Una de las cuestiones más difíciles de entender en las democracias representativas, la teoría de la representación política, nunca ha podido ser explicada en términos razonables. La soberanía, dice la teoría, reside en el pueblo. Por medio de su poder electoral, éste designa periódicamente a representantes para que gobiernen, legislen y juzguen por él y para él. Hasta aquí se entiende. El embrollo comienza con la brutal prohibición al “soberano” de dar instrucciones a sus mandatarios, ni siquiera bajo la forma pasiva de hacer vinculantes las promesas que éstos le hicieron para ser elegidos. Continúan el enredo prohibiendo al “mandante soberano” revocar el poder de sus mandatarios en caso de abuso. Y termina con la aberración de considerar voluntad general a la simple voluntad de la mayoría.

La culpa de este galimatías no fue de Rousseau, para quien la voluntad general no podía ser representada, sino del abate Sieyès, que abrió el ciclo de la Revolución Francesa con un golpe de mano contra el mandato imperativo y contra la revocabilidad de la representación, para que la Asamblea pudiera autoproclamarse soberana frente al pueblo que la había elegido. Obligado a legislar, según la regla práctica de la mayoría, y a dar un fundamento a la necesidad de obediencia de las minorías, trasladó al conjunto de representantes la idea de la voluntad general que Rousseau había concebido para el pueblo.

Nuestra Constitución, inspirada en estos malabarismos que contradicen el sentido común y las ideas seculares del mandato y de la representación civil, oscurece aún más el panorama al conceder a los partidos el monopolio de la representación política. El poder electoral queda así definitivamente sometido al de media docena de personas, cuya voluntad particular constituye la voluntad general de los españoles.

No es cierto que en medios rurales y en sectores de población de edad avanzada se vote con criterios menos racionales que en la ciudad y en las clases activas. Como observó Schumpeter, “el ciudadano normal, tan pronto como entra en la esfera política, desciende a un plano inferior en materia de actuación mental. Argumenta y analiza de una manera que consideraría infantil en el ámbito de sus intereses reales. Se convierte en primitivo”.

Pero tal afirmación no hace justicia al primitivismo de que hace gala el hombre instruido. El “analfabeto natural” suele tener opiniones firmes, imperturbadas por informaciones contradictorias que no le alcanzan. En una tertulia de televisión o de radio puede comprobarse dónde se encuentra el verdadero analfabetismo político. Si a la tertulia asiste algún profano, o algún afectado por el problema de que se habla, éstos son los únicos que se pronuncian con pertinencia.

El sentido común no tiene cabida en un paradigma cultural que nos disuade de entrar en áreas de conocimiento reservadas a los expertos, a la vez que nos persuade a participar en la política, la materia más necesitada de información y de razonamiento. La invitación no resulta ridícula porque la incompetencia general disimula la ignorancia propia.

La raíz del “analfabetismo cultivado”, del alejamiento de la política de la “esfera de intereses vitales” del ciudadano, está en la incongruencia de un sistema que fuerza a escoger un partido por razones sentimentales de identificación social, y a tomar partido, a justificar el voto, por razones intelectuales o morales. El analfabeto natural resuelve, por instinto y desconfianza, la maraña de información de que se valen los analfabetos cultivados para justificar, con razonamientos pueriles, su afición sentimental al poder.

Hace doscientos veinte años una generación de ilustrados se embarcó en la odisea de hacer, con una teoría filosófica, una revolución política. Más completa que la monoteísta de Moisés. Se propuso dar un giro de noventa grados a la única relación de poder conocida entre los hombres. Transformar la verticalidad del mando en horizontal obediencia. Cambiar la sociedad entre desiguales, con relaciones personales de poder sobre el inferior, en una sociedad de iguales sin relaciones personales de poder. Desnudar al individuo de todas sus herencias, condicionamientos y ataduras sociales, salvo las de propiedad. Descubrirlo como sujeto de razón y de voluntad capaz de buscar y encontrar la felicidad a través de leyes universales que expresaran, con su concurso particular, la voluntad general.

Newton (1686) había revolucionado la comprensión de los movimientos de las individualidades físicas de la materia descubriendo la ley universal que los gobierna. Adam Smith (1776) acababa de revolucionar la comprensión de los movimientos de las individualidades económicas con el descubrimiento de la ley universal que los regula en el mercado. ¿Por qué no poner en práctica la teoría que permite comprender los movimientos de las individualidades políticas descubriendo la ley universal de la voluntad general que los gobierne?

La nueva mecánica había logrado el consenso de la comunidad científica por la evidencia de la fuerza de gravedad que equilibra y ordena el mundo físico. La nueva economía escocesa alcanzaba el rango de ciencia entre sus cultivadores, independizándose de la política, porque la ley universal de la oferta y la demanda regula, con “mano invisible”, el equilibrio y el orden del mundo económico. ¿Por qué dudar de que un mismo consenso no se produciría entre seres racionales tan pronto como se acertara a codificar, en verdades evidentes por sí mismas, los derechos naturales del hombre y la ley universal de la voluntad general que, preservándolos con cabeza y corazón invisibles, ordene y equilibre el mundo político?

La experiencia americana (1776) no era, para los ilustrados, un ejemplo a seguir. Un pueblo colonial de pequeños propietarios agrícolas y granjeros no podía percibir el carácter científico de las fórmulas cuáqueras incorporadas a su Declaración de Independencia. No las utilizaron como primeros axiomas de los que la Constitución sería su inevitable desarrollo lógico. Las evidencias morales de sus fórmulas habían legitimado universalmente su insurrección frente a la Corona, pero no la constitución interna del poder político.

El derrotero constitucional americano había equivocado su rumbo y su fuerza motriz. Siguió la anticuada ruta de Montesquieu, balanceada por los suaves aires liberales de Locke, en lugar de la moderna corriente democrática de Rousseau, impulsada por el viento de la libertad y no por el interés de la propiedad, que no era un derecho natural anterior al Estado y a la sociedad civil, como creía el filósofo del parlamentarismo.

A pesar de la ardiente defensa del “grupo americano”, dirigido por Lafayette, la mayoría de la Asamblea francesa no estimó apropiado el antecedente republicano y federal para un Reino nacional cargado de complejidades históricas, ni para el propósito de hacer una Declaración de validez universal, centrada en la soberanía absoluta del poder legislativo como expresión de la voluntad general.

Tampoco era imitable el modelo ingles idealizado por Montesquieu. La nueva teoría científica de la ley, la necesidad lógica de una deliberación común para extraer de ella la voluntad general, excluía la posibilidad de dividir la potencia legislativa en dos cámaras. El requisito indispensable de la igualdad de los individuos era incompatible, además, con el establecimiento de una segunda cámara para los privilegiados. Por último, la revolución “gloriosa”, la reforma parlamentaria de la monarquía inglesa (1688), precedida de una decapitación regicida y de una república dictatorial, tuvo que ir acompañada de un cambio de dinastía que nadie, salvo el duque de Orléans, deseaba en Francia. El “grupo inglés” de la Asamblea, dirigido por Mounier, Lally-Tollendal y Malouet, se debatió en la impotencia. Su recalcitrante insistencia tuvo que ser finalmente aplastada (10 de septiembre del 89) por 849 votos en contra, 122 abstenciones y 89 votos favorables.

Los representantes del estado llano francés estaban condenados a innovar los fines y los medios revolucionarios, a realizar una revolución universal que se consumara, sin ruptura de la legalidad, por consenso de los representantes del tercer estado, que no era políticamente nada y aspiraba a serlo todo, y el monarca absoluto. Un reconocimiento mutuo entre dos soberanías. La nacional, fuente de la ley, y la monárquica, limitada a brazo ejecutor. En definitiva, una revolución dirigida por Luis XVI que pudiera servir de modelo universal, de imperativo categórico a todos los pueblos.

La virtud de sus principios filosóficos y la necesidad lógica de sus aplicaciones prácticas daban a la mayoría “rusoísta”, dirigida intelectualmente por Sièyes, la confianza de vencer todas las resistencias poniendo en evidencia ante la opinión pública, que emergía como tribunal constituyente, la mala fe de los que negaran su consentimiento.

La verdad científica de lo que “debía ser” tenía que transformar, por consenso de la comunidad política, la sociedad entre desiguales en una sociedad de iguales. La fraternidad, fundamento de la ética, volvería a unir la moral a la política, separadas teóricamente desde Maquiavelo. Los gobernados no acatarían otro poder que el impersonal de su voluntad general. La nueva concepción de la ley, como expresión de esa voluntad transubjetiva, haría de la obediencia libre y recíproca auto-obediencia. La política no sería ya arte, sino proceso técnico. Extraer de cualquier comunidad de individuos, por un método científico ultimado por Sièyes, la voluntad general.

El método requiere la estricta observancia de las mismas fases y condiciones que conducen mentalmente a un individuo, aislado de toda presión exterior, a tomar y ejecutar una decisión inteligente. Sólo que sustituyendo la reflexión individual por la deliberación común. No hay que dividir y separar poderes distintos, sino fases o funciones de un solo poder. Proponer, deliberar, votar y ejecutar la ley. Las únicas funciones inseparables, para extraer la voluntad general y no sumas contrapuestas de voluntades particulares, son la deliberación y la votación. La Constitución debe garantizar el aislamiento social de los individuos, para no condicionar su libertad, y la observancia de este método de producción de leyes que sean exacta expresión de la voluntad general.
Esta forma de gobierno es sustancialmente el gobierno de la forma. La democracia es el método científico de extraer con pureza la voluntad general. El contenido de esa voluntad soberana es indiferente para esta forma de gobierno. La distinción entre democracia formal y material carece de sentido.

Surge, sin embargo, un escollo. El rey absoluto se niega a ponerse al frente de esta excelsa revolución. La Iglesia y la nobleza feudal la combaten. La razón universal del tercer estado, en su primera confrontación con la realidad, demuestra que por sí sola no es suficiente. El arte tradicional de la política acude en su ayuda.

Los comunes se constituyen ellos solos en Asamblea nacional (17 de junio). Tienen conciencia de estar usurpando la soberanía y de carecer de poderes constituyentes de sus electores. Pero vencida la resistencia del rey y reunida en una sola Asamblea toda la representación nacional (27 de junio), deciden convertirla en constituyente (9 de julio) porque su imperativo categórico es moralmente superior a cualquier especie de mandato imperativo del cuerpo electoral. Como siervos de la Razón Universal escribirán a su dictado, sin conciencia de usurpación, los nuevos mandamientos de la ley natural, los derechos que cada hombre puede hacer valer frente a todos. Luego, como desarrollo de estos principios fundacionales, establecerán en la constitución del poder político los derechos que todos podrán hacer valer contra cada hombre.

Para redactar este “catecismo”, como lo llamó Barnave, los diputados se alejan, como Moisés, del pueblo. Tan imbuidos están de su doctrina, que empiezan a practicarla antes de que entre en vigor. Una y otra vez rechazan las ansiosas peticiones del pueblo para que calmen y orienten o dirijan la turbulencia insurreccional de París. Su argumentación es impecable. El poder legislativo, que todavía no tienen, no debe interferir los asuntos del poder ejecutivo.

Sólo descienden del Sinaí cuando les invita por sorpresa el supremo soberano (15 de julio) a legitimar y santificar conjuntamente los horribles crímenes de la Bastilla (14 de julio), cometidos por un pueblo abandonado a su espontánea desesperanza, y cuando la gran nobleza renuncia inteligentemente al feudalismo para capitalizar sus “manos muertas” (4 de agosto) y poner fin al vandálico espontaneísmo de unas masas campesinas abandonadas al “gran pánico” de terribles infundios de venganza y saqueo.

Por fin, después de sesenta días y sesenta noches deciden dar por terminada, inacabadamente (27 de agosto), la Declaración de Derechos, que sólo se convertirá en texto legal cuando una espontánea y nutrida columna de seis mil mujeres llega a Versalles (5 de octubre) para arrancar al rey su consentimiento. Una usurpación del poder constituyente por parte de los diputados y tres movimientos violentamente espontáneos del instinto popular convirtieron un debate entre “mil doscientos metafísicos”, como llamó Condorcet a los diputados, en una Declaración de Derechos espectacularmente revolucionaria, por el efecto que produjo a todo el mundo, y, antes que nadie, al pueblo francés.

Los diputados creyeron haber terminado, con esta Declaración, una Revolución que realmente se iniciaba con ella. La religión, la filosofía y la ciencia, unidas como en tiempo de Moisés, reclaman la fundación de un nuevo orden político en la tierra prometida de la ley, vislumbrada para toda la humanidad por los derechos naturales del ser humano.

La ley de la voluntad general, tan universal como la de la gravedad y la del mercado, tan exacta como un teorema, conducirá a la felicidad prometida del mismo modo que las leyes de la naturaleza llevan al conocimiento de la verdad. Para Condorcet, “una buena ley lo es para todos los hombres como una proposición es verdadera para todos”.

El debate sobre los derechos del hombre se clausura el día 26 de agosto con esta frase de Barère: “El principio de distinción y distribución de poderes es para la Constitución pública lo que la gravitación newtoniana al sistema del mundo”. Más tarde, un día antes de 9 de Termidor, Robespierre dirá en la convención que la francesa ha sido “la primera revolución fundada sobre la teoría de los derechos de la humanidad”. La primera, no la última. Lenin y Trotsky emprenderán en 1917 la también desventurada odisea de hacer una revolución política, universal y permanente, para demostrar la validez científica de la teoría humanista del socialismo marxista y acelerar el curso de la historia adelantando el ineluctable acceso al poder de la clase obrera.

Dolorosamente para la humanidad, el cruel laboratorio de la historia ha tenido que rebatir y “falsar” las dos teorías científicas de la revolución, cuyo fracaso se ha disimulado con la eficiencia del subproducto engendrado: la oligocracia de la clase política, al Oeste, y la dictadura de la clase burocrática, al Este.

Afortunadamente, las otras dos “modestas” revoluciones locales, empíricas y pragmáticas, continúan manteniendo la buena salud de los cuerpos políticos anglosajones. Únicas sociedades civiles que permanecieron inmunes al virus totalitario y que producen el “rechazo orgánico” del virus oligárquico que conllevan las listas de partido al sistema electoral con criterios de proporcionalidad.

La idea no era nueva. Utopistas y filósofos habían imaginado cosas parecidas. La Declaración Americana decía casi lo mismo. Pero en la francesa del 89 hubo algo radicalmente original en el modo y espectacularmente revolucionario en el efecto.
En el modo, la soberanía real se maridaba con la hegemonía intelectual. Telémaco y Emilio, para pregonar con altavoz que todos los seres humanos eran iguales en derechos, y para limitar el fin del Estado y la preservación de esos derechos individuales, especialmente los de libertad y resistencia a la opresión.
Poco importaban las circunstancias, nada edificantes, de la génesis de esa Declaración que, como Revolución anunciada, ponía el énfasis en el fin y no en el medio de realizarla. Lo decisivo fue el resultado. El descubrimiento repentino del lado oculto de la luna. La relación de poder contemplada desde el punto de vista de los gobernados.
En el efecto, la onda expansiva de este explosivo descubrimiento conmovió de terror a todas las jerarquías y cancillerías de Europa, y de esperanza, que aún perdura, a todos los pueblos del mundo. Francia no anunciaba una simple revolución histórica, como la inglesa y la americana, donde la sociedad civil impregnaría con su sello liberal o igualitario a la Constitución del Estado, sino la revolución de la Historia. La entrada del estado de naturaleza en la sociedad civil y la salida del hombre del estado de minoría.
Cualquiera que fuese el resultado francés, triunfase o fracasase en su propósito constituyente, el efecto revolucionario de esta Declaración universal estaba irreversiblemente producido, y legitimado, con el entusiasmo moral levantado en los espectadores, que tanto impresionó a Kant. Pero el fracaso no fue indiferente para la suerte política de las futuras generaciones del continente europeo, como no lo es para las actuales, el conocimiento de la causa de aquella tragedia que malogró, en el teatro de los acontecimientos, la esperanza de emancipación.
Lo que hoy reconocemos, lo que realizamos de aquella promesa revolucionaria son los desechos termidorianos y napoleónicos, cuidadosamente seleccionados por Constant y los doctrinarios franceses. Con ellos, el sindicato de los profesionales del poder ha reconstruido la moderna oligarquía, el oligopolio del mercado político. No hay, por eso, empresa intelectual de mayor interés que la de indagar la causa primordial del fracaso constituyente de aquella Declaración, efectivamente revolucionaria.

¿Dónde estuvo el defecto? ¿En la abstracción metafísica de su contenido? ¿En el uso de materiales inadecuados para la construcción política proyectada? ¿En la ignorancia y tenebrosa violencia de las masas? ¿En haber seguido la estrategia reformista de Necker en lugar de la rupturista de Condorcet? ¿En la falta de talento y de moralidad de los tenores constituyentes? ¿En la doblez y traición de Luis XVI?
La primera crítica, la de la abstracción metafísica, partió curiosamente de los propios diputados de la Asamblea. El día 27 de agosto del 89, cuando todos esperaban continuar el debate sobre los puntos pendientes de la Declaración, Bouche señaló la contradicción entre “el orden del día y el orden de las necesidades”, proponiendo “salir de la vasta región de las abstracciones del mundo intelectual” para volver al mundo real de la Constitución. Lo paradójico fue que esos “mil doscientos metafísicos”, que habían perdido sesenta días en la bizantina discusión de si primero debía ser la Constitución o la Declaración, aprobaran esa moción con unánime diligencia.
La metafísica y utopía nunca habían sido, sin embargo, cargas de profundidad que pudieran hacer naufragar a las constituciones revolucionarias de un nuevo orden político, sino más bien sus habituales compañeras de viaje. Desde la primera de Moisés a las últimas de Lenin o Mao. ¿Hay algo más abstracto y gratuito que la idea de un Dios pactando personalmente una alianza con el autoritario representante de una tribu elegida? ¿Existe cuestión metafísica más elevada que la de una Historia que determina, para su propio desarrollo y cumplimiento, a una clase social elegida?
Ldemás, los conceptos metafísicos de soberanía nacional y voluntad general eran armas apropiadas para superar, o al menos equilibrar, la no menos metafísica idea de la “encarnación” de la soberanía en la persona del Rey por la gracia divina. También sirvieron para ocultar con velos filosóficos la usurpación del poder constituyente por los diputados.
La segunda objeción contrarrevolucionaria, la de haber empleado materiales inadecuados, porque no se trataba de construir sobre un solar, como los americanos, sino de reformar un valioso y antiguo palacio, tampoco es pertinente.
La influencia de la Declaración americana fue más aparente que real, más formal que sustancial. Las ideas de Versalles parecían literalmente las mismas que las de Virginia y Filadelfia. Pero su sentido, su empleo estratégico y su función política divergieron profundamente.

Los americanos utilizaron la elevación moral para vencer. Los franceses, la elevación intelectual para convencer. Los primeros pronunciaron arengas para entrar, sin compromiso, en un combate decisivo. Los segundos emitieron discursos retóricos para salir comprometidos de un debate indeciso. Los colonos hicieron un llamamiento a la movilización popular. Los intelectuales “invocaron más altamente a la razón” para alejarse del pueblo. Los americanos “sabían” que la Constitución tenía que ser el reflejo de la modificación de la relación de fuerzas, una vez derrotada y expulsada la soberanía del monarca inglés. Los franceses “creían” que la realidad sería reflejo de la Declaración, y de su consecuente Constitución.
Los derechos naturales del hombre fueron, para los americanos, un medio de corregir los defectos de su primera Constitución. La segunda y las Enmiendas de 1791 introdujeron el mando y la responsabilidad personal del sistema presidencial, junto con la idea realista de que todo poder abusa si no está frenado por otro poder. Para los franceses, los derechos naturales fueron el fin constitucional del poder legislativo, bajo la idea optimista de que, por definición, la Asamblea no podía abusar de su poder.
La más injusta objeción contrarrevolucionaria, que todavía conserva amplia vigencia, atribuye el fracaso revolucionario a la falta de madurez y de experiencia liberal del pueblo. Quien contesta es Kant. “Confieso no poder hacerme muy bien a esta expresión que usan los hombres sensatos: un cierto pueblo tratando de elaborar su libertad legal no está maduro para la libertad. Los siervos de la tierra no están maduros para la libertad, y tampoco los hombres están todavía maduros para la libertad de conciencia. En una hipótesis de este género la libertad no se producirá jamás, porque no se puede madurar para la libertad si no se ha sido puesto previamente en libertad”.
La misma hipótesis contrarrevolucionaria fue empleada luego contra el sufragio de los no propietarios, de los no contribuyentes y de las mujeres, contra la emancipación de los esclavos, contra la independencia de las colonias; y, todavía hoy, contra la auténtica democracia formal, contra el sistema electoral de libres mayorías sin censo previo de elegibles. La Constitución española, al imponer el sistema electoral de listas, elaboradas por una docena de personas, demuestra el grado de confianza que la clase política tiene en la “madurez” del pueblo.
Los hechos históricos tampoco favorecen esta interpretación reaccionaria. Antes de la huida de Luis XVI a Varennes la masa popular había tenido más instinto de la libertad y más sentido político que la Asamblea. Sin la Bastilla, sin los amotinamientos campesinos del “gran miedo” y sin la marcha de las mujeres parisinas a Versalles no es posible imaginar siquiera la abolición del feudalismo, que no estaba en el programa de la Asamblea, ni la aprobación Real de la Declaración de Derechos. Lo verdaderamente odioso de los crímenes que acompañaron a estos tres espontáneos movimientos populares, lo profundamente inmaduro no estuvo en el delito ocasional, sino en su legitimación por el Rey y los diputados que lo santificaban.
No puede ser históricamente probado que el fracaso constituyente de la Declaración se debió a que la revolución fue metida a la defensiva dentro de la iniciativa reformista de Necker, dirigida desde el Estado, y a que no surgió de un movimiento consciente de ruptura desde la sociedad civil, como pudo haber ocurrido si hubiera prosperado la iniciativa de Condorcet contra la convocatoria de los Estados Generales, a través de una pirámide nacional de asambleas de propietarios.
Las dos últimas hipótesis, el defecto de “condiciones subjetivas”, se reducen en realidad a la falta de talento de los constituyentes. La simulación de Luis XVI estuvo siempre fomentada por la “táctica de la ficción” de la Asamblea, empeñada en salvar la Monarquía creando ante la opinión pública la imagen de un Rey cuyo corazón deseaba regenerar su reino, pero cuya cabeza seguía los perversos consejos de la corte y la aristocracia. Como diseñador de esta imagen alcanzó Mirabeau su genialidad.
El talento político se distingue por su capacidad para tomar y no perder la iniciativa en la dirección del movimiento constituyente. Basta un conocimiento somero de la historia para saber que la Asamblea, salvo en los seis días siguientes al golpe de mano de Sièyes (17 de junio), usurpando la soberanía nacional, jamás tuvo la iniciativa. Aunque sí el oportunismo de rentabilizar políticamente, junto con el Rey, las explosiones de violencia y las iniciativas espontáneas de unas masas abandonadas a su suerte.
Esto no quiere decir que la Asamblea no contase con hombres extraordinariamente dotados. Pero sí que no lo estaban para dirigir una revolución. Nadie tuvo instinto “militar” para calibrar en cada momento la situación de las fuerzas sociales en presencia. Barnave, el primer intelectual que pensó en términos de clases sociales y que descubrió en la burguesía el factor social determinante de la situación revolucionaria, perdió sus posibilidades dirigentes cuando justificó demagógicamente los asesinatos del ministro Foulon y del intendente Bertier (22 de julio) con la famosa frase: “¿es que su sangre era tan pura?”.
La Asamblea fue víctima de la profunda inmoralidad política de Mirabeau, aplaudido y no seguido; de la enfermiza vanidad, pavor al pueblo, dogmatismo intelectual y oportunismo personal de Sièyes, seguido y no aplaudido; de las intrigas del Duque de Orleans, ni aplaudido ni seguido; del formalismo jurídico de Mounier, respetado y abandonado; y de la manía de grandeza y mediocre inteligencia de Lafayette, querido y no escuchado.

La comparación entre los tenores políticos de la Asamblea y los grandes talentos de la Revolución americana, Washington, Jefferson, Adams, Hamilton, Madison, o de la soviética, Lenin y Trotsky, aconseja pensar en una causa social que explique el defecto evidente de condiciones subjetivas en la etapa constituyente de la Revolución.
Los prohombres del 89 revelaron la misma clase de insensibilidad para percibir las relaciones sociales de fuerza, la misma dificultad de adaptación de la nueva situación que la ostentosamente mostrada por la típica figura del “indiano”, en contraste con el dominio de las situaciones que caracteriza al “criollo”.
Los autores de la Declaración de Derechos actuaron como el indiano que vuelve a los suyos para entrar en sociedad con un estatuto social adecuado a su reciente riqueza. Renegaron de la condición social heredada. Emigraron a un supuesto estado de naturaleza donde todos los seres tenían iguales derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la felicidad. Volvieron cargados con ese tesoro individual a la civilización de donde salieron. Llegaron al mismo punto de partida, pero revestidos de los ricos atributos recogidos en tan original excursión. Utilizaron su tesoro de valores universales para anudar nuevas relaciones sociales (sociedad civil) y para construir un nuevo edificio familiar (Estado) que preservara la riqueza de sus derechos individuales.
El triunfo de la revolución “criolla” de la Declaración de Filadelfia pone de relieve la causa social de los defectos subjetivos que causaron el fracaso de la Revolución “indiana” de la Declaración de Versalles: la educación ilustrada de los miembros de la Asamblea, su fe en la Razón como única arma de convicción revolucionaria, su impermeable insensibilidad para percibir las relaciones sociales de fuerza, su confianza en el acuerdo de los poderes constituidos con la nueva riqueza moral del poder constituyente. El fracaso revolucionario de la Declaración expresa la imposibilidad histórica de una Revolución por consenso.

Cuatro grandes revoluciones pretendieron cambiar el “antiguo régimen” por nuevas concepciones racionales de mando y obediencia. El banco de pruebas de la historia ha emitido su veredicto. La americana ha conseguido su propósito inicial. La primera en el tiempo, la inglesa, lo ha logrado en gran parte. Pero las dos últimas se han saldado con un fracaso de sus ilusorias pretensiones.

No se muda la naturaleza del poder cambiando de soberano y dejando intacta la soberanía. La Revolución francesa permutó al Rey absoluto por la Nación o Pueblo, es decir, por la oligarquía de la clase política que asumió la soberanía absoluta de su representación. La Revolución rusa trocó al Zar autócrata por el Partido Único, que asumió la soberanía autocrática del Estado totalitario.

Norteamérica y Gran Bretaña, en contraste con los países influidos por la Revolución francesa, han resistido durante dos siglos formidables embates de guerras civiles y mundiales, depresiones económicas, bárbaros nacionalismos, y hasta de sus propios imperialismos, sin merma de las libertades individuales ni de la independencia de la sociedad civil.

La profunda diferencia entre la autenticidad formal de la democracia norteamericana y la ficción representativa de los regímenes europeos deriva del diverso modo en que una y otros han resuelto el problema de la legitimación de la Autoridad.
Para conseguir la probabilidad de obediencia entre seres iguales, allí se ha puesto el énfasis en el consentimiento de los gobernados. Aquí, en el carácter impersonal y metafísico de la soberanía. Para facilitar ese consentimiento, allí se configura el poder en personas singulares responsables de sus actos políticos. Aquí se desfigura en ficticios entes individuales o colectivos, políticamente irresponsables en tanto que soberanos.

El sistema norteamericano legitima el ejercicio del poder. Los regímenes europeos, su constitución. Cuanto más dividido, controlado, personalizado y responsabilizado esté el poder del Estado americano, mayor será la probabilidad de que consiga una general aquiescencia. Cuanto más unido, sacralizado y despersonalizado sea el poder del Estado europeo, más fácilmente obtendrá la obediencia ciudadana.

Los individuos son voluntariamente ciudadanos en Norteamérica. En Europa, forzosamente. La situación ideal sería allí la compleja autonomía de la sociedad civil. Aquí, su absorción por la sociedad política. El voto electoral allí es un derecho. Aquí un deber.

El proceso constituyente de los Estados Unidos conoció tres momentos de inspiración legitimadora de la autoridad que ningún otro pueblo, en ninguna época, ha sabido igualar. La legitimación moral de la ruptura con la Corona británica mediante la Declaración de Independencia de 4 de Julio de 1776. La legitimación republicana de la constitución de poder, personalizado y electivo, mediante la segunda Constitución de 1789, redactada por un comité presidido por Washington, tras el insólito hecho, que tanto impresionó a Tocqueville, de la autosuspensión del poder colegiado que estableció la primera Constitución. Y la legitimación democrática del ejercicio del poder mediante las Enmiendas constitucionales de 1791, presentadas por Madison como “barreras contra el poder en todas las formas y en todos los comportamientos del gobierno”. Es en ese momento final del proceso revolucionario, y no al comienzo como hicieron los franceses con su Declaración de Derechos, cuando los principios morales pueden operar como cautelas de la libertad personal.

Los revolucionarios de ultramar encontraron su inspiración en la interpretación igualitaria de la Biblia de los sermones cuáqueros, en la interpretación liberal que hizo Locke de la “Bill of Rights” de 1689; en la balanza de poderes de Montesquieu; en el “Common Sense” de Paine, de donde Jefferson tomó la idea de sustituir el derecho a la propiedad por el de búsqueda de la felicidad.

Pero el factor decisivo, y diferenciador de las otras tres revoluciones, fue la circunstancia de que el enemigo a batir era un poder parlamentario.

La naturaleza mezquina de interés, y degenerada de intelecto, de este poder representativo se evidenció al rechazar el generoso proyecto de Franklin, propuesto por su amigo, Edmundo Burke, de que la Corona conservara las colonias a cambio de una misma libertad y una misma igualdad para todos los ciudadanos de un gran imperio atlántico.

Sólo 49 diputados sobre más de 600 comprendieron, como Franklin, que todo había terminado. La lucha de la libertad contra el principio de la soberanía, tapadera de los monopolios coloniales, tenía que cambiar de escenario.

Cuando Franklin desembarca del Pennsylvania Packet, ante una muchedumbre que coreaba “América para los americanos”, había tenido lugar en Lexington la primera batalla de la guerra de la Independencia.

El pueblo americano, para quien Washington buscaba dinero y un ejército, va a recibir el día 4 de Julio de 1776 el maravilloso regalo de un arma, hasta entonces desconocida, que pone en pie de guerra a toda la nación. En la vinculación de la idea de patria a la libertad de los individuos está el llamamiento a filas que hace, sin decirlo, la Declaración.

El pueblo tiene el derecho de cambiar o de abolir toda forma de gobierno que devenga destructora de la única finalidad que lo fundamenta: asegurar el disfrute de los derechos individuales, y en primer lugar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. “Tal ha sido la paciencia de estas colonias en sus males y tal es hoy la necesidad que las fuerza a cambiar su antiguo sistema de gobierno”.

En el salón de Carpenter´s Hall de Filadelfia, sin solemnidad ni espectáculo, los delegados de las Colonias Unidas comienzan a estampar sus firmas al pie del bello pergamino caligrafiado con el texto de Jefferson, apenas corregido por Adams, Franklin, Sherman y Livinston.

La antefirma dice: “Nos comprometemos mutuamente a sostener esta Declaración con nuestra vida, nuestros bienes y nuestro honor”. Jefferson verá en este compromiso de lealtad el secreto de la autenticidad democrática.

La Declaración de Independencia desempeñó una doble función, inicial y final, en la Revolución Americana. Inicialmente, fundó el patriotismo nacional sobre evidencias morales de libertad y de igualdad de derechos por encima del egoísmo de los Estados de la Unión. Finalmente, preservó una esfera de derechos y libertades individuales fuera del alcance del propio poder representativo.

Con el tiempo y el éxito, aquel primitivo patriotismo moral ha degenerado en nacionalismo imperialista. Pero todavía conserva su vigorosa lozanía la separación entre sociedad civil y sociedad política, y sobre todo, la garantía constitucional contra el abuso de poder de las autoridades representativas.

El feudalismo no fue abolido por el capitalismo ni por una supuesta revolución burguesa. La circulación de rumores o noticias falsas de que cuadrillas de bandoleros, deambulando por los caminos de la campiña francesa, se disponían a robar las cosechas y a despojar de sus enseres a los aldeanos provocó, durante los diez últimos días de julio de 1789, siete oleadas independientes de pánico entre las masas campesinas. Primero se armaron defensivamente y luego, al no comparecer el enemigo imaginario, descargaron su furia contra los representantes del rey y contra los símbolos de los derechos feudales, incendiando castillos, abadías y archivos de la propiedad.

En un clima de esperanza colectiva, en un momento de razón y de diálogo entre el Estado y la sociedad civil para la refundación pacífica de la monarquía, y para una reforma fiscal favorable a los pequeños propietarios del campo, se levantaron de improviso las masas campesinas y actuaron al modo salvaje de las “jacqueries” medievales.

A estas oleadas de ciega destrucción colectiva de los símbolos feudales responden, en el acto, los más ricos y poderosos señores del reino con su renuncia al feudalismo. Este profundo misterio no inquietó demasiado a los historiadores de la Revolución Francesa del siglo XIX y la primera mitad del XX. Describieron los hechos sin explicarlos.

Los acontecimientos colectivos del pasado han sido explicados como actos heroicos impulsados por sentimientos individuales o por ideas generales (historia política), como cristalizaciones culminantes de series cuantitativas de pequeños hechos significantes (historia económica y social) o como desarrollos del espíritu objetivado de los pueblos o de los intereses materiales de las clases sociales (historia dialéctica). Ninguno de estos métodos de investigación histórica podía dar cuenta cabal de ese extraño fenómeno, producido en los primeros momentos de la Revolución Francesa, en el que unas masas campesinas dominadas por el pánico vuelven las armas preparadas para un enemigo imaginario contra su enemigo ancestral.

Como sucede tantas veces en la investigación científica, una azarosa mezcla de intuición, erudición y sólido trabajo dio la clave que desveló el misterio. En un pequeño libro, casi marginal en la obra de uno de los más grandes historiadores marxistas de la Revolución Francesa, Georges Lefebvre descubre la causa profunda de los acontecimientos del “gran miedo” en la propia mentalidad colectiva de las masas campesinas actuantes.

Este libro, publicado en 1932 bajo el título de “El gran miedo de 1789”, se ha convertido en un clásico que ningún historiador ha intentado siquiera refutar, a pesar de que la originalidad de su método de investigación tardó bastante tiempo en ser percibida, salvo por su colega en la Universidad de Estrasburgo, el famoso medievalista Marc Bloch. La crítica especializada lo consideró un buen trabajo que se limitaba a extender a toda Francia la cartografía y la cronología sistemática del miedo campesino, durante los últimos días de julio de 1789, que treinta años antes había diseñado para la región del Delfinado el historiador Pierre Conard.

Pero la simple extensión de la cartografía revelaba ya, prescindiendo de la originalidad del método, una evidente originalidad en las conclusiones, que el propio autor ni siquiera percibió por ser incompatible con la tesis marxista de su obra general.

Como puede verse en el mapa del gran miedo y en el mapa del tiempo de circulación de las noticias desde París a las provincias, los siete epicentros de irradiación original del pánico, independientes entre sí, no pudieron estar provocados o influidos por agentes o rumores procedentes de París. Cuando la noticia de la toma de la Bastilla llega a los límites fronterizos de Francia, las corrientes de pánico campesino están prácticamente acabadas. Con estas evidencias quedaban descartadas todas las versiones que se fabricaron en Versalles y que reprodujeron los historiadores posteriores.

George Lefebvre no sacó de su obra la conclusión que se imponía y que hoy corroboran los trabajos posteriores de otros historiadores. La cartografía del “gran miedo”, por sí sola, pulveriza la interpretación marxista del propio Lefebvre de que el modo de producción feudal fue abolido por el modo de producción capitalista mediante un acto revolucionario de la burguesía aliada con el proletariado de París, apoyado por las rebeliones campesinas.

En primer lugar, estas rebeliones de las masas campesinas fueron totalmente autónomas respeto a París. En segundo lugar, llegada la noticia del salvajismo campesino a Versalles, los diputados del tercer estado sin excepción pidieron la inmediata represión del movimiento campesino por atentar al sacrosanto derecho de propiedad. Y en tercer lugar, fue la facción liberal de la gran nobleza quien secretamente preparó en el “Club Bretón” la renuncia a sus derechos feudales, con la que sorprendió luego al tercer estado en la famosa noche de la Asamblea del 4 de agosto.

El original trabajo de Lefebvre destruía también, con su cartografía, las versiones liberales de que la violencia armada de los campesinos fue un complot aristocrático para obligar al rey a restaurar con el ejército el orden tradicional, como asimismo la versión contrarrevolucionaria de que esas masas habían sido manipuladas por los agentes del duque de Orleans, con la intención de que el rey se apoyase en él para apaciguar las revueltas y controlar el movimiento revolucionario de París.

Pero Lefebvre, para resolver el misterio que envolvió a los historiadores anteriores, tuvo que enfrentarse con otro misterio que surgió de su propia investigación. Explicar cómo una reacción defensiva de los campesinos contra un enemigo imaginario pudo transformarse en una acción ofensiva contra su antagonista tradicional. Para resolver este segundo misterio Lefebvre recurrió con éxito a la sociología y a la psicología de las masas, articulando lo psicológico y lo sociológico en una originalísima historia social de la creencia, sin tener que acudir a la patología mental de la alucinación colectiva.

En la sociología de los fenómenos colectivos extraños a la lógica, que esboza Durkheim en sus obras sobre el suicidio y las formas elementales de la vida religiosa, encuentra Lefebvre la fundamentación teórica para construir una tipología de “masas revolucionarias” basada en el estudio histórico de las mentalidades prelógicas y colectivas, como estaba haciendo por aquella época Lucien Lefebvre en su biografía de Lutero.

Los historiadores estudian las condiciones económicas, describen los acontecimientos, y contabilizan los resultados. Pero Lefebvre advierte que entre estas causas y estos efectos “se intercala la constitución de la mentalidad colectiva: es ella quien establece el verdadero lazo causal, y se puede decir que sólo ella permite comprender el efecto, porque éste puede parecer a veces desproporcionado en relación a la causa, tal como la define frecuentemente el historiador. La historia social no puede limitarse a describir los aspectos externos de las clases antagonistas, es necesario que alcance el contenido mental de cada una de ellas, y así puede contribuir a explicar la historia política, y muy particularmente la acción de las concentraciones de masas revolucionarias”.

Este método es aplicado por Lefebvre en un brevísimo artículo, en el que de paso demuestra los errores conceptuales de Gustave Le Bon sobre la psicología de las masas, para explicar varios acontecimientos revolucionarios. Una aglomeración de pacíficos parisinos, que se pasean al sol en los alrededores del Palais Royal el domingo 12 de julio, cambia de repente su estado de espíritu al recibir la noticia de la destitución de Necker, transformándose bruscamente de aglomeración en masa revolucionaria.

Una manifestación de mujeres, que protestan contra la escasez de pan el 5 de octubre, se transforma bruscamente en columna revolucionaria que marcha contra Versalles. El domingo 26 de julio los campesinos de Igé que se encontraban naturalmente reunidos a la salida de la iglesia, se convierten en “atropamiento” asustado al recibir el rumor de la llegada de los bandidos. Superado el terror se transforma en una organización defensiva. No encontrando al enemigo imaginario, la multitud organizada para fines racionales de defensa sufre una brusca mutación en masa revolucionaria que ataca a su antagonista real.

El despertar súbito de la conciencia de grupo, provocado por un estímulo violento, da bruscamente al agregado de individuos un carácter nuevo que Lefebvre llamó “estado de masa”. Es sorprendente la extraordinaria similitud de estas mutaciones humanas con los fenómenos biológicos explicados por René Thom en su teoría matemática de catástrofes. Un agregado de pacíficas langostas, llegado al punto de saturación de olor de sus feromonas, a causa de la superpoblación, cambia bruscamente su estado habitual y levanta el vuelo devastador en estado de plaga.

Un éxito de Lefebvre, en su modo de acercarse al conocimiento de las causas de los movimientos revolucionarios a través del “estado o mentalidad de masa”, alentó a sus numerosos discípulos anglosajones ajenos a la ideología marxista a perseverar en este método, hoy en día denominado “historia de las mentalidades”.

Pese a la ficción revolucionaria de la rendición de la Bastilla (14 de julio) y la renuncia al feudalismo de la gran nobleza (4 de agosto), nada había cambiado de sustancial en la relación de fuerzas que sostenía el equilibrio de la monarquía absoluta. La Asamblea Nacional, a pesar de su nombre, “permanecía feudal, no era otra cosa que los antiguos Estados Generales” (Michelet), y tan pronto como dejaba de discutir abstracciones caía en la impotencia cuando no en la reacción.

Luis XVI había expresado sin ambigüedad que no aprobaría la abolición de los derechos feudales ni la declaración de derechos del hombre y que estaba dispuesto a autorizar la Constitución a condición de reservarse el poder ejecutivo, el judicial y un derecho de veto absoluto contra el poder legislativo. La mayoría de la Asamblea apoyaba este tipo de Constitución.

Nada ilustra mejor la disparatada situación en que los representantes del tercer estado habían colocado al movimiento revolucionario que la contradictoria conducta de Mirabeau al decir que prefería vivir entre otomanos bajo un sultán con derecho de veto que en Francia bajo un monarca sin veto, mientras hacía circular en las tribunas populares del Palais Royal el rumor de que había sufrido un atentado mortal perpetrado por los partidarios del veto.

El clima de desconfianza hacia la Asamblea de Versalles no estaba compensado, como sucedió en las jornadas de julio, por la confianza en los electores de distrito. La nueva asamblea de la Comuna de París, a la que habían accedido por elección talentos como Condorcet, Lavoisier y Brissot, se mostraba incapaz de establecer coherencia administrativa y solidaridad con los ayuntamientos rurales para abastecer regularmente a la población de París. El papel impulsor desempeñado en julio por la comisión de electores fue asumido desde finales de agosto por las mujeres de los mercados centrales de la Halle, organizadas en corporación y convertidas en intérpretes y portavoces de todas las amas de casa pobre de París. Ellas difundieron la creencia de que la escasez de pan terminaría si traían a París al rey panadero, a la reina panadera y al príncipe marmitón.

La noticia de la despedida de Necker desencadenó el movimiento de la burguesía de París que llevó a la rendición de la Bastilla y a la constitución de la Comuna democrática de París. La noticia de la ofensa de la reina a la escarapela tricolor, en la cena de gala que ofreció a los oficiales del Regimiento de Flandes, fue la chispa que puso en pie a las mujeres y en marcha el movimiento femenino que consiguió la inmediata aprobación por el rey de la abolición de los derechos feudales y de la declaración de derechos del hombre, junto a la proeza de arrastrar a París a la familia real para poner fin a la escasez de pan y, alterando de verdad el equilibrio político a favor de la causa popular, abrir un período de paz de dos años, roto unilateralmente por la huida del rey a Varennes.

La innovadora columna

A pesar del notable trabajo realizado por la historiografía femenina, especialmente la anglosajona, para establecer la verdad histórica y, con ella, la importancia y dignidad de la participación de la mujer en los acontecimientos de la Revolución francesa, contra la denigración y falseamiento de que ha sido objeto, falta aún por investigar la respuesta a cuestiones esenciales de la primera manifestación pública del movimiento femenino.

La marcha en columna fue una innovación táctica de la mujer respecto a la tradicional barricada masculina. La superioridad de la marcha ofensiva sobre la barricada defensiva fue descubierta por azar el 14 de julio, cuando la columna que regresaba con pólvora y cañones al centro de las barricadas se desvió hacia la Bastilla a instigación de las mujeres del Palais Royal.

La cultura de la barricada fue producto de la época en que el pueblo, para defender sus antiguos derechos ante el avance del absolutismo, no podía concebir otra acción colectiva que la de resistir en su casa, en su calle, en su plaza o en su ciudad. Pero cuando se trató de conquistar nuevos derechos populares, la barricada además de inútil, devino suicida. Al adversario le bastaba cortar el suministro de alimentos, como en la táctica militar de asedio, para aniquilar a los sitiados.

La conquista revolucionaria de nuevos derechos requería necesariamente el hallazgo por el pueblo de una táctica ofensiva adecuada. En un primer momento, la inercia del pensamiento y el recuerdo emotivo de la lucha frondista impulsaron erróneamente a los parisinos a prepararse durante las jornadas de julio para una resistencia de barricadas.

En esta tradición la mujer ayuda al varón realizando, como en la vida cotidiana, las labores de intendencia. El maestro, el oficial y el aprendiz permanecen en casa mientras la mujer sale a buscar alimentos, leña, candelas, jabón, noticias del mercado, rumores de la calle y, cuando se trata de defender su casa, armas de fuego y pólvora. En tiempos de crisis los mercados se convierten en lugares donde circulan los rumores y los propósitos colectivos de las masas femeninas. Fue natural que la decisión de marchar sobre la Asamblea Nacional en manifestación por las calles y en columna por la ruta de Versalles surgiera de las mujeres del mercado de la Halle para resolver de una vez por todas el abastecimiento de pan, obligando al rey a vivir en el Louvre.

En solitario

Las mujeres deciden ir solas, sin hombres y contra los hombres. Ellas mismas formaron una guardia armada de orden para impedir que éstos se incorporasen. Los historiadores explican esta originalidad por la razón táctica de asegurar que la columna llegara a Versalles sin ser ametrallada. Absurda y superficial explicación que no tiene en cuenta la evidencia. Para tal táctica no habrían marchado en columna militar con armas de fuego, ni habrían admitido en sus filas a unos centenares de hombres disfrazados de mujer para ayudarlas en el transporte de carruajes y armas pesadas.

Deciden ir como mujeres para poder actuar como mujeres. Para resolver femeninamente un problema práctico de intendencia y poder reparar ellas mismas la ofensa de una mujer a sus héroes de la Bastilla. Habían perdido su confianza en la voluntad masculina de resolver la situación con algo más que palabras. Tenían que dar una lección y una advertencia. Marcharán contra la Asamblea Nacional y si fuera necesaria contra el castillo en Versalles. Obligarán al rey a que garantice personalmente el abastecimiento de pan y a que retire el veto, y a los oficiales de la reina a que pisoteen la escarapela negra de la austriaca y se pongan la tricolor.

A diferencia de las acciones colectivas de los hombres, ellas no reconocen ningún liderazgo. Piden al héroe de la Bastilla Maillard que las acompañe para que las presente formalmente en la Asamblea. Allí se expresa éste con rudeza y las mujeres amenazan al presidente Mounier por defender el veto del rey. Pero lo aplauden cuando responde que lo hace por conciencia sin temor a perder la vida por ello.

Designan como portavoz de la comisión de doce mujeres que hablará con el rey a la joven Louisse Chably, quien sale emocionada de la entrevista, con su promesa verbal de abastecer de pan a París, dando vivas al rey. Las mujeres la obligan, bajo una lluvia de insultos y amenazas, a volver a entrar y no salir sin la orden escrita y firmada por el propio rey.

Amanecer

Cuando todos pensaban que la crisis política provocada por el levantamiento femenino estaba resuelta por la concesión del rey a todas sus peticiones de pan, de retirada del veto a los acuerdos de la Asamblea y de restitución del honor nacional a la escarapela de la Revolución, el alba sorprende al castillo con una invasión de las mujeres, que llegan hasta el mismo aposento de la reina, para conseguir el último y más firme de sus propósitos. Devolver al Louvre la familia que lo había abandonado, por los placeres de Versalles, más de cien años antes.

El día 6 de octubre, fecha en que entra en París toda la familia real, escoltada por una inmensa muchedumbre, seguida horas después por la Asamblea Nacional, tiene lugar la Revolución Francesa. Ni antes ni después de esta fecha se produce un acontecimiento revolucionario de tal envergadura, hasta la ejecución de Luis Capeto y María Antonieta en la guillotina.

Las mujeres, como masa femenina, volverán a estar presentes en todos los movimientos populares, junto con los hombres. Primero contra las Tullerías para deponer al rey. Luego contra la Asamblea para deponer a la Gironda.

Pero a ellas solas corresponderá otra vez el mérito histórico de haber sido las creadoras de las primeras medidas intervencionistas del Estado para limitar el precio del pan, azúcar, café, velas y jabón, mediante la famosa ley del “máximo” que la Convención de Robespierre tuvo que conceder a la marcha de las mujeres.

Esta táctica de la marcha urbana sobre la Convención terminó bajo el Directorio cuando Bonaparte empleó la artillería en la célebre masacre de Vendimiario. Una vez Emperador, encargó al arquitecto Petit el diseño urbanístico de París, que hoy conocemos, con la finalidad contrarrevolucionaria de ofrecer espacios abiertos y grandes arterias que permitieran reprimir con facilidad las marchas o barricadas de la población.

(El Independiente, 8-10-1989)

Con un retraso de quince días, respecto de lo planificado, el próximo día uno de octubre, volvemos a editar el Diario de la República Constitucional, tras un  prolongado paréntesis vacacional, durante el que he terminado  un libro de arte, “La Revolución cultural del último Donatello”, donde analizo e interpreto las últimas obras de este genial escultor, como ejemplo paradigmático de lo que debe y puede hacer el arte actual, para retornar a la belleza, rebelándose contra la falsedad y fealdad del arte modernitario, basado en la razón de mercado o la de Estado, y no en la razón del arte.

Por su parte,  nuestro gran escritor Rafael Serrano ha sistematizado los artículos publicados en este blog, sobre la Teoría Pura de la República, y recogido además algunas de mis respuestas a vuestro comentarios, para facilitarme la pronta composición del importante libro “Hacia la República Constitucional”, que deseo ver editado con urgencia.

A finales de noviembre del año pasado iniciamos la edición provisional del Diario de la República Constitucional. Tenía que ser provisional. Faltaba el  diseño de  una página on line; no había suficientes escritores que, siendo repúblicos,  garantizaran la calidad literaria, la sustitución de las opiniones por criterios, según la estructura columnaria del Diario, y la periodicidad de  su colaboración.  Los resultados de los números ceros durante nueve meses, sin hacer publicidad del Diario ni editarlo en un dominio propio,  han sido aproximadamente los siguientes: 42.350 visitas; 13.500 nuevos lectores; y 120 mil páginas leídas.

Según mi punto de vista, lo más importante que hemos conseguido es la formación de un verdadero equipo de buenos escritores entusiastas, capaces de garantizar la edición de tres ejemplares semanales. El objetivo sigue siendo la edición diaria, como los periódicos tradicionales.  Pero todavía necesitamos más tiempo para formar o reclutar nuevos escritores de calidad intelectual, que se integren en el espíritu de rigor y de veracidad requerido por el prestigio y la credibilidad que ha de tener el Diario de la República Constitucional.

En esta nueva etapa, la cabecera del Diario incorpora los nombres de los codirectores Oscar Martines y Rafael Serrano, y del técnico Carlos Angulo. Las paginas una y tres, y la de noticias  esperadas o excepcionales siguen con el mismo diseño. Carlos Angulo  y Rafael Serrano expondrán aquí las novedades respecto del anterior, y las instrucciones para escritores y para lectores sobre  la nueva dirección del dominio y acceso a los comentarios.  La página on line se irá completando a medida de las posibilidades.

Los resultados en las últimas elecciones pseudopresidenciales, con un bajo porcentaje de abstención, han destruido la confianza depositada por IU y los partidos nacionalistas en el sistema proporcional corregido por la regla D’Hont. Sin percibir la causa profunda de sus fracasos electorales, ninguno de ellos pretende reemplazarlo por el único método representativo de los electores: el sistema mayoritario de candidaturas uninominales, vigente en los países anglosajones y Francia. Para aumentar sus cuotas de poder en el Estado, ponen sus esperanzas en la proporcionalidad pura o en el cambio de esta Monarquía partitocrática por una Republica partitocrática.

La reacción contra la Monarquía de Partidos se ha manifestado ya en el grupo disidente de IU. Ante la crisis bipartidista de la Transición, contraria al pluralismo del reparto fundacional del Estado de partidos, Julio Anguita, Miguel Jordá y Ramón Serrano, han convocado la iniciación de un proceso constituyente de la III República que culmine en un Estado Federal.

Mi antigua y mantenida amistad con excelentes personas, como Anguita y Jordá, mi respeto hacia ellas y mi responsabilidad política como portavoz del MCRC me obligan a definir las fronteras del campo de acción donde los modernos repúblicos podemos coincidir con las convocatorias de los republicanos desengañados de su participación en la Monarquía franquista.

La contribución del Partido Comunista a la instauración y duración de la Monarquía de Juan Carlos fue determinante. Se comprende, por ello, que los arrepentidos de ese error histórico consideren Ejes de su convocatoria el agotamiento de la Transición y la regeneración del País. Para el MCRC, la Transición está agotando su caudal político al servicio de la oligarquía económica y mediática que instrumentalizó a los partidos clandestinos, a la muerte de Franco, dándoles cuotas de poder estatal en la Monarquía. Lo agotado es el servicio del PC o IU a esa oligarquía que ya no los necesita. Y si la ausencia de libertad política colectiva y democracia formal ha sido lo característico de España en toda su historia, carece de sentido hablar de regeneración cuando no hay generación precedente a la que referirse.

La III República solo será la culminación institucional de un proceso constituyente, como también propone el MCRC, si, y solo si, los gobernados pueden elegir con libertad, en referéndum no ratificador ni plebiscitario, la forma concreta de Estado y de Gobierno, entre uno de los tres modelos posibles: República de Partidos, República Federal y Republica Constitucional.

Entre los 7 Ejes centrales de la República Federal que proponen los disidentes de IU, nuestro MCRC acepta sin reservas el primero (derechos humanos), el quinto (austeridad) y el séptimo (Europa Federal). Pero no entiende lo que significa el segundo (democracia radical), pues si la raíz es la democracia directa de los atenienses, ésta no es viable en los sociedades modernas, que la han sustituido por la democracia representativa (Suiza, EEUU). Ni sabe lo que quiere decir el tercero, pues la paz o la guerra no son cuestiones de Estado, sino de Gobierno. Acepta con reservas el cuarto, pues la laicidad, limitada a la esfera del Estado, no justifica ni legitima la acción laicizadora de los gobiernos sobre la sociedad civil. Y rechaza de plano el Estado Federal, pues España no es una conjunción de naciones preestatales -que puedan separarse para después federarse-, sino una sola Nación Estatal.

Hechas estas precisiones, que evitan cualquier clase de confusión política de nuestro MCRC con el proyecto republicano de un Estado federal, saludamos y celebramos la iniciativa de los disidentes de IU por tres motivos: porque destruye el apoyo ideológico del comunismo a la Monarquía de Juan Carlos; porque desenmascara el falso republicanismo de los partidos que se llaman republicanos viviendo en y del Estado de la Monarquía; y, sobre todo, porque defiende la apertura de un periodo constituyente de la libertad política, donde no puede ser excluida por definición ninguna de las ideas constitucionales del Estado.

Del mismo modo que el MCRC respeta y defiende que el proyecto de Estado Federal tenga su oportunidad de poder ser elegido en el Referéndum de la libertad política, también esperamos de sus promotores que respeten y defiendan el derecho de la idea constitucional de la República, o sea, el presidencialismo y la democracia representativa (solo posible con el sistema electoral mayoritario), a ser una de las tres opciones elegibles en ese decisivo y decisorio Referéndum.

Traducido en términos de acción política, lo anterior quiere decir que el MCRC, que acoge en su seno a todas las ideologías no estatales, apoyará y participará en todo tipo de acciones, no violentas, que tiendan a la destrucción de las bases ideológicas de la Monarquía y de la partidocracia, sin tener en cuenta el interés, aunque sea divergente a largo plazo, de quienes coincidan en considerar necesaria la previa conquista, en la sociedad civil, de la libertad política colectiva que haga posible la celebración del Referéndum sobre la forma de Estado y de Gobierno.

En poco más de un trimestre, con pruebas de ensayo y error como en la evolución de las especies, dos docenas de personas, enamoradas de la ecuación verdad=libertad, han conseguido crear, y dar forma plástica, a una nueva especie de periodismo, desconocida en la tradición europea. Solo es una criatura veraz. Le falta musculatura. Pero tiene los rasgos indelebles de los genes democráticos y repúblicos que determinarán su desarrollo.

Por los cuatro objetivos que persigue, -libertad política, democracia representativa, República Constitucional, unidad de la patria común- y porque no es una empresa periodística con vocación crematística, nuestro Diario solo puede compararse con “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay, siempre que no se olviden las diferencias de época cultural, coyuntura histórica y situación política que marcaron el destino de aquellos genios fundadores del constitucionalismo republicano. Ellos tuvieron la libertad política de la que los europeos carecemos. Es como si nuestro Diario naciera después de haber sido acordada y anunciada la reforma del tipo de Estado, y convocados los ciudadanos a decidirlo ellos mismos, mediante un referéndum electivo, no plebiscitario ni ratificador, con libertad de elección. Para eso, los españoles tendrían que conquistar previamente la libertad política de la sociedad civil, que nunca han conocido.

Ante la proximidad de la publicación del ejemplar nº 1, que inaugurará la edición del Diario los lunes, miércoles y viernes de cada semana, conviene hacer un alto en el camino para reflexionar sobre los resultados conseguidos con los números ceros, y la naturaleza de los problemas técnicos que han impedido una mayor difusión del Diario.

En el artículo anterior de este blog, del día 8 de enero pasado, constan las estadísticas hasta ese momento: 21.000 páginas leídas, 8.260 visitas y 2.300 lectores diferentes. Cincuenta y tres días después, estas cifras son: 52.052 páginas, 18.975 visitas, 6.525 lectores distintos.

La creación y mantenimiento de las páginas de noticias excepcionales o esperadas se acusa en el aumento de lectores, páginas vistas por lector y tiempo de lectura, con relación al promedio. En cambio, sigue siendo misterioso que entrando más de 50 nuevos lectores diarios, la cifra de visitantes no aumente de modo significativo. Tampoco se comprende por qué muchos días las entradas a este blog superan las del Diario. Espero que estos misterios se aclaren cuando se publique en su propio dominio, ya registrado, y con un nuevo servidor de pago, que estamos seleccionando entre los mejores. Las estadísticas actuales no son de fiar.

Con la finalidad de superar las deficiencias técnicas que dificultan la difusión del Diario en la Red, y la poca voluntad de superarlas por parte del informático contratado, hemos tomado la decisión de prescindir de sus servicios, haciendo responsables de la dirección técnica a dos expertos comprometidos con el MCRC. En la mancheta del nº 1 figurarán, junto al Director del Diario, Oscar Martínez, y el Subdirector, Rafael Serrano, el Director técnico, José Fernández, y el Subdirector, Carlos Angulo.

Este último, que ya ha realizado la edición del último número, se ha hecho responsable de mantener la publicación en funcionamiento, con el diseño actual, hasta que José Fernández lo complete, activando, primeramente, la sección de Cartas al Director y la de Comentarios libres, y diseñando después Panóptica, cuando hayamos conseguido publicar cinco ejemplares semanales, y el número de escritores garantice la edición regular de un diseño on line para la página Panóptica.

Nuestra preocupación no es la de llegar a ser un periódico que se convierta en fin de sí mismo. Por muy alta que sea su calidad intelectual y literaria, por grande que sea su prestigio entre los amantes de la verdad y la libertad, no caeremos en la tentación de olvidar que solo es un medio para la acción; un instrumento privilegiado para organizar la llamada del MCRC a la inteligencia, el valor y la decencia de los repúblicos; un punto de referencia de la acción política por la Republica Constitucional; y el modo más eficaz de preparar y convocar la gran asamblea de repúblicos que constituya y estructure el MCRC, para la acción colectiva de conquista de la libertad politica, mediante la apertura de un periodo constituyente del poder político de la Sociedad en el Estado.

Considero que mi mayor mérito, realmente el único motivo de orgullo, consiste en haber instruido y reunido, en el axioma de la verdad-libertad, al excelente equipo de diaristas que ha dado cuerpo mental al Diario, y en haberle propiciado la ocasión de manifestar públicamente su talento, junto al de un pensador consagrado como Dalmacio Negro, para la renovación de las ideas y del lenguaje que necesita la acción creadora del moderno movimiento republicano, basado en las ideas-fuerza derivadas de la unidad de España, la representación politica de la sociedad civil y la separación de poderes en el Estado.

Espero que, en esta fase definitiva, todos los que siguieron con asiduidad las reflexiones repúblicas y democráticas de mis ensayos en este blog, lean y relean diariamente todos los textos del Diario, pues ellos interpretan, con lealtad, la realidad real que des-realizan las ficciones del como si, constitutivas del relato y la propaganda de la comunicación social.

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