Agosto 2006


Tras los análisis y comentarios aquí realizados, el “Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional“ (MCRC), del que soy portavoz, hace esta declaración de principios y de valores:

I. Porque los seres humanos no nacen iguales en capacidad física y mental, ni en condición social, la Sociedad y el Estado deben garantizar la igualdad de derechos y de oportunidades.
II. Porque existe un imperativo moral en todas las conciencias, es condenable el oportunismo personal, social y político.
III. Porque los individuos no pueden desarrollar sus vocaciones ni sus acciones fuera del contexto social, la lealtad es fundamento de todas las virtudes personales y sociales.
IV. Porque los españoles padecen temores derivados de su tradicional educación en el Estado autoritario, sólo la valentía personal puede crear la fortaleza de la sociedad civil frente al Estado.
V. Porque durante siglos se ha sacrificado y despreciado la inteligencia y el espíritu creador, apartándolos de los centros de enseñanza, del Estado y de los Partidos, esas facultades individuales han de organizarse para tener presencia activa en la sociedad civil.
VI. Porque la decencia constituye el decoro de la civilización, la sociedad civil debe civilizar a los Partidos y Sindicatos, sacándolos del Estado.
VII. Porque entre el Estado de Partidos y la sociedad civil no existe una sociedad política intermedia, la parte más civilizada de aquella debe orientar la formación de ésta, sin el concurso del Estado.
VIII. Porque la política afecta al universo de gobernados, si el lenguaje de políticos y medios comunicativos no es directo, correcto y expresivo del sentido común, disimula una falsedad o esconde un fraude.
IX. Porque no son legítimas las razones ocultas del poder político, siempre será ilegitima la razón de Estado.
X. Porque a la razón de gobierno sólo la legitima la libertad política de los que eligen el poder ejecutivo del Estado, son ilegítimos, aunque sean legales, todos los gobiernos que no son elegidos directamente por los gobernados y no pueden ser revocados por éstos.
XI. Porque la razón de la ley está en la prudencia de legisladores independientes, elegidos por los que han de obedecerlas, no son respetables, aunque se acaten, las leyes emanadas de Parlamentos dependientes del Gobierno.
XII. Porque la razón de la justicia legal está en el saber experto de una judicatura independiente del gobierno y del parlamento, no pueden ser justas ni dignas las resoluciones de una organización judicial dependiente de ambos poderes.
XIII. Porque la razón del elegido está en el mandato unipersonal, imperativo y revocable del elector, es fraudulento el sistema proporcional de listas, que sólo representa a los jefes de partido.
XIV. Porque los medios de comunicación forman la opinión publica, no puede ser imparcial ni veraz la información controlada por un oligopolio de poderes económicos.
XV. Porque la corrupción es inherente a la no separación de los poderes estatales, sólo la puede evitar, con su separación, el recelo y la desconfianza entre sus respectivas ambiciones.
XVI. Porque las Autonomías fomentan los nacionalismos discriminadores o independentistas, deben ser compensadas integrándolas en la forma presidencial de Gobierno.
XVII. Porque las Autonomías fomentan gastos públicos improductivos, sus competencias susceptibles de ser municipalizadas deben de ser transferidas a los Ayuntamientos.
XVIII. Porque la Monarquía de Partidos carece de autoridad para garantizar la unidad de la conciencia española, y ha sido foco de golpes de Estado y corrupciones, debe ser sustituida por una República Constitucional, que separe los poderes del Estado, represente a la sociedad civil y asiente el natural patriotismo en la forma presidencial de Gobierno.
XIX. Porque la única razón de la obediencia política reside en el libre consentimiento de los gobernados, éstos conservan su derecho a la desobediencia civil y resistencia pasiva, sin acudir a la violencia, frente a todo gobierno que abuse del poder o se corrompa.
XX. Porque el pasado no puede ser revivido, sin imponerlo la fuerza del Estado, no es posible la restauración pacífica de la II República, cuya forma de gobierno parlamentario tampoco era democrática.
XXI. Porque el sistema de poder de las naciones europeas, ideado para la guerra fría, no es democrático, los españoles están obligados a innovar su cultura política para llegar a la democracia como regla formal del juego político.

Por lealtad a la sociedad civil, los Partidos Políticos, Sindicatos y Organizaciones No Gubernamentales no pueden ser financiados por el Estado; y por lealtad a la conciencia personal de los integrantes de este Movimiento de Ciudadanos, el MCRC no se transformará en partido político, y se disolverá tan pronto como su acción se agote con el referéndum que ratifique la Constitución democrática de la III República Española.

En la evolución de las especies, el oportunismo desempeña una función capital. Las mas dotadas para vivir exclusivamente de la oportunidad, como esos peces con la boca siempre abierta o esas plantas carnívoras que solo tienen que cerrarse para abastecerse de energía, son las menos aptas para modificar su circunstancia vital. Es el reino del puro oportunismo. Otros vertebrados tienen que mudar de camisa para crecer. Es el reino del oportunismo reptil. Especies superiores, como el castor, no esperan su oportunidad de vida, se la procuran modificando el medio natural mediante la construcción de la nueva circunstancia que constituye su mundo artificial. Es el reino de la inteligencia instintiva.

Si desde un punto de vista biológico, el oportunismo pasivo es la facultad intelectual del parasitismo, desde la perspectiva de la humanidad es la primera causa de la decadencia de los pueblos. Los más dependientes de su circunstancia vital, los que siguieron al pie de la letra la enseñanza experimental de que el individuo no era más que su circunstancia tribal, quedaron pronto marginados de la historia de la humanidad.

Todos los cambios repentinos en el sistema de poder, al modificar la circunstancia vital, ocasionan tsunamis de oportunismo de todos los tipos. Cambios reptiles de chaqueta, bocas apostadas para engullir la presa, adaptación espontánea a la nueva situación, descubrimiento repentino de ocasiones favorables, olvido inmediato de lo anterior, imprevisión de lo porvenir, apología del presente. Los ejemplos históricos más ilustrativos se producen cuando, sin intervención de la sociedad gobernada, el asesinato, la muerte natural de un dictador o la destrucción de la tiranía por un ejército extranjero, liberan de repente las ambiciones soterradas en la cobardía.

Aunque sea fenómeno universalmente repetido, no deja de llamar la atención que el oportunismo de las acciones haya sido inmediatamente seguido por el oportunismo de los pensamientos, es decir, las teorías inmorales de religiosos y filósofos de la irracionalidad, que acomodan la ética a cada caso particular (jesuitismo o casuismo, combatido por la Ilustración); a la circunstancia vital (circunstancialismo del yo orteguiano, copiado, sin citarlo, de Max Stirner); a la situación (situacionismo de Aranguren, derivado del existencialismo); a la ocasión (ocasionalismo medieval del consensus, contra el libre albedrío), o a la coyuntura histórica (coyunturalismo o historicismo del sentido moral).

España ha dado constante ejemplo de oportunismo político. En la derecha se manifiesta en su apego a la doctrina de la accidentalidad de las formas de gobierno, de origen religioso, y a la ideología nacionalista, de origen fascista. Pero es la izquierda la que ha desarrollado todas los tipos de oportunismo, bajo el pretexto de que solo se tiene la ocasión de hacer cosas buenas para el pueblo desde el poder (millerandismo socialista) y de que el partido comunista creó la oportunidad de realizar la reconciliación nacional, también de origen religioso. Un Rey oportunista, elegido por un dictador, corona consecuentemente el Reino del oportunismo total, en esta Monarquía de Partidos, que no puede dar oportunidad, sin destruirse, a que asomen la moralidad natural y la inteligencia instintiva de la sociedad.

Cuando la verdad, entendida como contraria a la mentira, está proscrita por el sistema de poder, es tan fuerte la necesidad de sobrevivir con ella que, en virtud del principio universal del mínimo esfuerzo, se anida oculta en el reino de las conciencias. Y en virtud de otro principio universal, el de la adaptación al medio, las conciencias deciden vivir enajenadas como si la mentira fuera la verdad, hasta que el hábito suprime el como si y lo sustituye por el es. La tranquilidad espiritual y social hace de la mentira verdad, y funda el reino de la falsedad. Donde la coacción brutal de la dictadura se sustituye con la servidumbre voluntaria a un consenso político de dominación de partidos estatales, sin control ni separación del poder.

La liberación de las conciencias ya no puede venir del interior de ellas mismas. Necesitan que otras conciencias, liberadas de la servidumbre voluntaria por su propia entereza, las liberen. Pero liberar a espíritus dóciles a la obediencia encuentra obstáculos formidables. Y ninguno de los importantes es de orden intelectual. ¡Tan fácil resulta desenmascarar las mentiras! La cuestión que debe afrontar y resolver la conciencia de la verdad es de otro orden, perteneciente al reino de la credibilidad.

La mayoría de los gobernados no cree que sea posible sustituir la partitocracia estatal por la democracia política. Aunque estén desengañados de la Monarquía de Partidos, no están desesperados. Solo se desespera quien espera. Y no esperan nada mejor de lo que tienen. Contra el despertar de una nueva esperanza republicana, se levanta el espectro de la II y de la guerra civil, que tan hondo metió la dictadura en el alma española. Será costoso, pero no difícil, desvanecer los espectros que se agitan para salvaguardar la Monarquía de Partidos, contra lo que no pretende restaurar el pasado, sino innovar el futuro con la inédita libertad política que garantice una República Constitucional.

La mayoría gobernada tampoco cree, después de tantas desilusiones, en la sinceridad de cualquier movimiento que se proponga conquistar, decentemente, la libertad y la democracia, sin estar imbuido de la misma ambición de poder que los partidos. Si se argumenta que esa ambición no es propia de una agrupación ciudadana que promete disolverse cuando se celebre el referéndum constituyente de la libertad, creen que miente ahora o defraudará mañana. Tal escepticismo de sí mismo nos recuerda el chiste judío que comentó Bertrand Russell. Dos polacos amigos se encuentran en una estación de ferrocarril. ¿Dónde vas? A Cracovia. Eso dices para que yo crea que vas a Varsovia. Pero no me engañas. Tú vas a Cracovia. ¿Por qué no has dicho la verdad diciéndome que vas a Varsovia?

En el reino de la falsedad el maquiavelismo consiste en decir públicamente la verdad. Del mismo modo que en lógica se conoce la paradoja del mentiroso (Epiménides es cretense y afirma que todos los cretenses mienten), llamada paradoja metalógica por estar basada en el uso de metalenguajes de metalenguajes, la negación de la posibilidad de verdad, en el reino de la falsedad, produce la paradoja, tan metasocial como metamoral, de aniquilar la conciencia negativa del incrédulo de sí mismo.

Quien proclame la imposibilidad de que la decencia, la inteligencia, la valentía y la lealtad se organicen para imponer la verdad en la vida pública, y puesto que tal proeza nunca se ha intentado antes, está confesando su voluntad de vivir con indecencia, ignorancia, cobardía y deslealtad. Solo el dominado por estos vicios puede considerar imposible la organización de las virtudes contrarias. Tendrá que añadir, enseguida, que no lo dice por él, sino porque la humanidad es así.

En tal caso, entrará en la paradoja de negar a la humanidad social, lo que concede a la humanidad científica, tecnológica y artística, esto es, que las innovaciones están excluidas de la esfera política y, sin embargo, hay progreso de las libertades y de la moralidad pública, en el paso de las dictaduras a las partitocracias. Otro metalenguaje para ocultar que no hay libertad política, ni progreso moral, sino corrupción sistemática, en los Estados de Partido. Solo nos queda el recurso de enseñarle el billete de viaje a Cracovia. Lo que hará con placer la Asamblea fundadora del Movimiento Ciudadano por la República Constitucional.

Tolerancia, consenso, solidaridad. Tres voces sustantivas del servilismo ante el poder. Palabras que aparentan traducir libertad de conciencia, de pensamiento y de hermandad, con etimologías de renuncia a la decencia, a la verdad y a la ética de la igualdad. Vocablos expresivos de la docilidad, el engaño y la deslealtad. Vocabulario que centellea el discurso público para consagrar, en la sociedad, las fuentes literarias de donde brota la servidumbre voluntaria. Gramática innoble de la sindicación de las ambiciones del poder de la ignorancia y del dinero en el Estado de Partidos.

La verdadera rebelión, la que conduce a una revolución cultural, ha de hincar el diente, sin soltar la presa, en las raíces del lenguaje. Y ahí, con los sentimientos que crearon nuestro idioma, proclamar con orgullo la indignación de la dignidad personal: ¡No tolero ser tolerado! ¡No entro en el consenso de abdicación de la verdad o de creencias de verdad! ¡No soy solidario de causas ajenas que, aunque quisiera, no puedo asumir con responsabilidad! ¡No voto, sin elegir, porque no soy de-voto!

La filosofia analítica no entró a saco exegético, como era de esperar, en las palabras de servidumbre. Tuve que insistir durante años en que la tolerancia destruye el respeto entre iguales, y en que el consenso atenta contra la libertad de pensamiento, la de elección y la lealtad a las propias convicciones. Pero sigue pujante el ruido en falsete de la solidaridad. Doctrina creada por León XIII, como solución ontológica (metafísica social) al conflicto individualismo-colectivismo, que dio origen al solidarismo francés y alemán. No es un azar que el consenso y la tolerancia también respondieron originariamente a razones religiosas. Cuanto más laico se proclama el Estado menos puede prescindir de devociones. La solidaridad es una de ellas, la más santurrona.

Las obligaciones “in solidum“ se calificaron de solidarias frente a las mancomunadas. Como sabe todo jurista, lo solidario no era la obligación, sino la responsabilidad del pago total de ella, que podía ser exigido a cualquiera de los deudores. La raíz “solidus“ (moneda) designó en la Edad Media el sueldo y la soldada. Y este matiz económico se integró en el significado moral del sustantivo solidaridad cuando, a mitad del XIX, se fraguaron las deontologías profesionales del corporativismo. Tras el fracaso del solidarismo como ética social, la ideología nacionalista se apoderó de la voz solidaridad para designar la virtud suprema del corporativismo de Estado (solidaridad nacional de Salazar) y del trabajo frente al egoísmo del capital (solidaridad obrera, Walesa). La solidaridad, pilar ontológico de la economía nacional del nazismo, es un hábito residual de la dictadura.

No puede haber solidaridad sin ética de la responsabilidad. La diferencia entre adherirse sin más a la causa de otro (solidaridad verbal, simpatía o condolencia) y asumir una causa ajena como propia, a causa de su veracidad (lealtad), descubre en el acto la impostura de los movimientos de solidaridad con las víctimas del terrorismo, a quienes los extraños solo podemos acompañar en el sentimiento y protestar contra la manipulación del dolor por el partidismo. La sociedad civil no puede asumir los sentimientos de las víctimas, ni aceptar que ellas condicionen la política antiterrorista. La razón es obvia. Aunque no se atreva a decirlo, lo natural y sincero del victimismo es el deseo de vengar el crimen. No es sincera la muletilla de las madres transidas de dolor que, ante las cámaras y sin desesperación vital, expresan la manida esperanza tópica de que el asesinato de su hijo sea la última acción del terror.

En cambio, hay verdadera solidaridad en las acciones altruistas que no asumen las causas catastróficas o devastadoras de los damnificados, pero pagan con su trabajo o su dinero la reparación parcial de los daños sufridos. Aquí hay solidaridad porque hay movimiento de responsabilidad. Nadie puede ser solidario de palabra sin que medie el engaño, bien sea de sí mismo y de su imagen social, o bien del que produce la falsa ideología totalitaria de la solidaridad. Una palabra impúdica que, al solicitar la compañía de todos a lo que solo exhibe interés o dolor particular, nos baña en las fuentes de la servidumbre voluntaria, sin salvar siquiera el talón de Aquiles. La solidaridad sin responsabilidad atenta a la dignidad personal.

Con una sola palabra se expresó en el pasado inmediato, cuyos residuos aun perduran, una completa concepción del mundo. Cada una de esas voces universales creó su contraria. Y millones de personas, encandiladas ante ellas, se dejaron prender en las hogueras de la historia. Liberalismo, anarquismo, socialismo, comunismo. Pero las tragedias que evocan, y su inadecuación a la realidad, las retiraron de la circulación. Y otros términos inanes las reemplazaron para renovar las fuentes espirituales de la servidumbre voluntaria. Democraciacristiana, Socialdemocracia, Sindicacionismo. Palabras expresivas de sindicaciones de poder cuya única visión del mundo es la del Estado, donde se instalaron desde el final de la guerra mundial.

Pero existe una palabra que expresa, ella sola, el secreto instintivo de la humanidad, el motor consciente de todo lo que hay de noble en el mundo, el mecanismo inconsciente que ha permitido el desarrollo económico por medio de la división del trabajo. Sin definirse como virtud cardinal, esa palabra designa el fundamento y la finalidad de todas las virtudes morales. Tan grande es la potencia de lo que expresa para la acción humana, que bien puede considerarse como su principio originario. Tiene tal atractivo social que comunica vida y elevación a sentimientos nacidos de la religión, como la fidelidad, o de las ideologías, como la solidaridad, de los que, sin embargo, se separa y contrapone. ¡LEALTAD!

Mientras que la fidelidad ha de poner su fe en alguien o algo que la trasciendan, la lealtad permanece en la inmanencia del Ser leal a sí mismo. Por eso, las faltas de fidelidad son perdonables, y las de lealtad, imborrables. Por eso, las monarquías nacen y duran en virtud de la fidelidad, y las repúblicas, en virtud de la lealtad.

Mientras que la solidaridad, salvo en las obligaciones jurídicas solidarias y en el delito de omisión de socorro, está exenta de responsabilidad, la lealtad lleva en sus entrañas, si se traiciona a sí misma, la más grave sanción que puede sufrir el ser humano, solo comparable, por sus efectos letales de la personalidad, a la culpa original y la expulsión de Adán y Eva.

En esta sociedad española, donde política y socialmente triunfa la deslealtad, puede hacer sonreír el valor supremo que le estoy dando a la lealtad. Pese a que no llego tan lejos como los filósofos de la existencia, pues no creo que tenga significación ontológica o metafísica el hecho de que la lealtad sea “identificación de la existencia consigo misma“, por utilizar la definición de Jaspers. En todo caso, coincido con Unamuno y hago mía su expresión “lealtad por la lealtad misma“.

Para comprender el abismo que separa la fidelidad de la lealtad, basta comparar el drama del niño Isaac, a punto de ser degollado, por fidelidad de Abrahán a Jehová, con la tragedia del niño de Mateo Falcone, quien oculta en el pajar a un maquis herido, perseguido por la policía, y luego le indica a ésta donde está escondido, a cambio de un reloj. El padre, Mateo, llega cuando el maquis, ya preso, escupe al niño su desprecio. Coge una pala y sígueme, le dice a su hijo. Haz un hoyo. Disparó y lo enterró. P. Mérimée sabía que la deslealtad de Fortunato lo había matado moralmente antes de que su padre rematara su cuerpo.

La Transición está existencialmente basada en la quiebra absoluta de la lealtad por parte del poder constituyente. Quiebra sustancial que dio lugar a la Constitución de la deslealtad a España (nacionalidades) y a los españoles (listas de partido) o sea, deslealtad por deslealtad a sí mismo. Falta imborrable e imperdonable, muy superior en trascendencia a la infidelidad personal de un rey perjuro. La Monarquía de Partidos, como Fortunato Falcone, no tiene vida moral. Arrastra su existencia material, como cuerpo corrompido, hasta que la República Constitucional de la lealtad de los españoles a sí mismos, la entierre.

Bajo la dictadura, varias generaciones fueron familiarmente inculcadas, con ahínco, de temor a la sociabilidad y de miedo a la autoridad. La prudencia aconsejaba retraimiento en las expresiones y servilismo en las acciones. La miseria se aliviaba con la emigración. Filósofos educadores (Ortega, Aranguren) proponían domar la fuerza de la conciencia con el bromuro etéreo de la viscencia o fuerza del conocimiento. Y la juventud se concentraba en su preparación y elevación profesional.

El crecimiento económico y la muerte del dictador dieron una oportunidad histórica a la libertad política y a la conciencia civil. Pero la fórmula de los oligarcas, la Monarquía de Partidos, las frustró con traiciones políticas de altos vuelos y deslealtades personales a ras de tierra.

La “libertad sin ira“, la del asueto de la política en el festival del consenso, mudó repentinamente aquel retraimiento en exhibicionismo impúdico y cháchara idiotista, en desnudez de cuerpos y vaciamientos de almas; aquel servilismo, en servidumbre voluntaria y corrupción forzosa; aquella elevación profesional, en analfabetismos igualitarios y demagogias de cuota; la ilusa viscencia, en conciencia partidista del conocimiento y en planificación formativa de la ignorancia.

Los resultados no se hicieron esperar. Fratrías nacionalistas en lugar de patria nacional. Licencias personales en lugar de libertad colectiva. Consumo de mercancías culturales en lugar de investigación científica, creación artística y pensamiento social. Los temores y miedos de antaño fundaron la cobardía y la indiferencia de hogaño. Los espectros de la Transición solo los podrá desvanecer una organización de la valentía, en la revolución cultural que dirija la decencia social y la inteligencia crítica.

En el quicio de la vida donde giran las virtudes cardinales faltó sitio para el desarrollo independiente de la fortaleza. En la educación religiosa de la infancia, el lugar de esa virtud lo usurparon la prudencia y la templanza. Esta última, cultivada como estilo vital por la filosofia existenciaria, constituyó el temple de ánimo (temperancia) que definió el talante fascista.

Pero no es con talante de gobierno, sino con fortaleza o valentía personal de gobernado, como se podrá comunicar valor cívico a los conquistadores sociales de la libertad política y la democracia. La épica literaria y los historiadores románticos nos mostraron el valor de los héroes. Y sin necesidad de heroísmo, ninguna reflexión intelectual, salvo la militar, se ha ocupado de la virtud de la valentía ni, por supuesto, del modo de organizarla en la sociedad civil.

Como clase, los intelectuales han denigrado la valentía, tanto en sus conductas personales, como en sus producciones ideológicas. No es el momento de explicar el origen de la doble causa, personal y social, de su tradicional cobardía. Lo que importa es descubrir los cimientos sobre los que levantar el noble edificio de la valentía personal, como albergue del valor ciudadano. Un tipo de valor cercano, pero no idéntico, al valor cívico, que de modo discontinuo se hace presente, incluso en las dictaduras, para aliviar el dolor de las víctimas o los daños a la Naturaleza, en situaciones catastróficas no ocasionadas por el poder político.

La valentía, a diferencia de la temeridad, surge del conocimiento de la naturaleza imaginaria de casi todas las causas de miedo. Se es valiente ante la opinión ajena, no ante la propia. Pues no hay coraje, sino serenidad, en el que actúa a tenor de lo que demanda la circunstancia, a sabiendas de que ningún peligro le acecha, y ningún riesgo serio asume con su acción. La falta de valentía para diferir de la opinión común pertenece hoy a la categoría de acciones, sentimientos y hábitos residuales de la dictadura.

Sin clarividencia de la falta de peligro real, el deber moral se constituye en motor de la valentía, cuyo grado se acompasa al de la intensidad de aquel, según la estimación que tenga de lo valeroso para alcanzar lo valioso. Si nada es más valioso que la verdad y la libertad, nada será más valeroso que las acciones para conquistarlas. Y siendo el valor tan contagioso como el miedo, a la visible organización de éste, en la propaganda del sistema monárquico, debemos responder con la organización de la valentía para decir la verdad en público, difundiendo la valiosa idea de que la República Constitucional debe venir en cumplimiento de un deber cívico, porque ella constituye la democracia y el buen sentido de la sociedad civil.

La valentía individual es la materia prima del valor cívico colectivo. Y la falta de coraje disimula la falta de buen sentido. La decencia y la inteligencia son para el valor, lo que el oxígeno para el fuego. Llamemos juntas a la decencia y la inteligencia, y tendremos organizada la valentía.

La decencia requiere como presupuesto de su organización la permanente buena fe intelectual de sus agentes. La buena fe moral es inoperante para este menester si no la acompaña la comunicabilidad mental, pues las puertas de la mente solo se abren desde dentro, y los prejuicios las cierran tan pronto como ideas nuevas, o sentimientos ajenos, les presentan dudosas credenciales. Además de la probidad como código de conducta, la decencia necesita para organizarse el uso meridiano del idioma, a fin de que éste elimine, con precisión en sus expresiones, los recelos imaginarios en la relación entre egoísmos inteligentes a largo plazo, y las sospechas que levanta el enrevesado lenguaje del poder.

Si lo primero que el poder fraudulento necesita corromper, para encubrir su engaño, es el valor genuino de la palabra, la decencia debe acudir a la inteligencia común a fin de que ésta restaure la propiedad lingüística, desterrando eufemismos, frases hechas, giros esotéricos (¡preposición desde en lugar de con!) y símbolos de símbolos, que la Transición ha consagrado en el lenguaje de la clase política, medios de comunicación y centros de enseñanza. La inteligencia del sentido común solo se pondrá en marcha si la decencia le ordena no hablar ni escribir con la falsedad idiomática de los discursos del poder y de la fama.

El sentido común no necesita organizarse para ser operativo. Pero él solo no puede ordenar las situaciones complejas según el orden de jerarquía de los elementos en conflicto. Eso podía hacerlo en las sociedades agrícolas, acompasando criterios de trabajo y ocio, aprendizaje y producción, a los ritmos de la naturaleza y a la sabiduría de los ancianos. Y no en las sociedades tecnológicas, donde el conocimiento especializado sustituye a la sabiduría y la juventud de la inteligencia a la madurez de la experiencia.

Nada habría que oponer si las relaciones humanas también pudieran ser regladas por la inteligencia artificial de las tecnologías. Pero el sueño tecnocrático no podrá realizarse. Las pasiones no progresan, de lo primitivo a lo civilizado, a la par que las técnicas de dominio de la Naturaleza. Seguimos siendo hombres de Atapuerca sujetos a la ley del más fuerte, solo que sentados ante el ordenador de comunicación instantánea que hace universal los apetitos de liberación. La ingenuidad confía en que ella venga, como quieren creer los reformistas, con la renuncia de los mandamases a sus pasiones de dominación. Ha llegad, pues, la hora de que las nuevas inteligencias se organicen para dirigir la revolución cultural del sentido común y la decencia, mediante la conquista pacífica de la libertad y la orientación humanista del poder político de la sociedad civil en el Estado.

La expresión nuevas inteligencias puede extrañar y, sin embargo, está justificada. Nuevas, por no ser las consumidas en idiotizar la cultura de la Transición. Plurales, porque la inteligencia, mas que una facultad genérica, es un conjunto de funciones mentales que, envueltas de conocimientos, llevan a sus últimas consecuencias, éticas, racionales y estéticas los vislumbres de la intuición y del instinto, viendo relaciones y movimiento donde lo espontáneo o innato sólo percibe cosas y posiciones.

La inteligencia política, al tener que proyectar para el futuro nuevas combinaciones de elementos conocidos en el pasado, necesita el concurso de la inteligencia científica, la inteligencia de la historia y la inteligencia social. Y por tener que prevenir consecuencias y acontecimientos nuevos, fuera de inciertas prospectivas o cálculos de probabilidades, ha de estar acompañada de la inteligencia intuitiva.

El trabajo en equipo, de tipos tan distintos de lucidez analítica o sintética, interactiva la potencia creadora de la inteligencia política. Un recurso del que jamás podrán disponer los partidos estatales, cuyos jefes son cooptados por la habilidad que han tenido en ocultar, tras su mediocridad, la colosal dimensión de sus ambiciones personales. Y no son idiotas, pues saben hacer nacionalismos, mientras dialogan con el terror y las civilizaciones.

Han pasado de 25.000 las visitas a este diáfano salón de exposiciones, donde se muestra el modo de organizar la decencia en la vida pública. El signo indicativo del interés que despierta tan original exposición no reside en el número de visitantes -en dos meses y medio-, sino en el tiempo que permanecen y en los comentarios que hacen. Han leído más de 85 mil páginas, a un promedio de 10 minutos y 4 páginas diarias por visitante. Los numerosos comentarios, llenos de sugerencias imaginativas y de iniciativas inteligentes, enriquecen día a día la calidad de la exposición.

La ocurrencia de organizar la decencia en la vida pública parece un despropósito. Pero su aspecto quimérico se desvanece cuando pensamos que decencia no quiere decir honradez, sino decoro o compostura, y que vida pública, en el mundo telecomunicado, ya no es tan solo la de quienes dedican sus vidas a las causas o cosas públicas (políticos, artistas de espectáculo, deportistas, periodistas visuales o auditivos y rameras), sino también la de la sociedad civil que forzosamente sufre o goza de las acciones públicas que la invaden.

Es legítimo que la sociedad se defienda contra las agresiones a la dignidad personal por parte de la sistemática indecencia y falsedad de la vida política en el Estado de Partidos. La idea de organizar la decencia privada para adecentar con ella la vida pública, no siendo descabellada, parece no obstante irrealizable por el simple hecho de que nunca se ha realizado. Esta objeción tendría fundamento, distinto a la tradicional reacción contra las innovaciones culturales, si la organización de la decencia se hubiera intentado alguna vez y hubiese fracasado.

No siendo este el caso, el prejuicio de que -dada la condición humana- semejante empeño es una utopía, debe ceder el paso al juicio de su viabilidad, ponderando los medios y recursos de que dispone la decencia privada para imponer el decoro en la vida pública. Los promotores de esta idea no se proponen cambiar la naturaleza humana, ni las condiciones materiales de su existencia social. La aceptan como es. Individualista y sociable. Egoísta en lo económico y altruista en lo espiritual. Rutinaria en costumbres sociales y asimiladora de novedades tecnológicas. Despectiva de lo ajeno y entusiasta de lo propio. Conformista ante el poder arbitrario y protestante de la injusticia. Dócil ante el mando y cruel en la imposición de obediencia. Belicista por egotismo y pacifista a distancia del conflicto. Vulgar en masa y refinada en intimidades. En fin, una humanidad deseosa de libertades viviría mejor si supiera como salir, sin necesidad de heroísmo, de sus servidumbres forzosas, inconscientes o voluntarias al Poder.

La dificultad para organizar la decencia no está pues en la naturaleza humana ni en su falta de antecedentes históricos, sino en que su adversario, con dos siglos de experiencia en el uso y abuso del poder estatal, ha llegado a dar perfección institucional a la indecencia política en el Estado de Partidos, con símbolos de símbolos de libertad y democracia que anestesian la conciencia de la realidad oligárquica, renovando la tradición de obediencia a los poderes estatales por rutinas de servidumbre voluntaria.

Frente a la organización institucional de la indecencia política, han fracasado todas las personas honestas que se incorporan a los partidos estatales, o los votan, con la ilusa creencia de que pueden mejorarlos. Y también fracasaría la organización de la decencia civil, si prometiera adecentar la vida pública, como partido que participara en la contienda electoral, contra la partitocracia monárquica, a fin de instaurar la democracia desde el Estado. Eso sí que es pura utopía.

La novedad del Movimiento Ciudadano del que soy portavoz, no está solo en la reivindicación de la República Constitucional, como única forma de establecer la moderna democracia representativa y de asegurar de modo institucional la conciencia de la unidad de España. La novedad que hace indestructible a este movimiento, mas social y cultural que político, consiste sobre todo en que no está organizando las ambiciones, sino las conciencias; no las ideologías, sino las ideas; no los intereses de clase, sino las reglas de juego político de todas las clases y categorías sociales; no los narcisismos regionales, sino el sano sentimiento natural de la patria; no las libertades personales, sino la libertad política. Y porque no aspira al poder, el MCRC se disolverá cuando consiga la aprobación en referéndum de la Constitución de la República Constitucional, es decir, la democracia.

La esperanza de que la organización de la decencia venza a la organización estatal de las posiciones de poder oligárquico estriba en que, si el número decide la fuerza, por cada sujeto sin escrúpulos morales hay al menos 20 personas decentes que no ambicionan mandar en sus semejantes.

Mi reflexión anterior sobre la sociedad del “como sí“, esa que debe guardar a toda costa las apariencias, ha sido cabalmente comprendida en el seno del Movimiento Ciudadano por la República Constitucional. Pero mi denuncia de la falsedad del sistema monárquico podría ser entendida, a sensu contrario, como una reivindicación republicana de la necesidad de verdad, entendida como correspondencia especular entre la sociedad civil y la sociedad política, entre lo privado y lo público. Lo cual está muy lejos de mi pensamiento. Pues esa pretensión solo es propia de los sistemas totalitarios, como hace años lo puso de relieve Hannah Arendt.

La sociedad política no puede ser espejo de la civil, tanto por la naturaleza voluntaria de su formación en partidos políticos y medios forjadores de la opinión pública, como por la distinta función de ambas sociedades. Del mismo modo que el mandato representativo no exige, en el derecho privado, que el representante sea un fiel reflejo del representado, sino un simple portavoz y ejecutor de su voluntad, la sociedad política tampoco debe aspirar a ser verdadera por su exacta correspondencia con la civil. Las diferencias entre representación y representatividad, de un lado, y entre lo real y lo simbólico, de otro, explican la clase de verdad que los ciudadanos pueden ver realizada en la “res publica“.

Un sistema político es verdadero, aunque no sea justo, si cumple dos requisitos primordiales: ser representativo de la sociedad civil y no ser simbólico -como el arte modernitario- de otros símbolos abstractos (pueblo, nación, comunidad, monarquía, república), sino de realidades concretas o susceptibles de ser concretadas (electores, cuerpo electoral, gobernados). Los símbolos de otro símbolo, legítimos en las instituciones litúrgicas, renuevan el automatismo sentimental de los nacionalismos y demás demagogias.

El primer requisito es condición esencial de legitimidad de la clase política y los órganos de formación de la opinión pública. En el Estado de Partidos falta este requisito. El consenso, el como sí y la salvaguarda de las apariencias, hacen falso el sistema político. El segundo requisito, no ser simbólica de otros símbolos, es condición existencial de una Constitución democrática. Es decir, el sistema político ha de ser representativo de la sociedad civil y de todos sus sectores sociales. El sistema de gobierno, tanto en su dimensión ejecutiva como en la legislativa, debe ser representante de los electores en virtud de mandato imperativo y revocable.

La Constitución de la Monarquía de Partidos no es real, sino una ficción infantiloide del como si, porque lo único que constituye es un símbolo de otros símbolos contradictorios. ¡Monarquía simbólica de cuatro simbólicas soberanías: la soberana, la popular, la nacional y la parlamentaria! Tanta palabrería para esconder que no hay más soberanía que la del jefe del partido estatal gobernante. Y tampoco puede la monarquía llegar a ser democrática por vía de reforma, porque el concepto de soberanía implica el de su indivisibilidad, mientras que la democracia nace y se basa en la división de la soberanía estatal.

A los científicos David Serquera y José Fernández

Cuando no hay sociedad política, intermedia e intermediaria entre la sociedad civil y el Estado, es decir, entre el país real y el oficial, como ocurre en el Estado de Partidos, ocupa su lugar la sociedad aparente. Una apariencia social presentativa de la sociedad civil, sin ser representante ni representativa de la misma. Por eso tiene su propio código de conducta, sus valores cognitivos, morales o estéticos y sus modos de represión de los infractores. Nadie se ocupa de ella, pues se confunde con la opinión pública, que solo es el modo de crearla y mantenerla. Dos grandes principios dan coherencia mental y ética a la sociedad de las apariencias.

En virtud del primero, se sustituye la verdad por una serie de ficciones de aceptación general. La sociedad aparente crea la ideología de que no es necesario vivir en la verdad, pues la dificultad de conocerla y realizarla puede ser obviada mediante ficciones convencionales que, por su utilidad social, funcionan como si fueran verdades. Este ficcionalismo lo fundamentó la “Filosofía del como si“ de Vaihinger (1911).

Vivimos la Monarquía como si fuera la República, la partitocracia como si fuera la democracia, el Parlamento como si fuera creador de leyes, el poder judicial como si fuera independiente, la prensa como si fuera libertad de expresión, la universidad como si fuera libertad de cátedra, la competencia económica como si existiera mercado libre, la sindicación como si fuera libre asociación de trabajadores. La Transición impuso el imperio del como si, tanto en la vida pública como en la privada.

El segundo principio, verdadera imperativo categórico, salvaguarda la vigencia y duración de la sociedad aparente, mediante la norma de salvar o guardar a toda costa las apariencias. Tan a rajatabla se aplica este dogma que, cuando la sociedad aparente carece de medios coercitivos contra las irregularidades que no guardan las apariencias, además del escándalo en los medios que controla, pide al Estado que aplique el Código Penal.

En esta Monarquía de Partidos, los personajes de la plutocracia no van a la cárcel por cometer las mismas operaciones ilícitas que sus colegas “comme il faut“, sino por haber sido erráticos en el círculo profesional que obliga a guardar las apariencias. Esto explica lo que las propias víctimas no entienden. La expropiación de Rumasa o la prisión de Mario Conde fueron promovidas por la propia plutocracia, intolerante de que unos “parvenus“ hicieran lo mismo que ella, pero sin guardar ni salvar las apariencias. La ostentación, no la prevaricación, pone grilletes a los ediles de Marbella.

La norma de guardar las apariencias tuvo un origen científico, en Simplicio, como explicación plausible de la causa del movimiento de los astros errantes, que la física podía dar para salvar las apariencias de las hipótesis geocéntrica o heliocéntrica, sin necesidad de saber cual de ellas era la verdadera.