Julio 2006


La actual sociedad civil es feminista en la distribución del poder secundario y feminoide en la cultura dominante. Con esa androginia social, ya presente en la vindicación de los derechos de la mujer (Mary Wollstonecraft, 1792), la mujer ha perdido hoy en influencia sobre los hombres lo que ha ganado en poder social y político.

La novedad del feminismo imperante no está en la igualdad legal y social con el sexo masculino, que solo la insensatez instintiva puede negar, sino en la hegemonía que lo feminoide de ambos sexos pretende, para estar en posiciones de aparente dominio en los escaparates de la sociedad y ejercer el mismo tipo de poder en el Estado que el tradicional de los hombres.

Si producen rechazo las mujeres de poder político autoritario, y apenas hay una que no manifieste intemperancia, no es porque veamos en ellas modales incompatibles con la condición natural de la mujer, sino porque se esperaba del feminismo que dulcificara no tanto el talante de la política como su propia concepción. Esta fue al menos la pretensión del feminismo romántico y el de la maternidad cívica republicana, que alegaron virtudes sociales de la mujer para legitimar su derecho a mejorar el mando político masculino.

La desviación hacia el actual feminoidismo de las corrientes originales del feminismo, la sufragista y la pacifista, se produjo con la fusión socialista de la causa obrera y la de la mujer, lucha de clases-sexos, y con la emulación de conductas viriles, en el clima social de frivolidad pacifista que se expandió al final de la guerra europea, dando matiz andrógino a las modas, costumbres y literatura de los locos años 20.

La conquista de los derechos cívicos de la mujer, fruto tardío del feminismo liberal, ha elevado, con su nueva consideración social, no solo el nivel de civilización en la sociedad global, sino la propia dignidad del hombre. Pero el acceso de la mujer a las posiciones de poder político en el Estado o en las instituciones, lo que se llama feminismo de cuota, ni ha sido conquistado por ellas, ni las libera de la indignidad de entrar en los palacios por la puerta trasera, la reservada a la cuota estadística, sin atender a merecimientos que tal vez alguna tenga.

El nuevo poder de las mujeres de cuota, análogo al de los diputados de lista, responde a la necesidad de demagogia igualitaria y representativa en unos partidos estatales, herederos, sin beneficio de inventario, de la dictadura discriminadora de la mujer y los homosexuales. De ahí que éstos parezcan ser hoy más poderosos y numerosos de lo que realmente son.

La palabra sociedad la uso aquí como sinónima del grupo componente de la sociedad civil que es objeto de cada análisis sectorial. Las dicotomías producción-consumo y oferta-demanda determinan materialmente el estado de la sociedad económica, que afecta a la globalidad de la sociedad civil. Esta globalidad resulta también afectada por un fenómeno cultural que determina, espiritualmente, el tipo de placer colectivo buscado por las masas insatisfechas de su vida política, viendo en directo o por televisión continuos espectáculos de índole deportiva o recreativa.

La contemplación de espectáculos distingue la humanidad del resto de los animales. Su capacidad de teorizar comenzó a ser conciente de sí misma en la contemplación pasiva de espectáculos. Los griegos llamaron teoría a la acción de mirar juegos y festivales sin participar en ellos. El espectador, como el mirón, es prototipo del teórico. Ortega lo tomó como lema.

La aventura del pensamiento se hizo la ilusión, con la fenomenología pura, de que llegaría a comprender la esencia del mundo si dejaba de mirarlo. Pero no contaba con el hecho de que el modo de pensar y de escribir en las sociedades espectaculares, y ninguna anterior hizo espectáculo - como la actual - hasta de la guerra, llegaría a ser el típico del mirón descarado y del “homo ludens“.

La telebasura y “la hinchada universal“ han inyectado a los intelectuales no tanto los gustos de las multitudes, ni sus pasiones lúdicas, eso no tendría trascendencia, como el horror por el pensamiento serio, el asco de la sensibilidad espiritual, la abominación de la estética, la indiferencia ante la verdad, la transformación en mercancía de la cultura, el desprecio de la creación científica y, sobre todo, el conformismo político con los desmanes y corrupciones del poder en el Estado de Partidos.

No hay escritor de novelas o de prensa que se atreva a decir lo que sabe, sin expresarlo con estilo lúdico. Los que no son modernitarios son apartados de los medios. Sin alma propia, los mirones de lo otro crearon el pensamiento débil del consenso. Tras el fracaso de las rebeliones juveniles del 68, prosperó la “filosofía lúdica“, la que importaron los pseudo-intelectuales españoles de la Transición. No hay estilo lúdico sin mentalidad lúdica, sin miramientos a la fama propia mirando a los famosos. Los escritores de la espectacularidad, queriendo ser parte de ella, se ofrecen ellos mismos en triste espectáculo. No presentan arte ni pensamiento, pero representan la inmersión de los intelectuales en la espectacularidad de las distracciones sociales, con las que eluden la visión de la realidad y la libertad política. El primer “homo ludens“, el mirón de España a la negación de España, es el Rey.

Estrechamente vinculada con la sociedad laboral, la actividad de los empresarios empleadores, junto con la de profesionales autónomos, forma el tejido de relaciones económicas y valores culturales en la llamada sociedad burguesa. Las nociones de burguesía y proletariado cristalizaron en una época donde la sociedad civil era campo de Agramante de la lucha de clases. Desde las revoluciones europeas de 1848 (año del Manifiesto Comunista) hasta la caída del muro de Berlín en 1988, han transcurrido 140 años de efervescencia ideológica, conflictos sangrientos, descubrimientos científicos, progresos tecnológicos y conocimientos sociales, que nos hacen mirar al último siglo y medio como se miraba la Edad Media en el XVIII.

Pero el cambio de perspectiva exterior no ha ido acompañado de un cambio correlativo en las mentalidades sociales que reproducen, con otro alcance y en otros términos, el conflicto entre empleadores y empleados. Mucho más difícil que cambiar las relaciones externas de dominio, objetivo de todas las revoluciones políticas, ha resultado la adaptación de la mente a las nuevas realidades del mundo económico y social. Por eso apremia una verdadera revolución cultural (democrática y republicana), que retire de la circulación social los prejuicios ideológicos derivados del pasado, y adapte las mentalidades al mundo real en el que viven hoy, sin comprenderlo.

Ha sido la mentalidad anacrónica de la Transición la que ha implantado, con la fuerza residual de la dictadura, el anacronismo de una Monarquía de Partidos que consagra el predominio demagógico de lo social sobre lo civil, y de la heteronomía oligárquica sobre la autonomía empresarial, cuando el problema económico de España era la creación de empleo y el aumento constante de la competitividad, mediante una innovación tecnológica sistemática, una revaloración de la excelencia profesional y una visión del mundo industrial, común a patronos y trabajadores, que preservara el medio ambiente y renovara los recursos humanos con el sistema educativo.

Los intereses creados en el Estado de Partidos y de Autonomías no permiten que el capital financiero se subordine al capital industrial, ni que el empresario encuentre el clima de respeto social y el marco legal idóneo para asumir los riesgos inherentes a la inversión de capital, sin depender de la corrupción administrativa, del favor del partido gobernante ni de la demagogia obrerista. La organización patronal, tan politizada como la sindical, constituye un órgano estatal que asegura el dominio de la oligarquía en el Estado de Partidos. Sus poderes reales, delegados por las empresas del gran capital, se manifiestan en los Convenios Colectivos como los del gobierno visible de la oligarquía invisible.

La emocionante y dramática historia del movimiento obrero, como principal manifestación del conflicto social en la sociedad civil, terminó en Europa continental cuando el Estado fascista transformó el sindicalismo en una estructura estatal, dotada de poder legislativo, con facultad de dictar normas laborales incluso para los no afiliados, a través de Convenios Colectivos. El invento italiano, traducido al franquismo en los sindicatos verticales, continúa vigente, sin modificaciones sustanciales, en el modelo sindical de la Monarquía de Partidos.

En realidad, el sindicalismo perdió su fuerza social genuina con el fracaso de su arma predilecta, la huelga general revolucionaria, a comienzos del siglo XX. La concepción antiestatal de los sindicatos anarquistas encontró dos adversarios políticos que lograron destruirla. De un lado, el Partido Obrero Marxista, de Jules Guesde, comenzó lo que los partidos comunistas y socialistas remataron: conversión de los sindicatos en correas de transmisión de los partidos. De otro lado, la oscura distinción soreliana entre violencia sindical y fuerza represiva del Estado fue hecha suya por Mussolini, transformado la violencia virtual de la huelga general en fuerza represiva institucional, mediante la estatalización de un sindicato único.

En España, la historia del sindicalismo en el siglo XX se reduce al triunfo de la anarquista Confederación Nacional de Trabajo, fundada en 1911, y a la feroz represión y disolución de la misma por el Régimen de Franco. La UGT nunca dejó de ser la rama obrera del PSOE. Y el PC no tuvo nada parecido hasta la creación, dentro del sindicalismo vertical, de las prometedoras Comisiones Obreras. Pero la Transición sindical ha seguido el camino y el ejemplo de la Transición partidista. Se disolvió el Partido Único y su lugar al sol del poder fue ocupado por varios partidos estatales. Se disolvió el Sindicato Único y se sustituyó por varios sindicatos estatales. No solo porque están financiados por el erario público y participan del consenso político, sino porque siguen siendo órganos del Estado con poderes normativos sobre los trabajadores no afiliados, la inmensa mayoría.

Consecuencia. Pese a los sindicatos de los partidos, que se vieron arrastrados, triunfó la huelga general pacífica contra el Gobierno de Felipe González. El pánico de los dirigentes sindicales por el éxito imprevisto y la falta de coherencia en los medios de comunicación, permitieron el hecho insólito en Europa de que el autoritarismo corrupto del felipismo continuara gobernando, como si nada hubiera pasado. Esos son los sindicatos estatales, burocracias corrompidas de aparato, que no representan la civilizada masa trabajadora y sostienen la incivilizada Monarquía de la corrupción.

Pese a las transformaciones que los acontecimientos obligaron a realizar en el Estado, y a la revolución de las comunicaciones en la Sociedad, el pensamiento liberal y el derivado del conflicto social siguen prisioneros de su primera filosofía de la historia. Esto explica que los partidos liberales y marxistas, a causa de la irrealidad actual de sus creencias, hayan sido apartados de la gestión gubernamental del Estado moderno. Y lo que es aun peor. Sus prejuicios ideológicos los han inhabilitado para entender el significado de las situaciones políticas nuevas.

La situación actual de España es originalísima. Crisis del Estado monárquico, provocada por los nacionalismos autonómicos, sin crisis de gobierno. La falta de situaciones parecidas en la historia comparada ocasiona la perplejidad en los análisis de la situación. El partido gobernante lanza mensajes reformistas del Estado, inspirados en sentimientos republicanos y federales. El de la oposición anuncia proyectos de reforma de la Constitución, para frenar a los nacionalismos periféricos. La Monarquía aun no es atacada, pero ha dejado de estar defendida.

Las ofertas y contraofertas entre empresas dominantes en el sector energético, la infracción de las directivas de la Unión Europea en esta materia y los conflictos de intereses entre la oligarquía central y la autonómica (en momentos de inseguridad en la evolución de la economía y en una perspectiva de guerra globalizada en Oriente Medio), han añadido a la crisis del Estado la de la propia oligarquía financiera que lo sostiene.

En esta situación compleja, que desborda las capacidades de acción del Gobierno y de la Oposición, los remedios políticos que acuden a la mente de los analistas pagados por los medios de comunicación, son de carácter reaccionario. No en el significado vulgar de la palabra, sino en su sentido preciso de una vuelta al pasado inmediato, es decir, al consenso entre los dos partidos dominantes.

Estos análisis ignoran que el voluntarismo político deja de ser posible en las posiciones de “noluntarismo“, como la tomada por el Partido Popular. Este partido tradicional ha descubierto, por el azar de los acontecimientos que lo apartaron del Gobierno, el inmenso poder del NO, en tanto que acto positivo de la voluntad. Con tal descubrimiento, el PP abandona la índole maléfica de la “noluntas“ escolástica y, sin saberlo, adopta la filosofía del negativismo unamuniano, la del voluntarioso no querer. El Gobierno y la Oposición se han metido en un callejón sin más salida que la de entrar de lleno en la crisis radical de la Monarquía de Partidos.

En la sociedad repleta de información y espectáculo, la edad deja de ser criterio de capacidad y, como el sexo femenino, adquiere valor “per se“. La sabiduría no es fruto de la experiencia. Las innovaciones tecnológicas dejan en la cuneta del progreso saberes acumulados durante generaciones. Y la sociedad civil pierde en sentido común y coherencia lo que gana en sentido práctico y contradicción. La adaptación al medio, como en los ancestros de Atapuerca, arrincona en brasas de invierno los ideales de juventud y las memorias de la vejez. En la transición del presente al presente, en un mundo sin causas, el talento, la historia y la novela pierden su razón de ser.

Ante un ordenador, los niños tienen mil años de curiosidad desordenada en sus cabezas ágrafas. La inteligencia no aumenta con la edad, solo se especializa y limita su desarrollo. La juventud vive dramas que no padeció antes. No los de la natural incomprensión de los mayores. Sufre la injusticia de ver apartada su mayor habilidad técnica, de un mundo profesional de expertos en pericias de dominación. Donde no hay sitio para la sabiduría, la juventud se desarraiga. Pero si la tecnología impera, y lo joven se pone de moda, la juventud ocupa los puestos de mando. Bajo la Monarquía de Partidos, como en las empresas de comunicación, se busca lo joven en caras de corazones viejos. La sangre del frente de juventudes se inyecta gota a gota en los partidos, a cambio de promoción social. La juventud partidista, en nombre del orden o del progreso, renueva la ideología de la resignación. El conformismo, no las arrugas, la envejece.

La juventud y la ancianidad no se relacionan en una sociedad que funciona como una compañía anónima, cuyo consejo de administración (partidos, sindicatos y oligarquía) conspira para impedir que lo auténtico entorpezca la circulación de riqueza, honores y empleo entre accionistas que renuncian a la selección de la libre competencia y abdican de la cultura.

La juventud inconformista y la jubilación anticipada permiten el consenso de ese brutal reparto del beneficio social. Aquélla desprecia los costos de las generaciones que lo acumularon. Y ésta, como clase pasiva, se resigna a morir para aliviar la carga de las pensiones, que preocupa a un consejo de administración de siglas, y no de personas. El inconformismo de la marginación política y la jubilación en plena juventud mental, si no participan en la acción liberadora de sus energías, a la que están convocados como miembros activos de la sociedad, seguirán legitimando el sistema monárquico que los excluye de una vida social creadora. Pues la esencia de la edad, como dijo Emerson, solo está en la inteligencia.

La concentración de fieles en Valencia con el Papa en defensa de la familia tradicional, pone de actualidad la reflexión sobre la sociedad civil y los elementos sociales que la componen. Pues no basta con decir que ella es todo lo que no está incorporado al Estado ni ligado orgánicamente con la comunidad nacional, para saber cuales son sus contornos precisos y percibir la naturaleza de sus funciones privadas. El estudio de la sociedad civil, de lo no oficial, comienza por el de su núcleo primario, la familia.

En la afluencia de católicos a Valencia se ha formado una masa social con la significativa participación de tipos representativos de tres sociedades: la de fieles, la familiar y la juvenil. ¿Pertenecen estas tres sociedades a la sociedad civil? La respuesta ha variado con los tiempos. Eliminada hoy la antigua dicotomía societas civium-societas fidelium, la cuestión se reduce a la sociedad doméstica y a la juvenil. Esto no significa que la sociedad de fieles haya dejado de ser cuestionada como elemento de la civil, pues la dimensión religiosa en el catolicismo no se extiende sobre la sociedad económica como en el protestantismo. Lo católico no ha sido factor genético ni funcional en el nacimiento y desarrollo del capitalismo.

La sociedad doméstica tuvo un rol primordial en la producción y consumo de mercaderías en las ciudades griegas. Hasta el punto que le dio su nombre de economía. Luego, el modo de producción artesanal labró la fortaleza de los lazos familiares. Hasta que la revolución industrial hizo del hogar, desplazado de su lugar vecinal, el purgatorio de la nueva condición obrera. Con mujeres y niños cubriendo su indigencia con solidaridad de clase, se acunó la esperanza en el paraíso anarquista de los artesanos o en el mundo socialista de los proletarios. La familia conservaba con la nueva miseria la tradición que disolvía la reciente riqueza. El grupo parental, al dejar de ser sociedad doméstica (económica), se desvanecía en la sociedad civil. Los sindicatos forzaron al Estado a satisfacer las necesidades vitales de las familias marginadas del progreso industrial. Y Hölderlin cantó la tragedia de que del Estado se hiciera el paraíso de los que lo negaban.

El trabajo de la mujer, las guarderías, la escolarización precoz, las separaciones con hijos menores, las parejas de hecho, la falta de empleo juvenil, la permanencia de los hijos mayores con sus padres, la incomunicación ante el televisor, el horror de la juventud al aburrimiento, la búsqueda de emociones en la droga o la violencia, la ausencia de ideales de vida interesante, han provocado la crisis sentimental y social de la familia, justamente cuando vuelve a ser, con la economía de consumo, la sociedad doméstica que mantiene la demanda como en la ciudad griega.

Esta contradicción entre la disolución de la familia y la necesidad de mantenerla activa en la sociedad civil, como unidad de consumo en el mercado (la cesta de la compra), puede explicar que, en un clima social de atonía del sentimiento religioso, el mismo Gobierno laico que legaliza el matrimonio homosexual propicie y financie la concentración católica de Valencia. Los partidos estatales no perciben, porque no hay sociedad política que lo exprese, la trascendencia que recobra la familia, con independencia de toda idea religiosa, como elemento activo en la sociedad civil de la moderna economía de consumo.

Sabemos que existe. La encontramos por todas partes. Se habla de ella con frecuencia. Incluso como algo bueno y positivo. Y se la invoca, sin conocer quien es ni donde está. Pese a su anonimato, goza de prestigio y suscita unas esperanzas que los mundos político y cultural no son capaces de despertar. Parece algo muy importante, puesto que con su expresión queremos referirnos a la globalidad que no es Estado ni Comunidad.

En tiempos lejanos, la sociedad civil se oponía a la religiosa y a la militar. Los filósofos alemanes la bautizaron con el mismo nombre y apellido que la sociedad burguesa y, enseguida, se opuso a la sociedad proletaria. Los enfrentamientos y conflictos entre ambas sociedades, la económica y la laboral, produjeron en Europa las ideologías políticas del siglo XIX, con las consiguientes guerras civiles, revoluciones y Estados totalitarios del XX.

Es inútil acudir a los grades pensadores del pasado para saber de lo que hablamos cuando nos referimos hoy a la sociedad civil. El último de ellos, Gramsci, nos descubrió que no era la sociedad política, ni el poder estatal, sino la sociedad civil, como escenario del conflicto social, la que creaba las ideologías y legitimaba a la sociedad política, la formada por los partidos y la opinión, en tanto que intermediaria entre la civil y el Estado.

Pero desde el final de la guerra mundial, o dicho con más precisión, desde que los partidos políticos europeos se integraron en el Estado, como órganos del poder estatal, tal como habían hecho antes los partidos únicos de los Estados Totalitarios, la sociedad civil se quedó huérfana de representación política, dejó de producir ideologías para la ya inexistente sociedad política, y se convirtió en el lastre o peso muerto del Estado social, que lleva años suplantándola, y de los comunidades nacionalistas que la están acabando de asfixiar en los últimos decenios.

La famosa teoría del ocaso o crepúsculo de las ideologías (que en España formuló con brillantez Gonzalo Fernández de la Mora) se quedó en la descripción del fenómeno, pero no ahondó en la causa que lo producía. Que no era otra que la eliminación de la presencia ideológica de la sociedad civil en el Estado de partido único, en el Estado de partidos y en las Comunidades nacionalistas o en las de sus imitadoras regionales.

En el contexto cultural de esta Monarquía de partidos, la definición de lo que es hoy la sociedad civil, casi nada, y lo que debe ser en el futuro, casi todo, solo puede surgir de un pensamiento revolucionario y republicano.

Todos recuerdan el nacionalismo totalitario que encarnaron los Estados de Italia y Alemania, pero hoy se quiere ignorar que los tipos de nacionalismo parcialitario (separatista, federalista y autonomista), cuyo desarrollo ha propiciado la Monarquía de Partidos, participan de las mismas creencias, sobre comunidad y sociedad, que dieron el poder absoluto al fascismo y al nazismo en el contexto ideológico de la lucha de clases.

Los nacionalistas adoran la lengua y la cultura autóctona, en tanto que creaciones naturales de la comunidad orgánica de cada pueblo, mientras que temen la libre competencia en una economía de mercado, porque la consideran expresión del contractualismo internacional de la sociedad civil. En consecuencia, solo un autogobierno orgánico, que sustituya la sociedad civil por la comunidad nacional, puede armonizar las clases y categorías sociales, dando a los individuos un sentimiento de identidad común por su pertenencia a la comunidad de cada parcela autónoma del Estado. La economía nacional es la aspiración de todo nacionalismo.

Sin ruptura de la dictadura, el renegado Suárez pudo gobernar mientras tuvo en sus manos legalidades y monopolios que regalar a los partidos y a los nacionalistas que se opusieron a la democracia orgánica, sin saber que aspiraban a ella. A los partidos los hizo órganos estatales. A los nacionalistas les concedió comunidades autónomas. Es decir, a los partidos nacionales los metió en el mismo Estado orgánico que antes lo identificaba el partido único, y a los partidos regionales también los hizo estatales al configurar las Autonomía como órganos del Estado, dotados de competencias para organizar economías y culturas locales. La corrupción ha sido el medio más rápido de acumular capital autónomo.

La continuidad de la barbarie orgánica de la dictadura, en la Monarquía de Partidos y de Comunidades Autónomas, ha provocado el desarrollo de todo lo orgánico en detrimento de la sociedad civil, que prácticamente ha dejado de tener conciencia de sí misma. Y Zapatero, sin representación de la sociedad civil en el Parlamento, puede gobernar, como Suárez, con el apoyo de los nacionalistas, a quienes regala la promesa de autogobierno en Cataluña y de autodeterminación en el País Vasco.

Por ignorancia, o por supervivencia en los medios donde desarrollan su actividad, los intelectuales no interpretan la profundidad fascista del atentado a la sociedad civil que realizan los nacionalismos. En este desierto de civilización, la autonomía catalana expresa la ambición orgánica de su capital financiero. Y el autogobierno vasco, la de su capital industrial.

En el Estado de Partidos no es posible que llegue a ser Presidente del Gobierno una persona que, además de tener honestidad mental, hable con propiedad y precisión. La ascensión dentro del partido le obliga a guardar silencio ante conductas deshonrosas de sus jefes y a expresarse en todos los asuntos con calculada ambigüedad. Y el modo de ascender escalones en la jerarquía del partido, condiciona hasta el modo de pensar.

Para entender el significado de las palabras de Zapatero sobre el derecho de los vascos a decidir libremente su futuro, conviene recordar el significado de los tres conceptos que titulan este artículo, y que incluso la clase política y los analistas de prensa llegan a confundir. Pues la autodeterminación no quiere decir independencia, ni ésta implica siempre una secesión territorial.

La Autodeterminación es un derecho potestativo, reconocido por la comunidad internacional a ciertos pueblos, para que decidan por vía pacífica, mediante referéndum, su voluntad colectiva de seguir integrados en el Estado Nacional al que están supeditados, o de separarse del mismo fundando un nuevo Estado independiente. Autodeterminación no significa pues, Independencia, pero sí derecho de opción a la Independencia.

La Independencia es un hecho nacional que se crea con la victoria en una guerra de liberación (EEUU, Argelia), con un movimiento irresistible de la población dominada por una potencia extranjera (India) o con el triunfo de la opción independentista en el ejercicio pacífico del derecho de autodeterminación. La legalidad de este derecho, que comenzó siendo natural, la ha de reconocer hoy bien sea la ONU o bien el propio Estado cuya integridad nacional está puesta en cuestión.

La Secesión puede ser un hecho o un derecho. En ambos casos, el fenómeno político de la secesión requiere la previa existencia de un Estado Federal o Confederal, del que forme parte el Estado que manifiesta su voluntad de separarse de la unión. La Secesión, como hecho, suele confundirse con la Independencia. Pero no es igual. En las guerras de secesión (E.E.U.U.), lo decisivo es la voluntad de un Estado preexistente de separarse de la unión con otros Estados. Mientras que en las guerras de independencia se trata de la procuración de un nuevo Estado. Los modernos Estados federados han introducido en sus Constituciones el derecho de todos ellos a la secesión.

Las palabras de Zapatero –decidir libremente los vascos su futuro- definen con exactitud la finalidad del derecho de autodeterminación.

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