrucciones de mi concepción. Las tres columnas griegas evocan la democracia y el hecho de que la instauración de un nuevo tipo de República sea la tercera expresión republicana.

Lo demás no necesita ser explicado. Salvo que me hago editor personal para hacer frente a los gastos financieros y a las responsabilidades legales que se deriven de la publicación. Pues de sobre conocéis la dificultad de encontrar un director valeroso. Que sigo buscando para cumplir ese requisito legal.

Para acceder al diseño debéis pinchar en la conexión que figura a la cabeza de los enlaces puestos en mi blog, con el titulo “Diario de la RC”. Los que tengan el navegador Mozilla también pueden acceder a través de la web http://www.exedoo.com Pues el Explorer comete muchos errores, entre otros reproducir la cabecera dejando todo lo demás en blanco, o juntando renglones en las páginas de los escritores. Para volver a la portada se debe pinchar el logotipo.

Espero con impaciencia vuestros comentarios. Leeré con suma atención todas las sugerencias que puedan mejorar el tipo de letra, o cualquier detalle del diseño, por mínimo que sea.

A partir de este artículo no escribiré nuevos ensayos en mi blog, que permanecerá abierto para que, en los comentarios a este último escrito, expreséis vuestras opiniones sobre los números 0 del Diario, y redactéis artículos para las distintas secciones del periódico, salvo el editorial y el florilegio.

Este sistema provisional durará hasta la publicación del ejemplar nº 1, donde ya funcionaran los enlaces a los comentarios y las cartas al editor. Éstas se reservan para los miembros actuales y futuros del MCRC, previa petición de la clave al coordinador administrativo de la edición, puesto que ofreceré a Miguel. Esto supone que el solicitante expresará que es ya miembro conocido del MCRC, o que lo hace en el instante de la petición, por aceptar sin reservas la Declaración de Principios y Valores del “Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional”, indicando el lugar de su residencia, para que se vaya formando un archivo de miembros por mónadas de distrito, que será la base orientativa del momento en que debe convocarse la Asamblea Constituyente del MCRC.

Sólo queda por expresar mi profunda gratitud a todos los que me han ayudado a la elaboración gradual de la Teoría de la República Constitucional y, ahora, contribuyen activamente al éxito de este excepcional y único Diario de la lealtad pública y la adhesión intelectual a la verdad=libertad. Gracias. Gracias. Gracias.

Desde la muerte del Emperador del Sacro Imperio y Rey de Sicilia, Federico II de Hohenstaufen (1250), hasta la obra de Marsilio de Padua (“Defensor pacis”, 1324), en tan solo 74 años, se desarrolló la revolución intelectual, social y política que dio lugar al nacimiento del Estado y del republicanismo moderno.

La vivacidad y brillantez del Renacimiento amortiguaron las resonancias de las innovaciones políticas de la época que lo engendró. Y las luminarias medievales de Roger Bacon, Aquino, Dante, Giotto, Escoto, Occam, Lulio o Marco Polo, dejaron en las sombras del olvido a los creadores de aquel republicanismo que sintetizó el gran Marsilio, como concepto diferente de la virtud romana, idealizada por Maquiavelo siglo y medio después.

La investigación histórica realizada por N. Rubistein (1982), sobre la ideología de las ciudades italianas que se independizaron del Imperio, tras la muerte de Federico II y la traducción de “La Política” de Aristóteles, ha facilitado el acceso a la originalidad del pensamiento republicanista, especialmente en las obras de Brunetto Latini (canciller del primer gobierno popular de Florencia); Ptolomeo de Lucca (prefería la República por analogía de las ciudades italianas con la polis griega); y fray Remigio de Girolami (“quien no es ciudadano no es hombre”).

Lo más interesante y aleccionador fue el hecho de que un nuevo concepto de República, diferente del romano, se anticipó a la ideología monárquica, tan pronto como aquellas ciudades italianas se encontraron liberadas, sin proponérselo, de la potestad del Emperador fallecido. Donde no había un “suzerain” feudal, la Ciudad tuvo que levantar la autoridad política sobre la estructura de la sociedad civil, dividida en las categorías correspondientes a la tripartición funcional de los pueblos indoeuropeos (sacerdotes, guerreros y productores). La modernidad de los repúblicos unió la estabilidad política de la ciudad a la estructura gremial de su economía. Las Repúblicas gremiales se sentaron en una civilidad natural que luego rompió la soberanía de los Príncipes.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua distingue con precisión lo que significa ser republicano o republicana, respecto de lo que supone ser repúblico. Mientras que lo republicano se refiere a todo lo perteneciente o relativo a la República, lo repúblico solamente designa las personas capaces de desempeñar oficios públicos, versadas en la dirección del Estado y competentes en materia política.

Basándome en ésta distinción, justifiqué la impropiedad de llamar republicanos a los que, estando bajo una Monarquía, se declaran promotores de un tipo de República radicalmente diferente de todos los que existieron en el pasado. La voz republicano se refiere, en la España monárquica, a los partidarios de restaurar la segunda República Parlamentaria, o la primera Federal, es decir, a personas no versadas en la dirección del Estado, ni competentes en materia política. El sentido de la voz “repúblico”, un neutro sin femenino, lo expliqué en los artículos “Repúblico” y “República en potencia”, publicados aquí los días 1 y 3 de junio de este año.

Fueron forzosamente repúblicos, y no simples republicanos, los revolucionarios que, siendo competentes en materia política, por haberla extraído de las experiencias de la historia y de los grandes pensadores antiguos, tuvieron que crear Estados independientes, como sucedió a los republicanistas medievales y a los fundadores de EEUU. También lo son quienes ahora han ideado y asimilado un tipo democrático de República Constitucional, que supera las impotentes Monarquías y Repúblicas de Partidos, para resolver los problemas de la libertad política y de los nacionalismos interiores, dejados sin solución europea por, y desde, la Revolución Francesa.

Sorprende el paralelismo existente entre los repúblicos medievales, que prefiguraron el Estado, dando potestad política estable a la sociedad civil de las Ciudades independizadas del Sacro Imperio, y los repúblicos americanos que crearon el Estado Federal estadounidense, dando su control a la sociedad civil de las colonias independizadas del Imperio británico. La conciencia de la necesidad de una sola autoridad política se derivó de la exigencia de dar status permanente, o Estado, a la sociedad civil.

En Europa, la historia de las vicisitudes del Estado y de las ideas políticas, a partir de la Revolución Francesa, no solo ha sido diferente o divergente, sino opuesta. No es momento de explicar las causas materiales o espirituales que desviaron al Estado de su fuente original. Me limito a llamar la atención sobre la nefasta ideología que construyó el concepto de soberanía, en lugar de potestad, desconocido en la antigüedad y en los estadistas norteamericanos, y que lo ha mantenido bajo todas las formas de Estado y de Gobierno. Pues la soberanía no solo fue “leitmotiv” de las monarquías y las filosofías que las legitimaban (Bodin, Hobbes), sino también del pensamiento revolucionario que las combatió (Rousseau, Robespierre, Lenin).

La soberanía, cualquier soberanía -la popular, la de clase social, la parlamentaria, la de partido único y la de partidos estatales- es incompatible con la libertad política y con la democracia política. La simple idea de separación y equilibrio de poderes estatales hace imposible la soberanía indivisible de alguno de ellos.

El Estado de la República Constitucional tendrá la potestad exclusiva de sancionar las leyes, de darles fuerza coercitiva y de ejecutarlas, pero ninguna soberanía sobre la sociedad civil que lo fundamenta y legitima. Por eso tiene tanta importancia, para los actuales repúblicos españoles, conocer la filosofia de la sociedad civil (económica), sobre la que Marsilio de Padua construyó la teoría del moderno Estado, laico y republicano. Pues la “res publica” es la sociedad civil; la República, su ordenamiento político; el Estado, la representación legal de su potestad.

Marsilio definió la sociedad civil y el Estado, con la ayuda de Jean de Jandun, profesor del Colegio de Navarra: “Para vivir de modo suficiente, los hombres se han asambleado a fin de buscar y entrecomunicarse naturalmente los diversos productos necesarios. A esta asamblea, así realizada y con suficiencia para satisfacerse, se la ha llamado Ciudad. Como el hombre de una sola profesión no puede procurarse las cosas para la suficiencia de su vida, ha sido precisa la reunión de diversos oficios u órdenes, que son las partes de la sociedad, en su multiplicidad y diferenciación”.

Consciente de la división tripartita de las funciones sociales, Marsilio excluyó el orden sacerdotal y el guerrero de la potestad politica, para atribuírsela al tercer orden, el de productores, la “melior pars”. La parte que Locke consideró la más inteligente, y Friedrich, la más valiosa. El tercer estado de Sièyes. La parte que, después de la perversa transformación de los órdenes funcionales en tres mentalidades sobre el sujeto de la soberanía, he llamado tercio laocrático.

El afán de conquista de la soberanía politica transformó la tripartición natural de las funciones sociales, en las tres mentalidades ideológicas que martirizan el mundo moderno. El autoritarismo militar-eclesiástico tradicional o de partido único del Estado Totalitario; el liberalismo de la mano visible de los planificadores y dominadores del mercado económico; el socialismo o socialdemocracia de la economía de bienestar, que redistribuye las rentas según las apetencias oligárquicas del mercado político.

Pese a creerse moderna, la polémica anarco-liberal, sobre el Estado mínimo, continúa en la anacrónica órbita astral de la soberanía. Y es lógico que se mantenga hasta que la sociedad civil recupere el control del Estado. Pues si ningún poder estatal fuera soberano, y el poder legislativo correspondiera a la sociedad civil, como en la República Constitucional que proponen los repúblicos españoles, la mayor o menor extensión de las competencias estatales sería indiferente para la libertad politica.

La embriología explica en qué estado del germen se producen las mutaciones que originan la progresión individual de las especies. Para crear una nueva especie democrática de Estado, debemos retroceder, en la evolución del pensamiento político, hasta los repúblicos medievales que desconocieron la soberanía, y dieron la potestad a la representación civil. Más que por su idea profana del poder, Marsilio ocupa el más alto rango en la ideación del mundo moderno, por haber descubierto la representación política. Algo inconcebible en el mundo greco-romano. La representación monádica de la sociedad civil, en la Asamblea Legislativa de la República Constitucional, retira del Estado la soberanía, y le da la potestad ejecutiva de las leyes y de la Administración pública.

Si no es utópica ni puramente descriptiva, si contiene algo de orden normativo o prescriptivo, toda teoría política es una llamada o convocatoria social para realizarla en la sociedad y en el Estado. Entendida como los pensadores franceses que la crearon, la filosofia de la acción no tiene esa finalidad. Solo se interesa por la naturaleza metafísica y óntica de la acción humana. Para evitar repeticiones sobre la acción política que reclama la teoría de la República Constitucional, me remito a los artículos “Esquema Republicano” y “Proceso Republicano” (dos y cinco de julio pasado), de los que el presente ensayo es su continuación.

Una teoría que ha identificado la verdad política con la libertad de acción colectiva, comienza a ser activa con ese descubrimiento. A diferencia del efecto contemplativo causado por las verdades puramente teoréticas o estéticas, el conocimiento de la identidad verdad-libertad produce al instante una verdadera con-moción, es decir, un impulso instantáneo de moverse hacia los demás, en busca de compañía para vivir en la verdad con la acción colectiva de la libertad. Una conmoción mental y espiritual que se traduce en determinación para la acción, en estar dispuestos a la libertad.

Esa determinación es, por sí misma, una acción espontánea y horizontal, distinta de las acciones basadas en la verticalidad de las relaciones organizativas. El impulso para la acción colectiva que haga obrar a la libertad política, no proviene de tendencias altruistas carentes de otros campos de satisfacción. Ni lo causan sentimientos de culpabilidad sublimados en un deber social. Tampoco responde a la aspiración existencialista de una vida auténtica, creyente de que hacer “algo” es hacerse a sí mismo. Pues si ese algo es libertad colectiva, todos se hacen a sí mismos y a los demás.

El ímpetu del nuevo saber, el de la verdad-libertad, sale de una inspiración intuitiva. La de que es posible realizar lo tanto tiempo deseado, y que parecía imposible: una creación cultural y política, donde se disuelva la servidumbre voluntaria y se resuelvan los conflictos sociales, en la polaridad opositiva Estado-Sociedad. Una polaridad que engloba y supera las explicaciones hegelianas o marxistas de la historia, al ser explicativa y resolutiva de conflictos sociales de carácter funcional o mecánico que no tienen naturaleza dialéctica.

Una obra de tal envergadura requiere un agente social de potencia similar, y un proceso de realización dictado por la propia obra en cada una de sus fases de ejecución, como en la creación de las grandes obras de arte. El tipo de actividad de una acción gradual.

La primera fase comenzó con la creación, asimilación, difusión y divulgación, en Internet, de la verdad-libertad. Esta etapa no terminará hasta que la importancia difusora del Diario digital, de pronta edición, la distribución de mi nuevo libro “Hacia la República Constitucional”, las conferencias, seminarios, folletos y toda clase de intervenciones en actos públicos, que realice el excelente equipo de escritores y oradores, formado durante la creación articulada de la Teoría, aseguren la participación de miles de repúblicos de toda España en la asamblea fundadora del “Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional”. Con un trabajo inteligente y constante, esta meta puede alcanzarse aproximadamente en un año.

El segundo grado del proceso se iniciará con la concreción de la acción colectiva que ha de conquistar la libertad política constituyente. La definición de esa acción específica no se puede abandonar a la espontaneidad horizontal de una serie de repúblicos. Para que se integre en una acción gradual y progresiva, esa serie ha de transformarse en agrupación, y ésta en movimiento social y cultural. Su acción específica será definida en la ponencia estelar que deberá aprobar la asamblea constituyente del MCRC. Ahora no podemos concretarla, tanto por desconocer el estado de la situación política en ese momento, como por obvias razones estratégicas de prudencia, de las que no se debe excluir una acción original y sorprendente.

El aplazamiento de la acción decisiva no impide, a la actual serie de repúblicos, participar en iniciativas tendentes a crear un ambiente social y político propicio al cambio de la Monarquía por la República Constitucional, como la abstención electoral; la deslegitimación de la clase política; la denuncia de la corrupción endémica de la Monarquía de Partidos; la explicación de las causas del independentismo y del modo de superarlas, con las Instituciones de la democracia en la República Constitucional.

Sin claros antecedentes históricos sobre el tipo de acción, continua y pacífica, que pueda llevar al tercio laocrático de la sociedad hasta la conquista de un verdadero periodo de libertad constituyente -donde la sociedad gobernada elija, en referéndum plural, la forma de Estado y de Gobierno-, no podemos imitar las acciones políticas que tipificaron los movimientos anarquistas hacia la huelga general revolucionaria, ni las derivadas de las estrategias del doble poder, definidas por Lenin y Gramsci, en coyunturas históricas de excepcional violencia civil, como métodos de conquista del Estado, mediante la praxis de un partido de la clase obrera, en lucha abierta contra las clases pequeño burguesa, burguesa y capitalista. Tampoco nos sirve de ejemplo, pese a que no hubo víctimas, la marcha fascista sobre Roma.

Nuestra teoría de la verdad-libertad, y la propia naturaleza democrática de la República Constitucional, son incompatibles con cualquier tipo de acción que se proponga la conquista del Estado, pues su único objetivo es la conquista de la sociedad civil o, mejor dicho, la conquista de la hegemonía política en todos los ámbitos culturales de una sociedad plural y moderna.

Por ser pública, continua y gradual, la acción república se separa abismalmente de las acciones secretas, repentinas, discontinuas y técnicas, que Malaparte consideró típicas de los golpes de Estado.

Por ser ciudadana, se distingue ontológicamente de la praxis marxista, que pretendió dar conciencia de clase al movimiento obrero, frente a la identificación de la clase burguesa con el Estado. Una conciencia unitaria de clase autosuficiente que el movimiento sindical no podía dar, al estar basado en la obtención paulatina de mejoras laborales, mediante huelgas parciales y pactos con el enemigo patronal, a quien legitimaba en tanto que parte contractual propietaria de los medios de producción.

Y por ser coherente con la teoría de la que se desprende, la acción república combinará el principio de individuación con el de individualización, para hacer del distrito electoral la mónada de coordinación del movimiento ciudadano por la libertad política.

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