mayo 2007


Algo está cambiando en las conciencias de las categorías sociales que más tiempo dedican a informarse sobre la situación política. Crece visiblemente el número de personas que, en estos días posteriores a la gran abstención electoral, se interesan por conocer la opinión de los que tienen fama de expertos en esta materia. Se palpa en los ambientes públicos un estado de inquietud, ante el futuro político de España, que no se conocía desde los tiempos de la gran corrupción de Felipe González. Entonces se oyó sonar por primera vez desde la guerra civil el Discurso de la República en el Paraninfo de la Universidad.

Los grandes empresarios de la opinión, dominadores de los medios de comunicación en tanto que señores de los mismos, no conocen la ciencia política de la democracia, ni las instituciones que la fundamentan. Y el periodismo de la Monarquía de Partidos no tiene experiencia en el análisis de aquellas situaciones nuevas que hacen dudar del vigor de las actuales instituciones partidistas.

El periodismo generado por la Transición, a causa de la falsedad sistemática de la misma, no ha podido ser objetivo, ni valiente ni sincero. Se ha hecho experto conocedor de lo conocido, y temeroso ignorante de lo por conocer. Lo demostró con su miedoso análisis del frustrado golpe monárquico del 23 de febrero, y con su imprevisión del carácter político de la huelga general contra el gobierno socialista, la más importante en un país europeo desde el final de la guerra mundial. Y lo vuelve a mostrar ahora con sus estúpidos criterios sobre las causas de la abstención, y con las absurdas reformas de la ley electoral que propone para seguir enajenando de la política a los ciudadanos y asegurando el porvenir de la partitocracia y de la  corrupción.

Los periodistas de influencia en la opinión han triunfado por su condición de expertos en el conocimiento del Régimen de poder que les da fama y riqueza. Son peritos de la supervivencia de la sinarquía de partidos y los nacionalismos bajo capa de armiño. Y no serán ellos los que hagan peligrar el montaje de este artificio.

La falta de periodismo de la verdad y de la responsabilidad ha producido, en España, consecuencias más graves que en otros países europeos de mejor tradición cultural. Pues ha provocado que no exista una opinión pública digna de este nombre, y que las categoría sociales más informadas no sean las más instruidas.

Por ello, en los ambientes mas dinámicos de la sociedad civil se confunde el análisis de la situaron postelectoral, relativa a la nueva relación entre las fuerzas políticas gobernantes en el espacio municipal y autonómico, con el análisis del momento político, relativo a la modificación de los sentimientos de la sociedad gobernada, respecto de la lealtad al régimen de poder partitocrático que la domina sin representarla ni escucharla.

Es natural que la gran abstención acapare los debates en todos los medios de comunicación. Y también lo es que los opinantes no vayan más alla de los defectos de una ley electoral que prohíbe la representación de los electores. Los más ignorantes quieren cambiar las listas cerradas por las listas abiertas, sin saber que son la misma cosa, pues ninguna de ellas permite la representación de la sociedad ni de los electores. También las listas abiertas están sujetas al mandato imperativo del partido que las hace y las abre. La experiencia realizada en Italia demostró que solo un tres por ciento del electorado modifica las listas propuestas por el partido.

Todo lo que no sea suprimir el sistema proporcional consagrado en la Constitución, para sustituirlo por el mayoritario en distritos pequeños, a doble vuelta (como en Francia), está condenado de antemano al fracaso representativo y a favorecer el aumento progresivo de la abstención. El abstencionariado ha sido el factor cualitativo que ha expresado el aumento de intensidad en los sentimientos de rechazo de la clase política generada por la Monarquía de Partidos. El momento político se define por la intensificación de la inseguridad en sí misma de la clase gobernante; por el miedo a la libertad en los periodistas que se refugian en reformas de fantasía para eludir el tránsito a la democracia; y por la esperanza ciudadana de llegar pronto a la democracia representativa con la República Constitucional.

Después de cada elección popular, los actores exclusivos de la vida pública -partidos estatales- analizan los resultados de las urnas, que son tan inopinables como la composición del papel que sale de ellas, según criterios subjetivos que dependen del punto de vista particular del partido que los mira. Todos felicitan al pueblo por su madurez democrática, como si la democracia fuera un fruto de la naturaleza. Y todos se consideran ganadores o, al menos, satisfechos, como se espera de unos jugadores que, conforme a la teoría de los juegos aplicada en el sistema proporcional, no pueden perder toda su apuesta, y siempre conservarán una cuota de los poderes estatales, autonómicos o municipales.

Las contradicciones insalvables entre los análisis de cada partido estatal carecen de importancia. Nadie les concede significación, pues todos saben que tales apariencias de análisis no tienen otro valor que el de la propaganda ante la opinión pública, y el de la transmisión de confianza por parte del jefe del partido a los cuadros dirigentes, militantes y simpatizantes del mismo.

Este optimismo partidista en los análisis electorales no puede ser compartido por un movimiento político, como nuestro MCRC, que no aspira a participar en la competición electoral, y cuyo único objetivo es la instalación de la democracia formal, a través de la instauración de la República Constitucional.

Nuestro punto de vista ha de tener en cuenta desde luego los resultados electorales y, entre ellos, la importancia relativa de la abstención, pero sin atribuir a estos factores un papel exclusivo en la definición de la situación política de la Monarquía de Partidos, pues al fin y al cabo también ellos están condicionados por la situación económica y cultural, y sobre todo por una opinión pública que no tiene otro cauce de manifestación que el de medios informativos, en simbiosis con los partidos estatales. Con esto quiero destacar que la opinión electoral no puede coincidir con la opinión general de los gobernados.

No tenemos encuestas sociales para conocer cabalmente la opinión gobernada, pues incluso los sectores sociales más deprimidos están presentes, con IU, en la opinión gobernante. Pero si podemos deducir el grado de acomodación de la sociedad gobernada a la sociedad gobernante, encontrado la naturaleza de las causas que producen tan altos porcentajes de abstención, además de un tres por ciento de voto en blanco y voto nulo.

Como ese estudio requiere mucho tiempo de investigación y de reunión de datos significantes, podemos aproximarnos al conocimiento de la situación política, de modo más sencillo, si logramos averiguar por qué esos comportamientos de rechazo de la clase política generada por la Monarquía de Partidos (el 39,19 por ciento del censo electoral), son mas importantes en Cataluña y Andalucía, las Comunidades de Estatutos Adefésicos, donde la repulsa del sistema político ha superado la mitad de los gobernados.

Dado que el MCRC aun no está organizado, no ha podido estar presente en una campaña nacional por la abstención. Pero ha obtenido enseñanzas muy valiosas con las experiencias personales de algunos de sus miembros y de otras asociaciones políticas.

Aunque las más llamativas han sido las que han terminado con la detención en Cádiz de 6 ciudadanos (como si fueran belgas), que pedían con un altavoz la abstención, y la vivencia de la no libertad que han conocido algunos de los comentaristas de este blog, lo que mejor ilustra la sabiduría de la conducta abstencionaria es lo sucedido en Totana (Murcia), donde en una especie de plebiscito a favor o en contra del PP (a causa de una urbanización que al parecer éste partido promueve), la buena gente que constituyó una Plataforma para aliarse con IU, contra mi consejo de que se abstuvieran de participar en las elecciones, ha podido comprobar como el PP ha aumentado la cosecha desde el 44 al 58 por ciento, y como su alianza con IU ha disminuido la de este partido estatal desde un 15 a un 10 por ciento, sin alterar sustancialmente la abstención (ver el comentario número 67, del señor Carreño, a mi anterior articulo sobre la jornada de reflexión).

Pancarta por la abstención

Una de las cosas más falsas, hipócritas y ridículas del horizonte electoral es la jornada de reflexión. Los despachos de la diplomacia en las residencias veraniegas de los Reyes se llamaron jornadas no porque en ellas se trabajase de sol a sol –la palabra jornada procede de la lengua de Oc, donde “jorn” significaba diurno-, sino en recuerdo de las campañas militares que apartaban a los monarcas de sus cortes palaciegas.

Pero nada real o simbólico justifica que la ley obligue a guardar silencio sobre el asunto público por excelencia, las veinticuatros horas que preceden al día de la votación. Tal nadería ha sido apodada “jornada de reflexión”, porque nada halaga tanto a las masas serviles como el simulacro de que el poder estatal les permita sentirse inteligentes o capaces de pensar por un día.

La jornada de reflexión tiene, sin embargo, una evidente utilidad para la clase política. Además de creerse seleccionada por la inteligencia del pueblo (siempre lo dice tras cada elección), se inmuniza contra la acusación de aprovecharse de la ingenuidad de unos votantes que han gozado, al menos, de un día de reflexión cada cuatro años. Si han tenido la oportunidad de reflexionar durante unas horas, nadie podrá decir después que los votantes han sido colocados como niños antes reyes de oriente.

El Poder no es consciente de que conceder una jornada de reflexión supone la confesión de que los días de propaganda electoral intensiva, repletos de ruidosas emisiones de imágenes retocadas, insultos mutuos y promesas irrealizables, son jornadas de irreflexión que atosigan a los votantes hasta el punto de alelarlos, es decir, de sacarlos de la realidad. Y para volver a ella necesitan que los responsables de su enajenación guarden silencio durante unas horas. La jornada de reflexión no es tanto un día para pensar por uno mismo, como para descansar del ruido que hacen los partidos para pensar o fingir que piensan en lugar de los demás. El silencio de los partidos y no la reflexión es el objetivo de tan fantasmal jornada.

El silencio no es condición requerida por la reflexión. Algunos de los más profundos pensadores de la humanidad, para no ser distraídos ni condicionados por las circunstancias exteriores, se acostumbraron a reflexionar en los campanarios de las iglesias o en los cuarteles de las tamborradas. Sabían lo que hacían. Esos repiques eran lo mas parecido a lo que hoy hacen los partidos, en tanto que sacerdotes y capitanes generales del llamamiento de fieles y de filas a las urnas.

El significado psicológico de la reflexión es contrario a la idea de meditación. Entre todo el rico vocabulario que se refiere a las acciones genéricas de pensamiento, la meditación es la única especie de concentración interior que requiere soledad y silencio. Por eso es apropiada a los actos de relación del hombre con Dios. Y eso es lo que pretenden los partidos estatales. Convertirnos en meditabundos por un día. Que los tratemos como dioses de nuestras conciencias silenciosas.

La reflexión humana consiste en un cambio de dirección del acto de pensar cualquier objeto de la realidad circundante. Un acto mental que abandona de momento todo juicio sobre el objeto percibido, para volverse hacia sí mismo y retornar luego al objeto con una nueva conciencia de su realidad y de su valor. En la reflexión, la persona no solo ve y oye lo que quieren sus sentidos que vea y oiga, sino que sabe que ve y que oye. Y este saber reflejo le permite ver y oír la realidad, más acá y más alla de lo que permiten los ojos y los oídos de las personas no reflexivas, como los votantes de listas de partidos. Precisamente por eso, la reflexión es la facultad mental o intelectual que permite aprobar o desaprobar algo. Lo que lleva a confundirla con la conciencia o con una modificación de la conciencia (Husserl).

El silencio de la jornada de reflexión no obliga legalmente más que a los partidos. La modificación de la conciencia que produce la reflexión personal, ante la situación política creada por los partidos estatales, impone el deber moral de romper el silencio de la jornada de reflexión, haciendo el mayor ruido posible para que la buena gente se abstenga de votarlos.

Abstención Activa 6

Para centenares de miles de familias españolas, las elecciones municipales y autonómicas no son meros asuntos públicos de los que hayan de preocuparse cada cuatro años, sino el más importante asunto privado de sus vidas profesionales, del que han de ocuparse todos los días del año.

No hay de qué extrañarse. Como los buscadores de oro, pocos son, relativamente, los que viven del filón encontrado, pero son legiones los que dedican sus vidas a buscarlo. Si las estadísticas publicaran la repercusión del factor electoral en la acumulación de capitales que produce la calificación de terrenos o la concesión de licencias, todos sabrían situar el horizonte de los partidos y empresarios de la corrupción en el panorama electoral, en la coincidencia de la visión electoral con sus horizontes vitales, es decir, en la línea horizontal donde se junta el cielo de la política municipal y autonómica con la tierra de la especulación.

Proponer la abstención es, para estas personas, una acción tan grave y perniciosa como la de retirar el oxígeno de la respiración asistida. La idea de una abstención masiva produce, en el horizonte vital de los espíritus corrompidos por el Estado de Partidos, una conmoción ambiental tan grave como la sufrida por los habitantes de Chernobyl. Los abstencionarios seremos tachados de impotentes destructores y, sin embargo, aborrecidos.

La degeneración de los pueblos es inevitable si el Régimen político hace coincidir el panorama electoral con el horizonte vital de las ambiciones empresariales o personales. Para comprender la exactitud de esta afirmación conviene recordar que la noción de horizonte, de larga tradición en el pensamiento filosófico, llegó a ser constitutiva de la personalidad en las fórmulas del “yo y mi circunstancia” (Max Stirner), “yo y mi mundo alrededor” (Husserl), “el tiempo como horizonte de cualquier comprensión del ser” (Heidegger), “vivimos y pensamos siempre dentro de un horizonte” (Jaspers), “definimos el horizonte dentro del cual tenemos que vivir” (Ortega).

La decadencia cultural de Europa está motivada -entre otras razones de orden educativo y de trastorno de la escala de valores que lleva consigo el rápido crecimiento económico y tecnológico- por la negativa generalización del horizonte electoral, en tanto que definición concreta del horizonte histórico. Pues el horizonte vital o histórico es, nada menos que, la línea de adecuación del estado del conocimiento a las aptitudes de los gobiernos, las capacidades de los docentes y las aspiraciones de los pueblos.

En toda Europa, y particularmente en España, el horizonte histórico no está marcado por una línea horizontal, dada la inadecuación de la magnitud del conocimiento universal a las pequeñas capacidades y aptitudes de las clases dirigentes. Esa línea se ha quebrado en una profunda sima vertical, que ha engullido el horizonte vital de las generaciones posteriores al 68, en el horizonte estatal de los partidos y en las ambiciones sin fuero que generan las proximidades al poder político sin control.

Lo dramático del pueblo español no está en la corrupción de todos los partidos estatales, ni en que esta degeneración sea la matriz de la clase gobernante, pues eso también define la vida política europea, sino en que el horizonte electoral, explicable como única razón de ser del horizonte vital de los partidos estatales, se haya convertido, en virtud del consenso y de los medios de comunicación, en el horizonte de los horizontes sociales, en el horizonte que articula todos los horizontes personales.

Por muchos cambios que haya traído la Transición de la Dictadura a la Monarquía de los partidos oligárquicos, siempre será determinante el continuismo producido por el hecho de que la vivencia de la sociedad civil sigue siendo vertical, de que los españoles sometieron su horizonte histórico al horizonte electoral de los partidos estatales. La única forma inteligente y pacífica de romper la inercia de este perverso continuismo, abriendo horizontes propios a la sociedad civil, es la abstención. Cualquier otro modo de actuar sobre ella será vertical y despectivo.

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Los intelectuales tienen tal admiración por los hombres de acción triunfante que ni siquiera se detienen a pensar en la naturaleza de los actos que les conducen al éxito. La tarea llevada a cabo por Clausewitz, para desmitificar el conocimiento de los actos bélicos victoriosos, no hizo escuela en la ciencia política. Y la naturaleza de las votaciones en el Estado de partidos, que sin elección de personas entregan el poder al jefe del partido ganador, sigue siendo enigmática o, al menos, misteriosa.

Cuando los gobiernos europeos eran representativos de la sociedad liberal, que los elegía indirectamente, todo el mundo culto sabía cual era la naturaleza del acto electoral. La representación política del diputado de distrito, aunque no se basara en mandato imperativo de los electores, seguía teniendo la naturaleza genérica de todos los tipos voluntarios o involuntarios de la representación jurídica.

Pero este modo de pensar los actos políticos, por su analogía con los jurídicos, se derrumbó después de la guerra mundial, cuando los pueblos perdedores adoptaron el sistema de listas de partido para votar, sin elegir separadamente, los poderes estatales. Ya no era posible acudir a la ficción del mandato representativo, puesto que había desaparecido todo vestigio de representación. Tampoco a la del cuasicontrato de gestión de negocios ajenos sin mandato, porque la ratificación de los votantes del partido gubernamental equivale al mandato expreso.

Para llegar al fondo de la cuestión electoral debemos partir de la imposibilidad de comprenderla con criterios formales, y de la necesidad de pensar “ex novo” la naturaleza material del acto de votar una lista de partido, sin elegir a persona alguna. El choque contra el sentido común es tan brutal que nos induce a pensar en que tal acto no proviene de la imaginación de lo real, sino de la fantasía de los sueños. La distinción entre imaginación y fantasía, tratada en mi filosofía estética, la doy aquí por supuesta.

El termino griego “fantasía” significaba aparición, acto de mostrarse, representación, visión de algo irreal. En Platón, lo fantasmal es apariencia contrapuesta al conocimiento de la realidad, la sombra de las cosas verdaderas, el arte sofista de las meras figuraciones, la opinión creadora de imágenes en lugar de formas o ideas. En Aristóteles, la fantasía ni siquiera es opinión, pues en ésta hay creencias y convicciones. En los estoicos, llega a ser la representación cataléptica. En San Agustín, la fantasía es una fuerza inferior del alma. En la escolástica, una facultad receptiva o productiva de fantasmas. En los modernos, una imaginación desenfrenada, o incluso lúdica, si juega libremente con las representaciones para producir figuraciones fantasmales.

El joven Ortega y Gasset calificó de fantasmagórico al Régimen de la Restauración. Aquella retórica antimonárquica se ha convertido en verdad metafísica, en todos los Estados de Partido, tras nuestro recién descubrimiento de que el sistema proporcional, además de no ser representativo de la sociedad civil ni de los electores –eso siempre se ha sabido-, tampoco puede representar, contra lo que comúnmente se cree, a los partidos presentes en el Estado, en tanto que órganos permanentes del mismo.

Los partidos incorporados a la estructura de poder del Estado, realizan la fantasmada de estar en misa estatal y repicar a misas electorales, de estar doblemente presentes en el Estado, como Cristo en el sacramento de la eucaristía, sin representar a nada real ni a nadie perteneciente a la sociedad civil.

La descripción del fenómeno electoral en el Estado de Partidos constituye por si misma una definición ontológica del sistema electoral, en tanto que productor de puros fantasmas o puras figuraciones de la realidad. Y firmemente asentada en esta base metafísica, es inobjetable la evidencia de que las finalidades de la fantasmada electoral sean ondear sabanas blancas del Ku Klux Klan de la corrupción y llenar de figurantes fantasmones los Parlamentos. El análisis espectral del cementerio de votantes donde se renueva la clase política, y se traba la circulación de las élites, revela la realidad cadavérica ocultada bajo el festín electoral.

Todo el mundo sabe lo que significa elegir entre opciones diferentes pero, salvo en Francia y Reino Unido, casi todos olvidan su significado cuando se trata de elecciones políticas. En este fantástico reino de la mentira por sistema, basta que el poder estatal instale urnas por doquier, pidiendo a los ilusos gobernados que metan papeletas en ellas, para que todos convengan en que se han convocado elecciones libres.

Apenas transcurridos unos días desde la masiva participación en elecciones verdaderas a la jefatura del poder ejecutivo en Francia
–donde no existe sistema democrático de poder presidencialista, sino régimen de poder presidencial necesitado de confianza parlamentaria-, la fícción electoral española se pone en campaña para emprender la ilusionante tarea de elegir o nominar personas que no representen a los electores, a fin de que éstos puedan vivir en estado salvaje de inocencia municipal y autonómica.

¡Qué sabiduría tan sublime! ¡Qué maravilla de pueblo! Siendo consciente de la inmensidad de su ignorancia y de su incivilidad, sabiendo que sus pasiones instintivas le conducirían a la guerra civil, y queriendo no equivocarse nunca más en la dirección de los asuntos públicos, el pueblo español tuvo la genial ocurrencia, a la muerte de su querido y temido dictador, de adoptar un método político, el de la Transición-Transacción, que ha superado en realismo a la ficción del contrato social y, en eficacia, a la mismísima democracia directa de Rousseau

¿Cómo impedir que en nombre del pueblo español se puedan cometer actos de violencia o que en su nombre se realicen actos criminales de Estado, de Autonomía o de Municipio? Pues muy sencillo. Prohibiendo con leyes electorales que el pueblo o los electores puedan ser representados por los elegidos. Lo que éstos hagan después de votados, su mal gobierno, ya no podrá ser imputado a los electores. Será exclusiva responsabilidad de los elegidos sin representación. Ese es el profundo significado de las elecciones por el sistema proporcional de listas de partido.

Si algún profesor europeo de derecho político o constitucional tuviera la temeridad de creer que así no estoy describiendo la realidad de lo que esta sucediendo, sino tan solo expresando con sarcasmo algunos aspectos no queridos del sistema electoral vigente en todos los Estados de Partido, le pediría que leyera los textos de los famosos juristas alemanes que, en las décadas de los 50 y 60, en plena guerra fría, llegaron a sostener que la partitocracia había sacrificado la antigua representación política de los sistemas liberales, para realizar el sueño de Rousseau mediante la moderna integración o participación de las masas en el Régimen de poder estatal

Los intelectuales suelen interpretar la realidad con lo aprendido en libros de otros intelectuales, en lugar de interpretar los libros con lo aprendido en experiencias de realidad. Y digan lo que digan los libros de historia, las únicas enseñanzas de nuestras recientes experiencias electorales son las que describo.

Nada importaron los crímenes horribles de Felipe González. Eran cosa suya y no de los votantes a las listas de su partido. Por eso el PSOE conservó la inocente fidelidad de sus votantes. Nada importaron las monstruosas mentiras bélicas de Aznar. Eran cosa suya y no de los votantes a las listas de su partido. Su inocencia está intacta. Votarán a Rajoy como si Aznar no hubiera existido. Nada importan las gravísimas acciones de Zapatero en Cataluña y País Vasco. Son cosa suya y nadie puede pedirle cuentas, pues su partido ha sido votado, pero fuera de su seno a él nadie lo ha elegido. Allá su partido con los problemas que se deriven de la negociación con ETA. El asunto no concierne al que votó PSOE sin poder darle, lealmente o legalmente, su representación.

Nuestra denuncia del sistema electoral no tendrá tregua. Siempre estaremos en campaña. La jornada de reflexión carece de sentido si no se usa para incrementar el mensaje de la abstención. La mentira electoral, como el regalo de niños en reyes magos, crea la ilusión popular de repartir cuotas de poder municipal y autonómico entre partidos estatales iguales.

Las recientes elecciones en Francia han enseñado a los españoles que la abstención es la consecuencia natural de la falsedad de las instituciones políticas, y que una alta participación se produce siempre que los votantes comprenden que es su voto, y no las maniobras con listas de partido en el Parlamento, el que decidirá una cuestión tan decisiva como la de nombrar al Presidente de la República, que es además Presidente del Gobierno, por votación directa de los gobernados.

Si en Francia, la elección del Presidente del poder ejecutivo, por sufragio directo de los electores, es tan atractiva para el votante y tan beneficiosa para la vitalidad de todas las instituciones políticas, no es difícil de imaginar lo que esa forma de Gobierno representaría para promover la salud política, el orden social y la generación moral de España.

Por si sola, esta fórmula política, muy fácil de adoptar, resolvería cuestiones que hoy parecen insolubles porque se asocian al carácter español. Pero no es producto de la españolidad, sino de la imbecilidad de la lucha partidista, cuando no está encauzada en instituciones políticas inteligentes, la torpe identificación del patriotismo con la derecha o del orden moral con el fascismo; la consagración de autonomías regionales insolidarias; las cesiones de competencias estatales que hacen imposible la planificación uniforme de servicios públicos fundamentales; la exaltación de nacionalismos negadores de la nación española; el fomento de separatismos artificiales; el reconocimiento del absurdo derecho de autodeterminación; la admisión del terrorismo como modo de negociar fórmulas de autogobierno en un escenario de paz.

Gran número de españoles se pregunta, con tan buena fe como ignorancia de la política, por qué no reformamos la Constitución para sustituir el corrompido Régimen de la partitocracia, por el moderno sistema que de Gaulle instauró apoyándose en dos instituciones: la elección directa del Presidente del Gobierno y la de un solo diputado a la Asamblea por cada distrito electoral.

No hay un solo intelectual o empresario de solvencia que no sepa por intuición, sin necesidad de tener que ser convencido con argumentos racionales, la inmensa superioridad del sistema presidencialista (sobre el corrompido pseudo-parlamentarismo que practican todos los Estados de Partidos, sean Monarquías o Repúblicas), no solo como la forma más eficaz y ordenada de gobierno, sino como el único método institucional de establecer la democracia, con la separación radical del poder ejecutivo respecto del legislativo, y como el único modo civilizado de asegurar la unidad nacional.

Así como no todos ven la superioridad del sistema electoral francés, inglés o estadounidense, basado en la representación de los electores de un distrito por un solo diputado, sobre el sistema proporcional de votación a listas de partido (cuya finalidad no es la representación de los electores, sino la integración de las masas en el Estado), nunca he encontrado un solo argumento racional, o de sentido común, contra la superioridad del sistema presidencialista, salvo el de su presunta tendencia a la dictadura.

Mi investigación histórica del comportamiento de los Presidentes en EEUU y en Francia, a partir de De Gaulle, no abona ese temor tradicional de los partidos de izquierda. Es más, la experiencia de Mitterrand demostró que la izquierda francesa estaba más cerca de alcanzar el poder con las instituciones de la V República Presidencialista que con los regimenes parlamentarios.

La partitocracia del Estado de Partidos no solo produce la corrupción sistemática de la clase dirigente, sino que esa corrupción constituye la virtud política que hace durar el Régimen. Mientras que el presidencialismo confirma que sus tendencias al abuso del poder pueden ser corregidas con los recursos institucionales de la democracia. Pero siendo admirable la obra de De Gaulle, los abusos de poder en Francia han quedado impunes porque la V República, a medio camino entre el presidencialismo y el parlamentarismo, no realizó la separación de poderes que requiere la democracia. En otro artículo explicaré por qué la República Constitucional es superior a la Francesa.

El vocabulario político es muy pobre. Carece de palabras precisas para designar los nuevos comportamientos del público y de los agentes públicos. En realidad, los idiomas europeos no estaban hechos para nombrar y clasificar la variedad de especies y actos sociales que surgieron de la revolución de la libertad.

En un primer momento, las palabras antiguas se agrandaron de significado para nominar nuevas realidades o conatos de acción colectiva. Y de las viejas voces se derivaron otras que expresaban más de lo que decían. Era lo que el mundo moderno necesitaba. Ver sustituida, con palabras, la resignación por la esperanza, el estado social por el contrato, el hábito por la opinión, el concepto por la idea y la idea por la ideología. La economía hacía el resto.

Las opciones de la libertad, desprovistas de exigencia de responsabilidad, abrieron cauces inauditos a las religiones del ateismo. Los sermones abandonaron los púlpitos y trasplantaron las incógnitas de las palabras del más allá a las expresiones políticas que pretendían totalizar la visión del más acá. Liberalismo, igualitarismo, anarquismo, socialismo, comunismo, fascismo. La necesidad de referir la diversidad de temperamentos y proclividades personales a unos pocos tipos de talante social, creó las nuevas voces de simpatía o de antipatía políticas: conservador, progresista, reaccionario.

La guerra mundial derrotó a una de las ideologías totalitarias. Pero la necesidad de la reconstrucción europea, junto a la guerra fría, no solo prolongaron la vigencia de la otra, sino que sustituyeron en todo el mundo la verdad por la propaganda ideológica. Esta ficción duró veinte años. La rebelión juvenil del 68, primero, y la crisis del petróleo, después, la destruyeron. Y desde que se vislumbró el final de la guerra fría, el lenguaje político de los partidos estatales, de los medios de comunicación y de la cátedra universitaria solo ha podido expresar en toda Europa, y con más grosería en España, puras mentiras, ideas falsas o grandes vaciedades. Todos hablan hoy con idiotismo.

La inteligencia o la veracidad de cualquier escritor se reconocen ahora por su vocabulario. Quien es capaz de llamar democráticas a simples elecciones de personas, que también se realizan en cualquier régimen de poder, sea oligárquico o dictatorial, no solo demuestra su culpable ignorancia de lo que designan las voces democracia y elecciones, sino sobre todo su falta de escrúpulo científico y moral en el uso del idioma.

Hay que repetir incansablemente que las elecciones y el sufragio universal no fueron conquistados por la democracia, ni pueden ser por ello atributos definitorios de su esencia. La democracia se llama representativa porque es heredera, y solo en tanto que lo es, del sistema parlamentario.

Las elecciones son propias de la esencia del liberalismo. Mientras que para la democracia solo son un requisito “sine qua non”. Antes de que se celebren las próximas elecciones municipales, explicaré aquí por qué, bajo el sistema proporcional de listas de partido, no se pueden llamar siquiera elecciones, sin denigrar el idioma, a lo que sale de las urnas del Estado de Partidos.

Aunque la palabra abstención -privarse de tener- no pertenece en exclusiva al vocabulario político, al contrario de lo que le sucede a su sinónima abstinencia respecto del religioso o moral, sin embargo es en su acepción política donde antaño cobró dimensiones ideológicas con el anarquismo, y ahora muestra su incapacidad para designar la conducta de los que, sin asomos de acracia ni de indiferencia, no acuden a las urnas para no ser cómplices de un fraude electoral.

Dada la cantidad de personas que no se toman la molestia de votar en el sistema proporcional de listas de partido, se hace necesario distinguir, con una palabra nueva, la posición activa o la actitud positiva de quienes no solo se abstienen de participar en el actual simulacro de votar sin elegir, sino que hacen campaña pública para que ninguna persona decorosa tome parte en tal superchería, pues es el modo más fácil de poner fin al engaño y de restablecer la manera tradicional de elegir un solo diputado por distrito.

En mi obra de reflexión estética sobre el paso de la modernidad al modernismo, en el arte del siglo XX, tuve que crear la palabra modernitario para designar el no arte de lo informal y distinguirlo del modernismo derivado de la actualización de los grandes maestros de finales del XIX. El filósofo español Jose Gaos tuvo que crear el término existenciario, para diferenciar la metafísica de la existencia, de Martin Heidegger y la ontología de Sartre, frente al existencialismo de Kierkegaard y Paul Claudel.

En el Estado de Partidos, la tradicional palabra abstención sigue siendo expresiva de las actitudes ácratas ante las invitaciones a entrar por las ranuras que la oligarquía gobernante abre a la inocencia gobernada. También es vocablo adecuado a los estados psíquicos de indiferencia o de abulia que hacen imposible toda elección de preferencias, toda formación de voluntad. Unos estados de indecisión que emergen de la absoluta indigencia o del profundo aburrimiento.

Pero el término abstención ya no sirve para designar la voluntad de no votar; la noluntad de elegir ligeras variantes de una misma y sola falsedad; la consciente decisión de aislar a la clase política del Estado de Partidos, dejándola que se cueza sola en su propia salsa electoral; la determinación colectiva de provocar la crisis de legitimación del sistema proporcional, a fin de sustituirlo por el único sistema que permita votar en conciencia a opciones realmente diferentes, y que otorga a los elegidos verdadero carácter representativo de los electores. Elección por mayoría absoluta de un solo diputado por cada mónada electoral.

La nueva voz que mejor designa a los modernos partidarios de la abstención electoral táctica es la palabra abstencionarios, pues además de ser expresiva de una actitud conscientemente activa, lleva implícito el significado verbal de la acción de abstencionar a la virtual sociedad política, o a la simple decencia pública, de toda participación en la vida depravada de su mortal enemigo, el Estado de Partidos.

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