Junio 2007


El actual Rey de España, que no procede de la Casa de Austria, ha concedido el vellocino de oro al Presidente de la Transición, Adolfo Suárez, que no cumple el requisito fundacional de “ser de presente fuerte y robusto”. La piel de ese carnero mitológico fue la divisa de la Orden del Toison de Oro, creada por el Duque de Borgoña (1429), en recuerdo de los Argonautas de Jason y en homenaje a su matrimonio con Isabel de Portugal. Incorporado el Ducado borgoñés a la Casa de Austria, Carlos V nombró a los 24 caballeros del Toison entre Príncipes y caudillos del Imperio.

El aspecto estético del asunto me toca de cerca, pues en casa puedo contemplar a placer la mitológica divisa, colgada al cuello del Príncipe Don Carlos, en el retrato que le hizo Sánchez Coello, poco después de haber sido trepanado, a causa de su caída por la escalera del castillo donde Felipe II lo tenía encerrado. El retrato en el Museo del Prado, con sombrero y pluma, es anterior.

Pero más de cerca toca a los gobernados, y a la sociedad civil, la actualidad política de la incorporación de Suárez a uno de los sitiales de los 24 caballeros de la Monarquía borbónica, al minuto de haberse suspendido la procesión de paz con los etarras, y de manera simultáneamente convergente con la procesión de los medios informativos que hoy portan bajo palio, sin olor de multitud, al hombre-símbolo de la Transición.

Los partidos estatales y los medios de comunicación rinden homenaje procesional, como en los funerales, al único “desestadista” que ha conocido la historia moderna de Europa; al gran perjuro falangista que inició la procesión desnacionalizadora del Estado y nacionalizadora de las nacionalidades o realidades nacionales; al analfabeto instaurador del primer Estado a-nacional europeo; al científico descubridor de la cafeína que exacerba los sentimientos de identidad nacionalista en lo pequeño y los mitiga en lo grande; al revolucionario lingüista que sustituyó la preposición de compañía, “con”, por la de distancia o perspectiva, “desde”, para dar solemnidad de Estado a su vulgar discurso.

Suárez incurrió en gravísima irresponsabilidad cuando dimitió, para que su gobierno no fuera un paréntesis entre dos dictaduras, sin denunciar ante la opinión pública, para abortarlo, el complot militar que se preparaba bajo los auspicios del Monarca y del PSOE, con la finalidad de imponer al Parlamento un gobierno de concentración nacional, y que se manifestó prematuramente, el 23 de febrero, con el asalto de opereta organizado por el coronel Tejero, para impedir la integración del socialista Múgica en el proyectado gobierno del general Armada.

Los repúblicos abstencionarios disentimos de la escala de valores sociales y culturales, verdaderos disvalores morales y estéticos, introducida con la inmoralidad y la fealdad de la Transición. Los principios y valores del MCRC son antagónicos de los que hoy imperan en la opinión vulgar y en la mayor parte de la informada.

Este artículo chocará, sin duda, a la sensibilidad de los espíritus educados en la hipocresía de la Transición. Pero era necesario escribirlo, precisamente ahora, para denunciar al instante la intoxicación procesionaria, contra la verdad, que comporta la concesión inoperante del Toison de Oro a Suárez. Una pura operación de propaganda que la Monarquía hace de sí misma.

La enfermedad que anuló hace tiempo la mente de este arribista provinciano, no es razón suficiente para silenciar la atrocidad de su obra política. La piedad nos callaría si los criterios que dieron vida a las instituciones del Estado de Partidos hubieran muerto con su mente. La delicadeza hacia su doliente familia también nos callaría, si enmudecer la verdad no fuera un brutal atentado a la conciencia de los que padecieron, y siguen padeciendo, las consecuencias dañinas de sus enormes disparates de gobierno. En fin, la tradición de cortesía hacia los muertos o incapacitados mentales, se refiere a los aspectos personales, que ellos ya no pueden contestar, pero no a las obras de su vida pública. De otro modo, la cortesía social habría impedido escribir la historia reciente y las biografías críticas de los personajes políticos.

Para comprender el verdadero significado de la actualidad, marcada por las actitudes aparentemente incomprensibles de ETA y Zapatero, los acontecimientos han de examinarse con reflexiones que no se centren en los elementos subjetivos, de los que trata el periodismo de información, sino en las dimensiones objetivas de los factores que los determinan o condicionan.

La falta de libertad de pensamiento, y de su expresión critica de la realidad, ha creado el hábito de tomar el pulso del momento político con los dedos de la coyuntura. Los opinantes en los medios se parecen a los antiguos médicos de cabecera. Ignoran que las dolencias sociales, como las que afectan a la salud personal, solo pueden diagnosticarse con radiografías y análisis clínicos. Pero a los editorialistas de la Monarquía no podemos exigirles que nos enseñen lo que pasa en el interior del cuerpo político. No disponen, los pobres, de aparatos mentales ni de instrumentación cultural para ello. Así se explica que, en España, la opinión pública haya sido suplantada por la opinión informada.

Los partidos estatales y los medios de comunicación nos dan la misma información sobre la actitud de los tres factores subjetivos que han intervenido en el “proceso de paz”. Primero, ETA rompe la tregua del terror, como si el atentado de Barajas no la hubiese roto. Segundo, Zapatero no pone fin a dicho proceso y, ante la nueva circunstancia, decide continuarlo con la Inteligencia que antes le ha faltado. Tercero, Rajoy exige la regresión del falso proceso como requisito de la Unidad.

Nadie puede aclarar el misterio de esta triada subjetivista porque nadie denunció hace quince meses, cuando se consideró antipatriótico dudar de su éxito, el fraude objetivo que supone llamar con énfasis proceso de paz, donde no hay guerra, a lo que solo era una procesión de rogativas a ETA para que dejara de matar. Y la diferencia entre procesión y proceso no es una mera cuestión de procedimiento. Es la marca del abismo mental que separa el modo de pensar antiguo del moderno.

Para definir la procesión como modo en que las formas de la realidad dependen unas de otras, y las inferiores de las superiores, Bréhier sostuvo en 1922 (La filosofía de Plotino) que “los hombres del final de la antigüedad y de la edad media piensan las cosas bajo la categoría de procesión, como los de los siglos XIX y XX las piensan bajo la categoría de evolución (proceso)”.

Fueron Zapatero y Rubalcaba quienes, con sus llamadas metafísicas a la unidad y la inteligencia, me pusieron en la pista de los neoplatónicos que resolvieron el misterio de la trinidad. De lo Uno (Padre-Zapatero) procede la Inteligencia del Verbo (Hijo-Zapatero) y de ambos, el anima del mundo (Espíritu Santo-Zapatero). Pues toda procesión se realiza mediante semejanza de lo secundario con lo primario (Proclo). Donde no exista semejanza con Zapatero no cabe realidad alguna.

Lo primario en España es el talante del prócer Zapatero, tan capaz de impulsar una procesión intransitiva de Diálogo de Civilizaciones (anima mundi), como de crear una procesión de paz con la descarriada ETA. Pero no una procesión espacial para ir ordenadamente de un lugar a otro, como las de semana santa, sino una procesión temporal e intransitiva que dejara a ETA en la misma posición. La procesión ha consistido en pasearla a hombros del dulce talante del Gobierno para crear en la inocencia gobernada la expectativa del fin del terror.

El análisis metafísico de la actualidad descubre la realidad de la mente que nos gobierna. La sociedad española no esta dividida ya entre mentalidades de izquierda y de derecha, ni entre progresistas y conservadores, sino entre partidarios de ilusiones procesionarias y partidarios de seguridades regresionarias. Y mientras tanto, el problema de la unidad, la libertad, la lealtad y la inteligencia de España, permanece sin solución, a causa de la gran Procesión intransitiva de la Monarquía de Partidos, que impide la posibilidad de iniciar procesos de creación. Únicas formas de producir nuevas realidades. El fin del terror lo logrará la creación de inteligentes instituciones democráticas que, sin regresión ni encapuchados, compensen las tendencias a la separación.

La prueba de que esta Monarquía -regentada por el usurpador que impuso el General Franco- no es un Sistema político autónomo, asentado sobre la libertad de los españoles, sino un Régimen de poder, sostenido por el consenso de una sinarquía de partidos estatales, está en el hecho definitorio de que ni un solo medio de comunicación, y desde luego ningún partido, se atreven a publicar análisis sobre el grado de probabilidad de que el heredero de la Corona, el Príncipe Don Felipe, llegue a ser Rey.

Los mayores periódicos digitales -que no son libres de pensamiento ni de expresión- tampoco son leales al deber de informar de las expectativas que tiene la Monarquía de continuar vigente tras el fallecimiento de Juan Carlos, no obstante ser este evento el primer asunto que ocupa y preocupa el interés de los hombres del Estado de Partidos, y el de todos los gobernados.

No hace falta que la ley lo prohíba. Las costumbres del poder son más eficaces que la propia Constitución. El silencio sobre el futuro de la Monarquía es sonoro y determinante, como lo fue el pacto de silencio sobre el pasado que la fundamentó. El secreto hermético del juego de los poderosos, de los que se encaramaron en el Estado sin dar oportunidad a la libertad constituyente, sigue siendo el bastión que protege a la Monarquía y a la partitocracia contra los asaltos de la verdad. La ley del silencio sobre los cimientos movedizos de la dominación partitocrática, constituye la “omertá” de la clase política y mediática.

Si los poderosos pueden vivir instalados en la mentira, sustituyendo el concurso de la inteligencia por el de la listeza y el de la honestidad por el de la eficacia, los débiles no tienen más posibilidad de sobrevivir con dignidad que la de aliarse con la decencia y el conocimiento, para llevarlos al Estado y destruir las murallas del miedo a la verdad. Fuera de la inteligencia, la eficacia es resultado de alguna especie de brutalidad. Y el silencio sobre la probabilidad de la República es propio de brutos.

La Monarquía de la Partitocracia puede caer en virtud de un acontecimiento que sentimentalmente desborde los muros que la contienen, o en virtud de un proceso de republicanización de la sociedad civil que alcance madurez. Aunque no sea imposible predecir que tipos de acontecimientos pueden desbordar la monarquía, lo que importa saber ahora es que la Monarquía de Juan Carlos, además de ser susceptible de fallecimiento por una causa eventual, no dependiente de la voluntad republicana, está ya expuesta a desfallecer, y ser retirada a los arcenes de la historia, por una causa procesual enteramente dependiente de la acción emprendida por el Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional.

No hay la menor intención pretenciosa en reducir las causas procesuales de la caída de Monarquía a la acción exclusiva del MCRC. La razón es sencilla. Ningún partido estatal puede iniciar un proceso civil o político contra la Monarquía sin negarse y destruirse a si mismo. La trascendencia de este hecho se manifiesta en dos seguridades o certidumbres. Por un lado, en la seguridad de que la única alternativa pacífica para sustituir la Monarquía por la República es la que ofrece el modelo de la República Constitucional. Y por otro lado, en la certidumbre de que si la Monarquía cae a consecuencia de este proceso civil, los partidos estatales no tendrán oportunidad ni capacidad para restaurar la II República o instaurar una República de Partidos.

El cálculo de probabilidades no se aplica a los acontecimientos que puedan producir la caída de la monarquía, porque al ser eventuales no están sometidos a las leyes estadísticas de los hechos frecuenciales. En esos supuestos, hay que sustituir la probabilidad por el análisis de las causas que pueden producir el acontecimiento. Pero, en la situación actual, lo urgente no es predecir el futuro de la Monarquía, sino construir el de la República Constitucional a través del proceso iniciado por los repúblicos y los abstencionarios. De ahí la importancia que tiene el conocimiento de la dinámica de este proceso, y de la madurez alcanzada en cada una de sus fases. Pues es esta madurez, y no la voluntad de un líder, la que impulsará la fase siguiente.

Desde la Revolución Francesa, muchos pueblos europeos contienen en potencia a la República, algunos en acto y ninguno en plena actualidad. No hay una sola nación europea que deba su existencia republicana a una generación natural o cultural de la República. La más republicana, Francia, no la concibió con un embarazo de la libertad, ni con un abrazo de amor a la verdad. Fruto de la circunstancia y del desconocimiento de su esencia, la República no advino a la realidad, en el mundo moderno, como algo posible que se hace actual, sino como algo irreal, cercano a la fantasía, que hizo necesaria su existencia para poner cabeza abstracta a un sentimiento nacional concretamente descabezado.

Los europeos están pagando un precio desorbitado, su desunión estatal, por mantener separadas la necesidad de la República como fruto de la libertad, y la existencia de la misma como contingencia o accidente de la historia. Italia y Alemania deben sus Repúblicas de Partidos a la gestación estadounidense en vientres totalitarios. Y ese ha sido también el modelo monárquico de la forzada y artificial Transición española. La democracia permanece divorciada de las Repúblicas europeas. Pero la Monarquía española ya contiene en potencia la idea realizable de la República Constitucional. Algo que no tienen aún los demás pueblos de Europa.

La teoría pura de la Republica Constitucional no está todavía cerrada como categoría científica, porque aun no ha incorporado a su bagaje la demostración de su posibilidad de realización práctica, mediante la descripción del proceso de conversión de la potencia republicana en acto creador de la República. La filosofía llama actualización a ese movimiento de la potencia al acto, pero es preferible denominarlo realización. La idea de actualizar supone la existencia de algo que fue actual y quedó trasnochado. El significado de actualizar es casi sinónimo de modernizar. La idea de la República, bajo la Monarquía de Partidos, se puede actualizar en teoría, pero no pasará de la potencia al acto sin proceso de realización.

El Movimiento de Ciudadanos hacia la Republica Constitucional ha sido creado, y está siendo impulsado, por la necesidad social de iniciar, dirigir y culminar, en el seno de la sociedad productiva y en todos los ámbitos culturales, ese proceso de realización de la moderna idea republicana. Por esa razón he llamado repúblicos, o estadistas de la República, a los participantes en este movimiento de liberación republicana y de republicanos. Por primera vez, la cualidad de estadista se predica de un colectivo de personas excepcionales y no de una personalidad singular. El proceso terminará cuando los abstencionarios voten la República.

La necesidad de este proceso de republicanización de la sociedad no es solo lógica o mental, como creía Bergson respecto del concepto mismo de posibilidad, al que consideraba una invención del sentido común para explicarse la existencia de lo real como actualización -a posteriori- de lo posible, o sea, cuando es lógicamente imposible por estar realizado el acto. Pero tampoco ese proceso es una necesidad histórica del desenvolvimiento espiritual de la idea republicana, como pensaría Hegel, ni del desarrollo de las fuerzas materiales de la sociedad civil, como predecía Marx. En ambas hipótesis, sobraría la necesidad del concurso de la voluntad de realizar la Republica Constitucional.

En materia de posibilidad, sobre la que tanto reflexioné durante mi preparación intelectual contra el franquismo, soy revolucionario porque soy aristotélico. Del mismo modo, que Aristóteles combatió sistemáticamente la doctrina de los megáricos (escuela socrática que negaba el movimiento), los repúblicos debemos destruir la creencia fascista (Gentile) de que la actualidad del Estado es la única realidad existente, y que toda oposición al poder constituido es una fantasía irrealizable, a no ser por un puro acto de fuerza constituyente que lo derribe y sustituya con otra actualidad. Al principio produce extrañeza que esta rara doctrina sea creencia espontánea de personas inteligentes y cultas. Extrañeza que desaparece cuando se observa que esas personas eran antes las más favorecidas por la dictadura y ahora por la Monarquía.

La teoría biológica de la evolución de los embriones destruye tanto la antigua doctrina megárica que negaba la realidad del movimiento, como la filosofia de Bergson y Gentile sobre la reducción de la realidad a la actualidad. La existencia de realidades virtuales esta científicamente probada no solo en biología. El Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional es tan real como la realidad de la Monarquía de Partidos. Y los fines políticos que persigue son tan reales como los de los partidos estatales.

Pero en el terreno de la política sucede lo mismo que en los procesos de transformación y desarrollo de las especies en la Naturaleza. Así como lo posible no asegura que la bellota se desarrolle en encina, porque entre la potencia y el acto se interponen los cerdos, tampoco la voluntad republicana puede asegurar por si sola que un Movimiento de Ciudadanos se desarrolle en un proceso constituyente del Estado, porque entre ese movimiento de la libertad y la República Constitucional se interponen los partidos estatales. Nosotros actualizaremos, contra ellos, la República en potencia que contiene la Monarquía de la servidumbre voluntaria.

Las palabras políticas no suelen expresar con precisión las ideas o conceptos a que se refieren. Sucede con frecuencia que un mismo vocablo se usa para designar cosas muy diferentes. Entre otras razones, la política no es todavía una ciencia porque el lenguaje del poder carece de voces unívocas. Y la evolución de las costumbres lingüísticas esta marcada por la moda de pronunciar todas las palabras referentes a las relaciones sociales con un mismo acento demagógico o igualitario.

Hace unos días, la necesidad de describir las distintas categorías de personas que voluntariamente deciden no votar en las urnas políticas, me obligó a crear la voz “abstencionario”. Quise distinguir con ella a los que, no siendo abstencionistas frente a todo tipo de elecciones, se niegan a participar en la farsa del sistema proporcional de listas de partido.

Hoy me encuentro ante la imposibilidad de definir a todos los republicanos, si con esta palabra adjetiva se designa del mismo modo a los partidarios de retornar a la II República, a los nacionalistas catalanes de Ezquerra Republicana, a los socialdemócratas de Izquierda Unida o a los miembros del Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional. Todas estas personas no son sustancialmente iguales, porque sus diferencias políticas no son meramente adjetivas o accidentales.

Antes de saber si existen palabras diferentes para designar a los que son partidarios genéricos de la República, sin compromiso vital con ella, y a los que son partícipes de una idea específica de la República, con la que se identifican en su modo de ser y de estar en sociedad, se debe buscar el sentido real de esas actitudes según sea la forma de Estado donde se manifiestan. Pues son contradictorias, más que contrarias, si se producen en una Monarquía de Partidos, que no solo niega la libertad de pensamiento, y la igualdad de oportunidades para expresar las divergentes concepciones de la República, sino que está sostenida por partidos estatales que se consideran a sí mismos republicanos.

Para poder ser partidario de algo hace falta que haya opciones reales de tomar partido sobre ese algo, sea para hacerlo nacer o para evitar que perezca. En la República francesa, por ejemplo, no tendría sentido declararse partidario de la República, del mismo modo que no lo tiene que los jueces se declaren partidarios de la justicia legal. Hablando con propiedad solo tiene sentido decir que los franceses son partícipes de la República, como el juez de la justicia o el médico de la medicina. Lo cual no significa que lo sean en el mismo grado de intensidad o dedicación.

La cuestión republicana adquiere una dimensión ontológica en las Monarquías de Partido, como la española. Pues, por definición, solo cabe ser partidario de alguno de los partidos estatales, y ninguno de ellos puede ser, aunque lo crea, republicano. Éste no es asunto que solo afecte a la sinceridad o coherencia de los republicanos que se declaran partidarios de alguno de los partidos estatales que sostienen la Monarquía. Pues no se puede ser partidario de algo accidentalmente republicano que, al renegar de su esencia publicana, ha negado la posibilidad de su existencia republicana. Sin combatir por su existencia, la República es el fantasma familiar que los partidos republicanos pasean por los palacios monárquicos para que el Rey no olvide quienes son los dueños del Estado.

Si los partidarios de la II República, o de los partidos estatales de la Monarquía, se creen republicanos porque sus abuelos lo fueron, la ontología republicana solo reconoce y otorga títulos de legitimidad a los que, de modo pacifico pero decidido, hacen todo lo necesario para que sus hijos vivan con plenitud la libertad y la democracia de la República Constitucional. El compromiso vital de los que quieren ser padres de republicanos les obliga a adquirir los conocimientos, las previsiones, el carácter y las cualidades humanas de los verdaderos estadistas. El idioma español tiene un sustantivo hermoso, lamentablemente desusado, que designa al estadista o personalidad capaz de oficiar lo público. La voz repúblico define a la perfección la condición de estadistas de los hombres y mujeres integrados en el MCRC. Pues, todos somos aquí esencialmente repúblicos, y no accidentales republicanos.

« Página anterior